Libélulas

Hace algún tiempo estuve en un grupo de danza con el que tuve la suerte de conocer Corea del sur debido a un concurso internacional acompañado de una pequeña gira por varias ciudades.

La ciudad sede del concurso, Cheonan, está llena de jardines y parques y la mayor parte de las actividades se harían al aire libre para aprovechar los foros amplios. La gira ya fue reseñada ampliamente en Twitter con correspondencia en Facebook y en este su blog suyo de ustedes. Pero lo que viene a continuación no lo había puesto hasta hoy.

En el segundo día que llegamos a esa bonita ciudad nos llevaron a reconocer el espacio donde serían las presentaciones finales, claro, en medio del parque más grande del lugar, Samgori. Entre mediciones de entradas y salidas, selfies y fotos de las flores salió de atrás de una fuente una libélula de escamas tornasol. Cuando una amiga la señaló, el director se limitó a decir "Son de la suerte. No se les vaya a ocurrir molestarla, déjenla volar" y como si nos estuviera oyendo se alejó rápido del grupo de 20 extranjeros.

Lo que no nos dijo el director es que aparentemente cuando se alejan también se llevan la bendita suerte que se supone que tienen. Todo lo bien que nos habían salido las funciones de gala de las dos semanas pasadas nos falló en los días del propio concurso: se olvidaron entradas y salidas, se olvidó (o cayó) utilería y hasta dos de los bailarines fueron a parar al hospital.

Sin embargo, y seguramente debido a lo bien que lo hicimos en las otras funciones, pudimos quedar entre los diez países finalistas, y aunque eran buenas noticias el ánimo estaba por los suelos. Con tantas fatalidades y a pesar de las porras que nos echaban algunos de los voluntarios, un día antes de la ronda final todo lo que queríamos era terminar y salir de ahí. Teníamos dos semanas de descanso en Seúl al día siguiente de terminar la competencia y de ahí solo quedaba regresar a casa.

Como fuera, llegó el último día completo de nuestra visita a Cheonan. Al día siguiente tendríamos los videos para regodearnos en nuestro dolor. Por ahora, a esperar nuestro turno, el sexto según había salido en el sorteo, y la pesadilla habría pasado.

Pasaban país tras país. Acabando las presentaciones se oían aplausos, cada vez más entusiastas, y detrás del escenario la tensión crecía hasta que al fin le tocó el turno a México. En uno de los momentos de cambios rápidos (donde por cierto le di espectáculo premier a las chicas de un país de medio oriente, que no sabían si taparme o taparse los ojos) pasó lo extraordinario: de entre el vestuario que había dejado en una banca detrás del escenario salió la misma libélula de cuatro días antes y extrañamente nos quedamos viendo por unos segundos. El brillo sostenido de sus escamas era hipnotizante.

Solo hasta que oí mi nombre en la angustiada voz de un compañero reaccioné y jalé con ganas de la camisa donde estaba parada la libélula, que tuvo que salir volando a la fuerza una vez que hubo regresado la suerte que se llevó.

Esa función, la última de México, fue prácticamente perfecta: coreografía precisa, vestuario completo, manos seguras para la utilería, el ánimo al tope de todos los mexicanos arriba del escenario y el poderoso aplauso de 2,000 personas que reconocían nuestro trabajo. Al fondo, en la cabina de audio, se veía la pequeña figura del director con una mano secándose las lágrimas y nuestro guía, Sun, brincando de emoción. Para cuando nos alcanzó detrás del escenario no nada más ellos dos, si no todos nosotros con la adrenalina al tope por haber hecho, en el último jalón, un gran trabajo.

El daño, desafortunadamente, ya estaba hecho y si bien no logramos el primer lugar quedamos en un decoroso quinto sitio, junto con el reconocimiento del alcalde de la ciudad y de compañías profesionales de danza además de invitaciones a varios festivales por los siguientes dos años.

En un giro raro del destino lo que pintaba para ser una historia triste se convirtió en fiesta esa noche y más celebración regresando a nuestro país. La vida me llevó por otros rumbos y tuve que salirme de esa compañía, pero entiendo que aún ahora debido a ese raro empuje de suerte ellos se van una vez al año de gira por el mundo.

Y yo, cada que me encuentro con una libélula me detengo a verla y decir "gracias" por lo bajito aunque parezca loco.

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Oyendo: Megaman X - Spark Mandrill



¿Más vale solo?

El lunes de hace dos semanas me diagnosticaron en la oficina con rinofaringitis alérgica, que para como me sentía yo pensé que era un eufemismo de "te quedan dos semanas de vida". Tanto así, que el día siguiente no fui a trabajar y básicamente fui un mueble consumekleenex de mi casa. Ese mismo martes mi familia me suelta la noticia de que como a mi hermano le dieron vacaciones en el trabajo se iban a ir tres días fuera empezando... el miércoles. Si yo hubiera tenido 10 años y 400 antibióticos menos el viernes hubieran encontrado mi casa peor que la del proyecto X.

Pero no. Entre la temperatura y mi sentido de la responsabilidad hice mi rutina tal como todos los días: pararme 5:30 a.m. y regresar cerca de las 8 p.m. a dar de cenar, cenar yo, lavar los tres pinchurrientos trastes que usé, preparar mis cosas del otro día y llorar en mi cama quedarme dormido viendo una película. Sin embargo, debo reconocer que tres días de vivir solo me recordaron que del otro lado del mundo actué el papel y me salió bastante bien. Exceptuando la parte donde hay que cocinar, me gusta mucho esto de llegar a casa y no encontrarte a nadie.

Debería salirme del departamento donde estamos ahora (que ya más que departamento de familia parece dormitorio de estudiantes), yo lo se, pero la cosa es que aún con peleas y GRANDES diferencias de opinión quiero mucho a mi familia y fue de lo que más me costó dejar cuando me fui a Japón. Ser responsable de las cosas que haces, compras, usas o comes es divertido aunque parezca pesado, pero también está padre llegar cansado después de un día pesado y tener con quien platicar cosas que a otras personas no tendrías la confianza de contar.

Como sea, pasaron los tres días sin novedad en el frente y justo JUSTO cuando decidí portarme "mal" (intenté visitar lugares non santos que, por fortuna, estaban cerrados) acabé regresando empapado, tarde y enojado. Sin embargo, al entrar a la casa y oir la televisión prendida tuve una sensación rara entre "Están invadiendo mi espacio" y "¡Qué bueno! ya regresaron".

De ahí para acá he escuchado la misma historia del viaje (con escenas editadas y material nunca antes visto) contada como 15 veces y aunque es tedioso los tengo de regreso y me da gusto que estén acá. Se oye un poco de vida en la casa.

Ya saben todos que me fui a Guadalajara con miras a quedarme allá y acabé regresando, pero al final teníamos mi hermano y yo algunas pláticas por Skype o Facetime y hablaba con mi papá por teléfono seguido, que es como lo mismo pero más barato. El día que de verdad me vaya y no vuelva no se que vaya a pasar. De mis amigos tengo experiencias mezcladas,a ver qué pasa con la mía.

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Oyendo: Disparaste a matar - Paulino Monroy



Postales

Si usted no lo sabe, en 2011 tuve la fantástica oportunidad de viajar a Corea del sur para participar en una competencia internacional de danzas folklóricas. Fue un viaje un poco accidentado pero muy divertido que ya fue narrado por aquí.

Corea me dejó muchas cosas, pero lo más valioso que obtuve de estar allá fueron amigos desperdigados por el globo.

No muchos (nunca se me dio ser súper amiguero) pero los que tengo son grandes personas con las que comparto, primeramente, el gusto por bailar. La plática (un poco rota por las horas raras en las que podemos estar en contacto) ha demostrado que tenemos más cosas en común.

Especialmente con uno la comunicación es de lo más curiosa: me mando postales con el.

Sí, postales. Cuadritos de cartón con imágenes y un parrafito escrito a mano por atrás.

En estos tiempos modernos de comunicación instantánea parece una locura usar un medio que tarda a veces hasta dos meses en llegar, pero tiene un encanto especial escoger una postal, elegir lo que vas a escribir a manita (ya que no cabe todo lo que quisiera uno decir), tomarse el tiempo de ir a la oficina, comprar un timbre y repetir cada tanto el ritual de señalar en el mapa la ubicación y responder "sí, hasta allá", pegar la estampita, meter la misiva en el buzón y esperar a que llegue. Quiero pensar que de su parte pasa más o menos lo mismo y me da emoción saber que lo que recibo fue seleccionado casi como un regalo.

Mientras estuve en Japón mandé tres postales que fueron recibidas con mucha alegría, o eso quiero pensar. Y sí, al amigo con el que me carteo (curioso verbo) también le mandé su postal de Kioto.

La sensación de recibir una postal, a estas alturas, es rara. Es como un regalo recurrente: si no reviso yo el buzón y la veo, mi papá lo hace y la deja en la mesa, esperando a que llegue y yo ponga cara como de que acabaran de llegar los Reyes Magos o algo así. La leo, reviso la ilustración, me planteo seriamente ir a conocer ese lugar en algún momento de la vida y la guardo en el cajón de los regalos especiales. Acto seguido empiezo a pensar en qué postal le voy a enviar que diga algo de mi país o mi ciudad.

Con otro amigo (con quien también me escribo por Facebook) acabo de empezar a hacerlo igual. Sospecho que me va a dar mucha risa decirle a la vieja mal encarada de Sepomex "no, ahora no es acá; es aquí" alternando cada dos meses.

Placeres pequeños y anacrónicos de la vida, pues.

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Oyendo: a la gata roncar.



30 cosas (muy inútiles) que (no) necesitaban saber de mí.

Ya que nadie se dignó invitarme a la bonita moda de las 10 cosas de mí repartidas en tres tandas (putos ¬¬), me autoinvito, como Maléfica.
ACLARO, antes de que digan "ay qué hueva con tu post", si se aburren se vale cerrar la pestaña. No me enojo.

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1. Siempre siempre SIEMPRE quise tener un segundo nombre, y normalmente la gente que no me conoce supone que me llamo José Antonio. Casi le atinan, pero mi papá no quiso por que cuando era niño tenía un vecino que se llamaba así y era re puto... oh wait.

2. Hablando del tema, tuve solo dos novias antes de ver al novio de mi mejor amiga de la secundaria bastante guapo y decidir que ese bien podría ser mi camino (el señorito era capitán del equipo de fútbol y aunque a la distancia no es atractivo tenía las piernas del millón, así quién no).

3. Si ahora me enferma ver faltas de ortografía en publicaciones, especialmente de amigos o conocidos, antes lloraba cuando las veía. Bueno no llorar, pero si gritaba.

4. Me gusta más el acento británico que el americano en el inglés.

5. De igual manera el humor, y sospecho que por eso me aburrí como vil ostra las dos semanas que duré en Estados Unidos.

6. No me se estar quieto, y no tiene que ver necesariamente con estar en movimiento. Aún sentadito viendo una película estoy pensando en la escena, la música, el diálogo, la iluminación, eso estaría padre si uno lo pudiera hacer en la vida real, lo que tengo que hacer mañana, como se llamaba esa canción que escuché en la mañana y probablemente planeando la hora de dormir. Quiero ver el primer valiente que me logre hacer que ponga la "mente en blanco".

7. Tengo un caso ligero de claustrofobia. Por supuesto, fue una completa pesadilla cuando me tuvieron que meter en una máquina para tomografías. Dos veces. En una casi me salgo a la mitad.

8. Hablando de trastornos nerviosos, también soy un poco hiperactivo (muerdo todo lo que sea mordible) y me da por organizar las cosas, aún las ajenas (creo que eso es T.O.C.). Ya me ha causado problemas, claro.

9. A partir de que mi mamá murió, para estar más cerca de mi papá me empecé a interesar en el futbol y ahora puedo decir que me gusta verlo pero no soy exactamente fan.

10. Me da la más grande de las flojeras bailar Jalisco o Veracruz académico/Sotavento.

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11. Tengo una obsesión con encontrar gente zurda. Obsesión, no pendejadas: voy por la vida viendo la mano que más mueven las personas.

12. Casi no lloro; bostezo en su lugar.

13. Empiezo una cosa y la dejo a la mitad para seguir otra. Este era el punto 6, por ejemplo.

14. Me gusta aprenderme los nombres completos de la gente a mi alrededor, y salvo raras excepciones le digo a la gente por su nombre o hipocorístico (el "nombre cortito", pues) y no por su apodo, o su apellido.

15. Asocio números con colores. Y van cambiando.

16. Los idiomas "raros" (coreano, hebreo, hindú, rumano) me llaman la atención. Los comunes (francés, italiano, and the like) me dan una flojera INMENSA.

17. Si algo no me gusta acerca de mí es verme en video. En foto no tengo problema.

18. Tiendo a asociarme con gente sumamente extrovertida para que no se note que yo no lo soy.

19. Tuve pesadillas la noche del día que vi por primera vez un fatality de Mortal Kombat (el de Sub-zero, para ser exactos).

20. Mi primer beso sí fue de película: fue en el cine del W.T.C. cinco minutos antes de empezar "Mi vecino el asesino" ("The whole nine yards") con Bruce Willis... zurdo, claro.

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21. No es jalada: después de regresar de Japón yo sí pienso en tres idiomas. Aunque lo haga mal.

22. Pero eso no significa que pueda hablarlos con fluidez. Ni el español. Pienso más rápido de lo que lo puedo poner en palabras y -en una analogía burda- ese tren se descarrila de tanto aumentarle y quitarle vagones antes de que llegue a la estación.

23. Tengo cuatro enfermedades crónicas perfectamente identificadas. A tres las tengo al margen, una me sigue ganando la batalla.

24. Tengo el peor timing del mundo para hablar por lo bajo. Pero así malo con ganas.

25. (Vea el punto 13, por favor) Que no llore seguido no significa que en algunos momentos no especialmente sensibles se me salga alguna lagrimita.

26. Me apasiona saber el origen/etimología de las palabras.

27. Algo que siempre he querido hacer (pero se que jamás podré) es doblaje.

28. Empecé a usar lentes en la universidad, después de rogar por un examen de la vista al mes de dolor de cabeza imparable cuando leía.

29. Los tres segundos al año que verdaderamente no hago nada estoy en modo automático. Así, floto por la vida. Toño necesita una cantidad no tan moderada de estrés para funcionar.

30. Soy la peor persona para autoestudiar que se puedan encontrar.

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Y pues ya, no prometo escribir más seguido pero se hará lo posible.

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Oyendo: Astrud con el col·lectiu Brossa - Hay un hombre en España



Miedo

Hablando con un ex novio salió el tema de que tengo un poco de miedo de lo que viene para mí en la vida. El chaparrito me responde esto: "¿Te digo algo? se me hace raro oirte decir 'me da miedo'; tengo la idea que eres de esas personas que no tiene miedo."

No voy a mentir, es una fama que me he ganado a pulso. Otro amigo me ha descrito incluso como "insensible"... si bien la realidad es bastante diferente.

En algún temblor en la secundaria en el que ayudé a evacuar, la maestra de la clase donde nos agarró (el temblor) lo describió a la perfección: "uno tiene que ser fuerte y reaccionar, aunque se esté haciendo pipí de los nervios".

Incluso en lo que más me gusta hacer, que es bailar en un escenario, soy el primero en calmar a la gente que va a bailar conmigo aunque yo le esté rezando a Yisuscráist, Vishnú y Buda juntos y ya estando arriba vea a un punto no fijo directamente enfrente de mí (gracias, técnicas teatrales) por que cuando veo a alguien especial en el público me equivoco, como ya ha pasado varias veces.

Especialmente tengo problemas cuando hablo enfrente de mucha gente. Por cuestiones de trabajo me ha tocado ser intérprete arriba de un escenario y la parte más difícil no es escuchar (o hablarle) a quien debo ofrecer el servicio, si no hacerlo enfrente de 500+ personas que quieren saber qué dijo su ídolo o quieren que lo que ellos sienten por el/ella sea transmitido con fidelidad.

Pero no nada más se trata de presentaciones en público; cualquier cambio en mi vida (como dije en la primera línea de este proyectado post) me aterra durísimo, empezando en cambios de escuela pasando por mudanzas DENTRO DE LA MISMA COLONIA, un nuevo trabajo, un cambio de hábitos o que me diagnostiquen alguna enfermedad que yo no haya tenido contemplada.

Por eso siempre trato de tener el control de todo, para que lo que sea que venga ya no me agarre por sorpresa. Claramente he fallado en mi intento de dominaciDigo, de controlar todas las variables a mi alrededor, y aunque ya me he relajado bastante, aun hoy puedo decir que el futuro incierto y yo no somos amigos. Ni nos saludamos, pues.

Sin embargo, cuando todo pasa (o todo ha caído estrepitosamente) me procuro un lugar y un momento solo -donde no me vea nadie conocido, al menos- y lloro, al menos una vez por mes, como Shakira. Creo que solo me he derrumbado bien enfrente de tres personas y no es algo de lo que me encante hablar.

Hablando se entiende la gente, dice el dicho, pero para mí no vale eso. De modo que la próxima vez que me vean, un abrazo tronador (o un besote ídem, dependiendo de quien sea) se agradecerán bastante. En mi caso necesito cosas un poco más concretas todo el tiempo.

En serio, todo el tiempo tengo miedo y necesito un abrazo. Aunque los haga a un lado (salvo que no me dejen respirar o algo así).

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Oyendo: Guardians of the Galaxy (es muy divertido ver a Batista hablar como todo un caballero en inglés)



Peligro: no se acerque

Hay días en los que nada sale. Pero el lunes esto rayó en el exceso.

Todo pintaba para ser un buen día, iba a ir por el finiquito de hace dos trabajos y regresaría al que tengo actualmente. Nada muy fuera de la rutina pero con el agregado del dinero las cosas siempre se ven más bonitas.

Iba tarde para llegar puntual a las 9 de la mañana a donde recogería mi cheque, así que aventé mi comida al morral y corrí para alcanzar el pesero. Aquí es donde la diversión comienza.

Quiero poner mi último descubrimiento musical en el celular y no lo encuentro. "Bueno, pongamos a ~". No está. "Mmm... entonces Hikaru". Tampoco. Pongo algo (lo que fuera) y me doy cuenta que mi celular tenía nada más 165 canciones. Casualmente, solo las que he comprado a través del teléfono. Las otras dos mil, desaparecidas. Claro, no me iba a regresar a ponerle algo más, así que hice puchero y seguí corriendo.

No estoy seguro de haber dejado al DF con tanta gente o tanto tráfico cuando me fui a Guadalajara, pero desde hace dos semanas parece que regalan algo en la calle. El lunes no fue la excepción y obvio, tanto la calle como el metro estaban a reventar.

Llegué al metro 40 minutos antes de las 9, y me faltaba atravesar la ciudad. No me iba a esperar al siguiente tren, de modo que me aventé cual Niño héroe hacia adentro del vagón. Caí en blandito y luego no: una panza amortiguó la empujadera y un codo frenó mi avance.

Al final de este no tan breve pero accidentado recorrido en metro llegué a esa oficina cerca de la 9:30, la hora a la que estoy llegando a donde estoy trabajando ahorita. Todavía esperé por mi cheque y fui a depositarlo. Terminando el movimiento, nomás por pura curiosidad, revisé mi saldo en el cajero y... no había mucha diferencia de como estaba hace veinte minutos. Espantado, molesto y nervioso por llegar súper tarde a mi oficina volví a hacer fila para mentarle la madre al cajero por no depositar mi cheque completo. El cajero (que se ve que ya tenía callo en estos desmadres) me explica muy calmado que no, el cheque está completo ahí pero que "por seguridad" en el cajero sólo se muestra cierta cantidad. Un coraje y 20 minutos después salí de la sucursal para volverme a enfrentar al metro de camino a mi trabajo actual.

Dentro del metro, yo luchaba por mi vida cuando una doña sacó su bolsa de entre la masa de gente con tal fuerza que me pegó a mí en la barbilla y con el rebote le pegué a alguien atrás de mí en la cabeza. Este día, definitivamente, la traía contra mí.

Bueno, salí del metro (¡A Dios gracias!) y me enfilé a mi trabajo.
Para estas alturas hasta mi maestro de Japón sabe que la oficina donde estoy no me gusta, pero sobre todo no me gusta que mi jefa cuestione TODAS las decisiones que tomo con mi chamba, máxime que con los demás es bastante alivianada.

Con todo y que avisé que iba a llegar tarde, la mujer me vio con ojos de infinito desprecio que verdaderamente me costó trabajo pasar por alto. El horno no estaba para bollos en ese momento.
Pero cual si fuera a propósito, me llama ¡para regañarme! ¡y por cosas que ella me indicó que hiciera!

-Toño, es la tercera vez que te digo que no hagas esto así
>Pero así me pediste que lo hiciera.
-¿Yo? ¿Cuando?
>Cuando te pregunté cómo guardar estos archivos de aquí y me dijiste que con estos de acá.
-...
> :) ?
-...pues seguramente te confundiste. Para esos hay una tarea especial.
>¿Ah si? ¿Cual?
-Pues la... la... laaaaaa...
> :) ?
-...ah. No hay. Pero tu debiste haberme dicho que no tenías una tarea especial.
>Te lo pregunté. ¿Te acuerdas? [Además es tu trabajo, pinche vieja]
-Uh. Pues la hago ahora. Además hay otra cosa. Acuérdate de no ligar llamadas desde aquí hasta acá, hay una capa en medio.
>Sí, X ya me había dicho y está solucionado desde la semana pasada.
-Pues siguen apareciendo.
>¿En serio? ¿Donde?
[busca en el código]
> :) ?
-... eh, no hay. Pero tienes que tener cuidado con esas cosas.
>Sí, no te apures. ¡Muchas gracias!

Toño 3, jefa 0. Algo de luz iluminaba mi día.

O no. Quiero comprar un disco desde la iTunes store para variarle al pop español que me acompañó desde las 7:30 de la mañana y me dice que no tengo saldo suficiente. El depósito que hice desde la semana pasada no aparece en mi cuenta. Hay que hablar al banco para hacer la aclaración.

Llega la hora de la comida y voy a comer al minicomedor que tienen ahí. Todo ocupado por las chicas que trabajan con el cliente en pleno chisme, así que no me iba a quedar ahí, pero pude calentar mi sopita para irme a comer a mi lugar -algo que ya me habían dicho que no hiciera pero tampoco quería estar ahí en medio de la plática. Llego con mi sopa a mi lugar y la jefa sigue ahí. Obvio, viene el regaño.

-Te sugiero que no comas acá, ya nos han regañado por el olor a comida.
>Yo se, pero está todo el cliente en el comedor, no estaría padre comer allá.

Por fortuna, en ese momento las chicas sueltan una carcajada que hasta espantó a las palomas del árbol de afuera.

-Pues igual no puedes comer aquí.

No soy de aquí ni soy de allá, como en la canción. Mi única solución, para no morir de hambre, era tragarme la sopa como pollito y salir a comerme el atún a la fuente que está cerca (así, además, podría hablar para la aclaración). Pues como lo digo, me tragué la sopa, saqué los datos para la aclaración y cuando voy a sacar el atún siento el morral mojado. Nomás meto la mano y siento el tupper empapado además de un olor que de salir del tupper estaría bien padre, pero de la tela no.

La tapita estaba mal puesta y llevaba así desde las 7:30 a.m. Otro frustrante caso de "no puedo hacer nada" para el día. Como fuera, el morral se lavaría en la noche pero me preocupaba mucho que mi dinero desapareciera.

Así fue como mi alma Godínez se llenó de orgullo cuando salí con el tupper de la comida a comer en la fuente de Circuito Ámsterdam mientras hablaba al banco entre bocado y bocado. Mi foto podría haber salido en la extinta Orgullo Godínez, pues.

Como fuera, estaba comiendo rodeado de condeseros y oficinistas intentando no manchar el papelito de los datos de mi cuenta para hablar al banco. Cuando por fin me pude comunicar, el menú automático me pide una contraseña que no me acordaba que necesitaba. Pensé que la de siempre funcionaría pero como Pedro, tres veces me negó (aunque ahora fue nomás el acceso). Después del tercer intento, banco al fin, mi tarjeta se bloquea y no podría hacer nada hasta el día siguiente -tiempo suficiente para acordarme del bendito password o suplicar en una sucursal, lo que pasara primero.
Este día lleno de frustraciones y mala pata verdaderamente no podría ir a peor.

¿No? Masticando un popote (que es lo que hago para controlar la ansiedad o controlar el impulso de mentar madres) siento un crac en la boca seguido de algo demasiado duro. Sí amiguitos, como me había pasado años antes, me rompí un pedazo de diente por hacer algo contra el impulso de estallar en ira. Ya, definitivamente, o saliendo me atropella el metrobús o la mala suerte de mi día terminaría ahí mismo.

Por suerte alguien allá arriba se apiadó de mí y, aunque tarde, llegué sano y salvo a mi casa a trabajar, pelearme con iTunes y tratar de ubicar y volver a meter las canciones que se perdieron en ese aciago día.

Soy fiel creyente en que no hay mal que por bien no venga, así que sigo esperando ganarme la lotería. Pero mientras, con las muchas chambas que tengo (y los amigos que me aguantan) estoy bien.

Hasta que en serio no me explote una bomba o el siguiente temblor nos mate a todos.

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Oyendo: No confíes en mí - Camilo séptimo.



Los tres días más espantosos del año

Este año estuvo como para borrarlo de los anales de la historia. Pero justo ahora que se está terminando se puso peor de lo que yo mismo hubiera pensado.

Empecemos por el principio...

-Viernes-

El proyecto donde estoy va mal. Mal mal mal. No hay organización, el arquitecto nos trata con infinito desprecio, y nuestro líder de equipo brilla por su ausencia.
Eso (y que es diciembre y estoy lejos de casa para no volver), aunque no es justificación, ha hecho que esté especialmente sensible y, pobre del novio, lo he recargado todo con él.
Sabemos que vivir con alguien que no sea tu familia (y a veces con ellos) es difícil: hay que poner de acuerdo varias voluntades, a veces opuestas, para llegar a un punto en común. La cosa es que yo no había estado dispuesto a hacer eso, y hasta había estado MUY molesto cuando el pobrecito quería hacer algo por mí.

Esto llegó a su límite cuando en un intento de no perder la cordura decidió ignorarme mientras me deshacía la cabeza con preocupaciones que, a la distancia, no eran para tanto. Estoy de acuerdo en que no era la mejor técnica para lidiar conmigo -que soy de carácter... especial-, pero también asumo que reaccioné de una manera que si me lo hubieran hecho a mí llegando a la casa ya hubiera encontrado sus cositas en la calle.

Con todo, me esperó a que saliera de trabajar. El camino me sirvió para enfriar la cabeza un poquito, pero necio como soy seguía insistiendo que todo era su culpa.

Llegué a dormir. A las 12 de la noche tenía un camino estúpidamente largo que recorrer y quería hacerlo en las mejores circunstancias posibles. Desperté cuando oí un ruido en la puerta, y bajé cual rayo a ver si era el o la gata quería entrar. El muchacho, con cara de enojo y tristeza, iba saliendo en su coche a una posada y yo me quedé en la puerta sin mucho qué decir; de verdad no encontraba las palabras.

Y no las encontré. Traté de dormir, pero el asunto me seguía dando vueltas en la cabeza. Como pude dormité un rato, lo suficiente para no estrellarme en la carretera. Salí a comprar un regalo que le había prometido a un amigo y regresé a poner el coco en blanco. Ya para estas alturas la gravedad del berrinche que hice empezaba a pesar.

11 p.m. y el señor no aparecía. Le marqué algunas veces y la llamada se cortaba. "Está enojado", pensó Toño y como lo he visto enojado sólo dos veces me cayó como balde de agua fría el solo imaginármelo. Ya me sentía verdaderamente arrepentido.

A los quince minutos marca y contesté cual si me hablara el Papa.
-¿Donde andas?
>Saliendo. Ya casi llego.
-Sale, porque ya casi me voy.
>¿No te ibas a las 12?
-Sí, pero pensé en irme antes si todavía no me contestabas.
>Ah, es que donde estábamos no hay señal.

Para no hacer el cuento largo, hablamos un poco antes de irme. Un poco que se tradujo en treinta minutos más de lo que tenía planeado para salir.

De modo que pasamos al...


-Sábado-

Puse rumbo al D.F. el sábado a las 12:30 a.m. después de que el angelito me acompañara a abrirme la reja de la cerrada. Pasé primero a cargar gasolina (y revisar los niveles), y me aventuré a pasar por Morelia y parte del Estado de México en la madrugada sin escalas.

Manejar en carretera es de las cosas que más me relajan en la vida, y teniendo de compañeras a las estrellas tuve mucho, mucho tiempo para pensar.

Las únicas paradas que hice fueron en las casetas, un poco para estirar las piernas, otro para quedarme en la lela cinco minutos a ver las estrellas (no puedo decir suficiente qué hermosas se ven cuando no hay ciudades cerca), y otro poquito para dejar descansar el coche (el mismo que se quedó camino a Monterrey hace dos años, era mejor tener cuidado).

En alguna carretera hubo un retén. Ahí pasó esto:
-Buenos días joven. ¿A dónde va?
>Al D.F.
-¿De dónde viene?
>De Guadalajara.

Eso fue, por mucho, lo más extraño que he tenido que decir en dos meses. Desde luego, implica que ya vivo en Guadalajara y es algo que no había tenido en claro, quizá, hasta ese momento. Impactado por mi propia respuesta seguí mi camino. Faltaban algo así como cinco horas para ver tierras conocidas.

Mientras amanecía en carretera (un verdadero deleite que poca gente quiere tener) y me moría de frío, pensé un mucho en todo lo mal que me había portado hasta entonces. No es jalada, me he pasado de lanza aún cuando él ha hecho lo imposible por aguantar mi mal humor y mi energía guardada de no haber bailado en casi tres meses. Para cuando llegué a Atlacomulco y la niebla no dejaba ver a más de 3 metros adelante llevaba siete horas continuas de darle vueltas al mismo asunto.

Como sea, a las 8 a.m. me encontré en ese espantoso nudo que se llama Central de Autobuses Poniente (aka Observatorio). A finales de diciembre, por supuesto, los policías estaban vigilando con ojo de halcón, así que nomás me vieron me hicieron orillarme.

-Dígame oficial.
>Joven, ¿sabe por qué lo detuvimos?
-La verdad no oficial.
>Pues su vehículo no circula hoy. Esto amerita que lo recojamos y pase por él el lunes.

No podía ser peor, lo juro. El mismo poli me preguntó que por qué circulaba el coche si sabía que no podía y le dije la verdad (Vengo de Guadalajara, salí a las 12 de la noche y de lo último que me acordé fue del Hoy no circula). Sospecho que entre eso, y mis ojos de "máteme ahora por favor" la Navidad invadió su cuerpo y se portó buena onda: solo me puso la infracción mínima y me mandó ya fuera a un estacionamiento o derechito hasta Coapa por donde no me pudieran ver. Desde luego no iba a pagar multa + estacionamiento + transporte hasta esas tierras lejanas casi a media noche y decidí arriesgarme a llegar a mi casa.

El Cielo estaba especialmente bondadoso ese día y pude llegar a Coapa a las 9 a.m. después del viaje más torturo (y de los más bonitos) que he hecho en carretera.

Pero las sorpresas no paraban. Una situación familiar hizo que tuviera, eh, familia en la casa y entre dar explicaciones y contar cómo me va por acá hicieron que fuera medio pegando un ojo cerca de la una de la tarde. Desperté, me bañé y salí a imprimir mi pase de abordar a dos cuadras de mi casa.

Mientras iba caminando, tuve una sensación que no le deseo a nadie. Veía las casas, la gente, los coches y las calles que vi 30 años, y no sentí que perteneciera allá. Eran conocidas, pero no eran mías, como cuando vas de vacaciones a un lugar que has visitado hasta el cansancio. Podría uno decir que es porque ahora soy tapatío adoptado y Chapalita es el place-to-be, pero no. A dos meses (y después del shock de la madrugada), apenas estoy empezando a procesar que, para bien o para mal, vivo acá pero todavía no es MI lugar. Me sentí perdido en la inmensa nada, como si fuera un exiliado político que no tiene a donde llegar ni puede regresar de donde vino. No ayudaba el hecho de que el problema de familia hiciera que yo haber manejado nueve horas para ver a mi papá y platicar con él pasara al último plano. Fui (y me hice) virtualmente invisible el resto de la tarde. Deseé no haber hecho el viaje, y creo que fue lo que más me dolió de todo el fin de semana.

Para la noche, mi hermano y su novia me invitaron al cine. La que queríamos ver estaba tardísimo (y yo tenía un compromiso) así que escogimos la que no estaba tan tarde: Birdman.

Es una buena película, lo admito, pero no era la mejor decisión dado mi estado de ánimo. Aunque cuando salí tenía cara de zombie y mi hermano me preguntó como 400 veces qué tenía y dije que no sabía, sí lo sabía bien: la depresión de Riggan Thomson solo se emparejaba con la que tenía yo.

Así es amiguitos: llevaba deprimido dos meses y no lo sabía. Tan no lo sabía, que de repente todo fue claro: el comportamiento osco, el mal humor, los berrinches, las ganas de no estar en ningún lado, el discutir y discutir y discutir de pendejadas que tenían arreglo rápido. Pero como me pasa siempre en estos casos, una vez que supe dónde estaba parado empecé a salir poco a poco. Afortunadamente vi a un amigo saliendo del cine que me alegró un poco y regresé a la casa a dormir en la cama de mi hermano (ya que la mía había sido raptada).

-Domingo-

La mañana pasó sin muchos contratiempos. Seguía, sin embargo, sin poder platicar con mi papá y eso me daba mucha lata. Pero no había mucho tiempo para lamentarse: mi avión salía 4:30 p.m. y ya eran las 2:15. Tenía que estar en el aeropuerto en una hora para documentar.

Arturo Senna se encargó de ello. Me despedí de el y de su novia mientras bajaba corriendo para ir por mi pase de abordar y guardaba los dulces del aguinaldo para el novio y para mí -quizá la mejor manera de llegar y pedir disculpas que se me hubiera presentado. Pase de abordar, check. Sala de espera, check. Pinche puerta de abordaje al otro lado del chorizo que es el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, no check.

Y ahí va un Caballero del Zodiaco con su mochila blanca corriendo y elevando su Cosmo para que no se le cruzara nadie y llegara a tiempo. Como pude llegué y descargué mis muchos kilos de mochila en el asiento del avión mientras me dispuse a ver las pistas mientras el avión despegaba.

En algún momento del vuelo me dí cuenta que no imprimí la hoja que decía que había pagado el transporte del aeropuerto a la central de autobuses, y me paré a preguntarle a una aeromoza qué podía hacer en ese caso. Que lo imprima en la ventanilla de la aerolínea aterrizando, dijo. Bueno, dije yo, y me senté.

Aterrizamos, fui a la mentada ventanilla y ya no alcancé el camioncito. El siguiente saldría en cuarenta minutos, tiempo suficiente para ir al Oxxo por unas papas y un agua...

¿Si? La pinche cartera no apareció. Saqué, cual vendedor ambulante, todo mi puesto en el estacionamiento del aeropuerto. Dos Paletas Payaso por aquí, unos chones allá, un frasquito de café colombiano comprado en Cuba de este lado. Nada. Tenía treinta minutos para encontrar la cartera o me iría caminando desde la central.

Le marqué al novio con tal angustia que él mismo se preocupó. "Si no la encuentras paso por ti", me dijo el angelito y yo me sentía más mal de haberme portado tan patán todo este tiempo. En la ventanilla no estaba, entonces había de dos: la perdí bajando del avión... o seguía allá. Que pase con el supervisor a ver qué se puede hacer, me dijo el del booth. Paso pues, y me dice "Uy joven, ya están abordando el avión. Esperemos que alguien la haya reportado."

Se me cayeron los calzones al piso. Un poco por reconocerme pendejo y otro tanto no por las tarjetas (se pueden cancelar), si no por la licencia de conducir permanente. Eso de renovarla cada tres años me iba a dar una hueva...

...pero con tanta fortuna que la gente en Guanatos es honrada. Sí, el animal de su servidor la dejó en el avión y sí, un honesto la reportó. Apenas me la dieron corrí a alcanzar el camión, que estaba a punto de salir.

Dos horas y media más tarde metí la llave en el domicilio conocido de Parques de Zapopan con la convicción que hacer las paces y, sí, de reencontrarme y al mismo tiempo encontrar un lugar más al que pueda llamar "casa".

Y así como estuve atrayendo puras cosas negativas estos dos meses, nada más me puse en paz conmigo mismo y el lunes siguiente alguien se apiadó del proyecto y empezó a notarse un poco más de organización y apoyo de parte de mi empresa. Además, los tres días que vi al novio bastaron para quererlo aún más y llegar a la conclusión de querer llegar a acuerdos con él.

Pero para esto, hubo que pasar un fin de semana de puritito miedo.


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Oyendo: Jóga - Björk (cover de Ane Brun)



Hueles a limpia tierra mojada

-"¿A qué vas para allá? Los Zetas están terribles de aquel lado"
-"Con mucho cuidado por favor, no andes en la calle muy noche"
-"¿Pero por qué para allá? ¡Los conciertos suceden aquí!"
-"Allá es un pinche pueblo, te vas a aburrir"
-"El transporte es culerísimo, el del DF te va a parecer de lujo"

Y sin embargo, acá estoy. No puedo decir que sin miedo, pero definitivamente no es miedo a que me levanten (aunque si lo hacen dos o tres que he visto camino al trabajo yo me pongo flojito), si no miedo a fallar.
Mucha gente recibió como una sorpresa amarga que me viniera a trabajarvivir a Guadalajara, pero, en lo que a mí respecta, no es muy distinto a cuando me fui a estudiar a Japón y allá lo pasé increíble. Por supuesto que extraño a mi familia y a mis amigos, pero estamos a ocho horas en autobús o una en avión si algo urgente sucede. Además, como le digo a cualquiera que me reclama por no marcarle por teléfono, el mismo trabajo cuesta ir de aquí para allá que de allá para acá.

Guadalajara no es un pueblo perdido a la mitad de la nada, como me lo planteó mucha gente. Obviamente es más chiquito que la segunda ciudad más grande del mundo (duh) pero la Zona Metropolitana de Guadalajara tiene zonas bien padres y lugares con mucha, muchísima gente: ¿qué tal Chapalita, el centro, la avenida/corredor turístico de Chapultepec, el centro de Zapopan? Mis fuentes me platican que Tlaquepaque (de cuyas alfarerías salió mi hermano) es muy bonito también.

Estoy de acuerdo que por cada cinco conciertos que hay en el DF hay uno acá, pero eso significa que ya están escogiditos y que no habrá tanto tráfico para pasar el Azteca, el Auditorio o el Palacio de los rebotes.

La mar de calor de este lado del país, eso sí. Tanto, que cuando hubo nueve grados la semana pasada la muchachada salió con guantes, gorro y bufanda y yo sólo con una sudaderita, en modo fresco... porque a las cinco le vengo manejando los 26-27 grados y ellos en casual mientras yo sudo la gota gorda.

No gente, no hay soldados en cada esquina de Guadalulú ni han aparecido algunos colgados en los puentes (al menos en lo que he estado acá). Me sentí más en tensión la semana que nos quedamos varados en Monterrey, donde a cualquier hora se oían pasar las patrullas hechas la raya. A lo más a lo que llegamos es a la viejita neurótica que se metió en sentido contrario en vía rápida porque YOLO y, lógico, hizo carambola con los desafortunados conductores que venían en el sentido correcto.

No se si tiene que ver con el tamaño de la ciudad, pero he visto mucho mucho MUCHO extranjero aquí. Simplemente en mi trabajo hay dos paquistaníes, al menos un gabacho y como sepetecientos hindús. La ciudad está llena de lugares de comida china, y hay escuelas de idiomas por todos lados, no nada más de inglés o francés, al menos una escuela promete doce idiomas entre los cuales están -Dios quiso- coreano y japonés. Y no nomás nativos de Extranjia: como en la curiosa combinación Puebla-Veracruz-Tabasco, acá llega gente de Sinaloa, Sonora, Aguascalientes, Durango y un compa de Tijuana, por lo que de acentos ni hablemos.

Tanto extranjero, creo, es la causa de que acá todavía haya Caesar's palace (que en el DF intentó entrar y no se pudo), hartos Carl's jr, Olive garden y Wrocco wrowers, por mencionar algo.

Claro, como en todos lados, la ondita regional es para volarte la cabeza si no pones atención. Las tortas, a menos que sean ahogadas, no son tortas, sino lonches, entonces perfectamente te puedes llevar un lunch con lonche. Los jugos no se venden en vasito abierto, si no en botellas (con tapa y todo). Si en la calle se ve un letrero que diga "biónicos" no venden cyborgs clandestinos, más como ¡cocteles de frutas! (habráse visto). Ya me advirtieron que "amiga" te prende el foquito rojo de chilango en la cabeza inmediatamente, acá se les dice "mijas". Por todos lados oigo "pinshi" y entre que me da risa y me jalan de los pelitos de la nariz.

Pero no todo es tan bonito como las jericallas. No exactamente hay escorpiones del tamaño de una mano, pero las chinches están por todos lados... enchinchando (mal chiste, ya se). Los mosquitos sí son del tamaño de la película Caveman, sin embargo.

¡Atuk!

En general hay poco transporte, pero del que hay no es todo malo, depende de la ruta (y del camión y del conductor). Hay algunas rutas "de lujo" con asientitos forrados y tele -pero si no voy al DF joven, nomás a Zapopan- que cuestan el doble que un camión normal. Muy guapos, sí, pero si hablamos de que el camión acá cuesta SEIS pesos así vayas al siguiente semáforo o de base a base, pagar 12 es de ricos y poderosos. Y esa es la mejor opción, pues mis fuentes me dicen que las dos (próximamente tres) líneas de tren ligero (no es metro, por favor) cuestan el simpático precio de siete pesotes. ¡Y los #posmesalto protestando porque el metro (sin el cual el DF no viviría) cuesta cinco! Eso, sospecho, hace que Guadalajara sea, como leí en algún lado, "la ciudad más motorizada del país" pero el tráfico no es nadita como en el DF, por alguna razón.

En general, como ven amiguitos, no es una mala decisión venir para acá. Solo es superar el "El DF es EL place-to-be en México" y darle chance a los cuates de provincia. Como nos pasó a los chicos que nos fuimos a Japón, se lleva uno gratas y no tan gratas sorpresas, pero es lo que les vas a contar a tus nietos cuando ya no te puedas mover. Lo único que podemos hacer para mejorar es poner una sucursal del Jarocho en Plaza del sol, un Gandhi grande en... algún lado y ya estamos hechos.

En cualquier caso, para mí pasar dos veces al día por la Minerva es una chulada.

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Oyendo: Brusher patrol - Bastion OST