Ise y Futamigaura

Una amiga se quería comer Japón en los ocho meses que estuvimos allá, entonces viajó y viajó y siguió viajando. No está mal, al contrario: en un principio, cuando estábamos todos juntos en Nagoya, me pegaba a sus excursiones de fin de semana. Ise fue una de esas.

Ise (伊勢) es una ciudad que está del otro lado de la bahía de Ise. No pongan cara de duh, es la misma bahía donde Nagoya sale al mar; no llegamos nadando, pero entre trenes y trenes sí puede uno hacer entre hora y media y dos horas.

Cuando llegamos el día estaba nublado. El clima era bastante fresco, pero no llegaba a ser frío. Como sea, bajamos de la estación y, a decir verdad, vimos mucha calle y muy poco templo (que era una de las dos cosas que veníamos a ver). Caminamos hacia un local de información turística y mientras sacábamos fotos de todo (japonesception), una señora que iba lo que en Francia le dicen en putiza pidió tomarse una foto con nosotros. Haciendo un poco de plática resulta que ese día era su cumpleaños y que estaba tan apresurada por que sus amigas llegarían a festejarla a su casa en la noche ¡en Nagoya!, pero quería primero pasar a dar gracias al gran templo. Fotos, felicitaciones, cortesías y pegó la carrera. Nosotros, que veníamos en Babaria, hicimos mucho más tiempo que ella en llegar a la estación de buses donde estaba el local. Cuando llegamos, mi amiga preguntó cómo llegar a "los templos", así a secas. El encargado del local, muy amable, nos pasó un mapa a cada quien -cuatro-, marcó en uno de ellos las ubicaciones de los dos templos principales del complejo, la manera de llegar al más lejano, la ruta mortal para llegar al más grande pasando por todos los adoratorios chiquitos e indicó que si no nos apurábamos perdíamos el camión que salía para el templo y el que seguía salía unas dos horas después.

Nos trepamos pues. Llegando a donde empieza la caminata hacia el edificio, pasamos por un lago a la mitad de un bosque sagrado, un mercadote de chácharas dioses-approved, un río y como dos mil toriis (los arcos de entrada que separan el espacio terrenal del espacio divino de los santuarios). Pero la caminata valió la pena.

No hace falta decir que de verdad se siente la diferencia entre lo mundano y lo divino: pasando los toriis se carga el ambiente de una energía tranquila y acogedora, lejos del ruido del mercado que les escribí en el párrafo pasado. Acá adentro, además, está un río salvado por un puente de madera que da hacia las entrañas del bosque sagrado y el ambiente ahí es aún más misterioso. Con tantos adoratorios por todos lados, no podía ser de otra manera.

Pasamos por el primer templo y nos encaminamos hacia el segundo santuario, tratando de visitar la mayor cantidad de adoratorios posibles -que a decir verdad son bastantes. Cuando el cansancio ya estaba mellando llegamos a un edificio bastante nuevo hecho de madera donde la gente se arremolinaba como si regalaran arroz. "Por algo será", pensó Toño, y convencí a los demás de subir dos segundos a rezar y aventar nuestra monedita. La gente empujaba como en Pantitlán en lunes a las 7 de la mañana y no pudimos hacer mucho, más que rezar rapidito y tener un disgusto por que no nos dejaron tomar fotos del interior del templo (la reja incluso estaba cerrada). No es en vano, como les explico ahora.

Verán, Ise guarda los dos templos más sagrados de Japón: Geguu (外宮) y Naikuu (内宮), literalmente "el templo de afuera"  y "el templo de adentro". A pesar de los muy desafortunados nombres, Geguu es el santuario NACIONAL de la diosa de los cereales y la vivienda y Naikuu de nada más y nada menos que Amaterasu, la diosa del sol, donde además se dice que se guarda uno de los Tesoros nacionales de Japón; naturalmente es el templo más sagrado de la nación nipona y no dejan tomar fotos ni acercarse a menos de veinte pasos -por eso la gente hacía filas y filas y más filas para subir. Además, siguiendo las prácticas de la no pertenencia del Shinto (una de las religiones de Japón), los templos se han reconstruido cada 20 años desde por lo menos el 690 y justo unos meses después empezarían a desmantelarlo.  De todo esto nos enteramos saliendo del complejo de templos, pero se los digo de una vez que todavía nos falta en este relato.

Ya la pipí y el hambre nos estaban matando, así que regresamos al mercadito de hace cuatro párrafos y nos dejamos ir como gordas en tobogán: separalibros, cajitas, cajotas, Darumas (los muñequitos con un solo ojo pintado), Maneki nekos (aka gatitos con una pata arriba), abanicos, banderas, cascabeles e, importante, baños y comida. Tratamos de no separarnos mucho y nos turnamos para apartar la única banca que encontramos donde nuestras mochilas y nuestros cuerpazos de nervios cabían razonablemente mientras alguien iba a tomar turno para la comida, o la pis, o las dos. Acabando de comer (no recuerdo qué había, pero estoy casi seguro que comimos nigiri sushi) ahora sí nos separamos uno del otro para comprar recuerditos que Kamisama guarde la hora.

Comidos, comprados y descansados ahora sí, siguiente punto de la agenda: Meoto Iwa.

Del mercado salen los camiones para el puerto y uno nos dejó relativamente cerca, lo suficiente como para caminar por la calle y seguir tomando fotos de todo. De camino pasamos (pero no entramos) por un parque temático de la época Azuchi-Momoyama, que es la era que siguió a la Sengoku jidai (ya saben, samuráis peleando entre sí). La mayor atracción del parque es la reconstrucción del castillo de Azuchi pero entiendo que hay más cosas, como renta de vestuario, teatro, y juegos.

Como sea, cuando llegamos al puerto el cielo ya estaba verdaderamente gris, haciendo que la línea del horizonte se confundiera con el mar, lo que le daba un aspecto extrañísimo pero tranquilizador. Futamigaura (二見ヶ浦 - el nombre del puerto) tiene un santuario menor, cuya gracia es que está a la orilla del mar. Así que ni hablar, seguimos nuestra peregrinación.

A la mitad del camino, llegamos a nuestro segundo destino del viaje: las Meoto Iwa (夫婦岩 - "rocas casadas"). Seguro las han visto el algún anime o película: son dos rocas que sobresalen del mar y están efectivamente "casadas" -unidas por un lazo matrimonial-. Como todo en el país del sol naciente, se ven más grandes en las fotos que en vivo; uno pensaría que se ven chiquitas por que están leeeeejos de la costa, pero en realidad ni son tan grandes ni están tan lejos: la mayor mide no más de 10 metros y la menor unos cuatro. Estoy seguro que bajo las condiciones adecuadas la vista debe de ser tan espectacular como lo sugiere el nombre de la ciudad: se dice que mientras buscaba un lugar para construir el santuario original para resguardar el Espejo (el Tesoro en Naikuu), una princesa visitó el lugar y aunque no se decidió por la costa, volteó dos veces hacia atrás para despedirse del precioso terreno (Futami - ver dos veces. Ura - atrás). La lluvia no nos dejó tener la imagen romántica en la cabeza y en cambio nos dejó en la choya sendas gototas que nos hicieron refugiarnos en un estratégicamente colocado pasaje comercial con trampa de turistas: postales, llaveros, peluches, réplicas de katanas y todo para regresar a casa con cero yenes. Como fue.

Esperamos a que bajara la lluvia un poco y mientras corríamos a un lado del acuario del lugar (cerrado) para tomar el camión de regreso a la estación de trenes de Ise no podía dejar de pensar que estar en Japón es verdaderamente una experiencia que cambia vidas, al menos para alguien que vive a 15 husos horarios de distancia.


Para llegar a Ise desde Nagoya, adivinó usted, salen los trenes desde la estación de Nagoya y llegan a la estación de... wait for it... Iseshi. Un tren, pero cerca de 2,500 yenes DE IDA. Falta el camioncito a Futamigaura (del que no recuerdo el precio) más comida más recuerditos varios. No es para cuando la pobreza impera en la cartera, pero lo viajado no lo quita nadie.


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Oyendo: Torreblanca - Roma



Ciudad Toyota

...que originalmente no se llamaba Toyota (豊田 - とよた), sino Koromo (挙母 - ころも) y que cambió su nombre debido a la muy famosa armadora automotriz, originalmente ¡fábrica textil!

Poes bien, ya estamos en Japón. ¿Qué queremos hacer? Ver un partido de fútbol soccer, obviamente.
Normalmente hubiera mandado a la chingada a quien hubiera sugerido la idea, pero eso implicaba dos cosas: la primera era conocer un estadio mundialista (además del Azteca, desde luego) y la segunda conocer otra ciudad que no fuera Nagoya, aunque están en la misma prefectura.

Pasó que había un partido cerca (no importaba mucho quién contra quién; no teníamos la menor idea al final), se compraron los boletos para entrar y el día del partido nos lanzamos a la aventura ya que, claro, nadie tenía la menor idea de cuanto tardaríamos en llegar o cómo se le hacía para aterrizar ahí.

Preguntamos en la estación de confianza y nos dieron santo y seña de la manera de llegar: dos trenes y una hora de camino. Aún así, íbamos con el tiempo justo y rezando a todo lo que nos sabíamos para llegar puntuales, pero al final disfrutando el precioso paisaje de las afueras de las ciudades japonesas cuando viajas en tren.

Nomás bajarnos preguntamos (¿por qué no?) cómo llegar al estadio. Teníamos dos opciones: camión o caminar; con el tiempo encima decidimos dejar el turisteantismo para cuando terminara el partido. Llegamos con unos cinco minutos de atraso que se hicieron como 15 al dejar caer la baba ante el estadio.
Desde la plaza que lo rodea, se respira el ambiente japonés: relajado, ordenado, armonioso y sin los desmadres que un partido de fútbol con el equipo local supondrían de este lado del planeta. La construcción en sí es impresionante: techo retráctil, letreros en perfecto estado, limpio, muchas escaleras para llegar a tus gradas, y un entorno no opresivo como muchos de los estadios a los que he ido. Fácilmente tomamos como 50 fotos cada quien del puro edificio.

Jugaban los Nagoya Grampus contra los Niigata Albirex (sí, así de raros son los nombres de los equipos en Japón, sospecho, solo en el fut: el béis tiene a los Yomiuri Giants, los Chunichi Dragons y los Hanshin Tigers) pero el partido parecía más de bajo perfil que, con la disculpa de los fans, uno del Zacatepec contra el Cobras: SÚPER tranquilo, las porras encontradas en los extremos de la cancha, nadie gritando y la mitad de las gradas vacías. A esto le faltaba acción y nadie más indicado para hacerlo que los ocho latinos gritones sentados en gayola. Se hicieron dos equipos (o montón: solo uno le iba a Niigata por que había estado en la ciudad) y al final Grampus ganó 2 a 0 y el estadio se caía de la emoción (#not).

Bueno, ni los equipos: nipones al fin, los perdedores fueron A PRESENTAR SUS DISCULPAS a su porra y los ganadores a AGRADECER a la suya, haciendo reverencia y saliendo en orden. Los fans hicieron lo propio y el recinto estaba vacío, sin mentirles, en menos de 40 minutos. Ya quiero ver eso en el Olímpico de C.U. o en el Omnilife.

Ahora si, con cámara en mano y tiempo de sobra, caminamos de regreso a la estación. Toyota (ex Koromo) es una ciudad muy chiquita pero increíblemente linda: calles derechitas y limpias que con cerezos en flor se ve impresionante, arroyitos de agua con calzadas especiales en las calles, gente amable y negocios de barrio donde la gente sí consume. Creo que lo más "de franquicia" que vi fue el Bar Mexigan que, como el nombre intenta decir, tiene concepto mexicano. Al menos le echan ganas. Nunca se imaginaron que llegarían mexicanos de verdad pidiendo alcohol como latinos de verdad y el pobre bartender/mesero estaba entre sorprendido y muy nervioso.

Nos dio el atardecer en la ciudad y dio también la hora de regresar. Medio ebrios (la verdad es que esas margaritas sí pegaban) emprendimos el regreso, con un conocimiento nuevo: el fútbol no es violento en todos los lugares de este planeta.


Cómo llegar desde Nagoya: de Nagoya eki (duh) tomar la línea Sakuradori hasta Gokiso y de ahí la línea Tsurumai hasta Toyotashi. No es más de una hora con quince minutos.

El Bar Mexigan es un bar muy chiquito pero con buena vibra del bartender y concepto mexicano kitsch cual taquería para extranjeros en la CDMX. Está básicamente pegadito de la estación Toyotashi, quizá a media cuadra. Hay un MacDonalds en la misma calle, lo que la hace una buena opción si no queremos darle nuestro dinero al payaso Ronald.

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Oyendo: Placebo - English summer rain



Asuke y Arimatsu

Parte del intercambio al que fuimos a Japón, además de proveer entrenamiento técnico, consiste en salidas programadas a lugares de interés cultural. Asuke y Arimatsu son dos pueblitos que quedan cerca de Nagoya y son, cada uno a su manera, un referente de Japón tradicional que se ve poco si eres turista y no sabes que existen.

En orden cronológico (espero), empezamos con Asuke. Cual pueblo del Nipón romántico de película de Ghibli, este pueblito al este de Nagoya todavía tiene una granja tradicional a la orilla del río Tomoe, con ruedas que proveen fuerza mecánica gracias al movimiento del agua y montañas que quitan el sueño (o el aliento, si uno quiere llegar al mirador de la mera cima). La dichosa granja ya es un híbrido raro entre talleres funcionales y museo para visitantes, pero la gente en general se ve muy contenta con lo que está haciendo. Aprendimos el proceso de creación del washi (papel de arroz japonés), el de la creación de sombrillas y cómo se funde y moldea el afamado acero japonés.

Pero las estrellas del lugar son otras: el mentado mirador de la punta de la montaña y su vista en otoño, donde los montes que rodean a Asuke se visten de rojo y naranja con las hojas de los árboles. (Dicen. Nosotros fuimos a mitades de primavera, desafortunadamente.) Como sea, el lugar es de verdad precioso; subir el monte Iimori, pasear al lado del río, comer en alguno de los restaurantitos que atienden los lugareños, o vagar por el cementerio (sí, por el cementerio: no son lugares "malditos" como en occidente, y este en especial está en las laderas de un bosque de bambúes, muy impresionante) son cosas que uno tiene que hacer, si se puede, mientras está en el país del sol naciente. En camión no fue más de una hora de viaje, pero según esta página con mucha suerte y al menos un transbordo uno puede hacer dos horas y 1500 yenes (bueno, si llegamos en tren a Toyota para ver un partido de futbol, aventarse otros 40 minutos para ver el otoño brillar no debe de ser nada).

En cuanto a Arimatsu, si Asuke pasa un poco desapercibido este prácticamente es invisible. Comido por la mancha urbana de Nagoya, originalmente era un pueblo al sur de la gran ciudad (donde, además, Oda Nobunaga ganó una batalla) y ahora es un pacífico caserío dedicado casi exclusivamente a la producción de shibori. El shibori, o teñido con bloqueo [de la tela] (piensen en los patrones de las playeras hippies), ocupa cerca de un tercio de todas las casas. Me gustaría decir muchas cosas padres de Arimatsu, pero salvo el museo-tienda chiquitín dedicado a la técnica y la inmensa paz que se respira comparado con la capital de la prefectura de Aichi, no hay mucho que podamos decir de acá.

¿Cómo llegar? Muy fácil: tome la línea Meitetsu desde la estación de Nagoya, al sur de la ciudad, y en menos de una hora está usted llegando a la tierra de la tela tejida a mano con todo para el bonito regalo de las tías: pañuelos, mascadas, posavasos, bolsas, blusas...

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Oyendo: Paranel - Itsuwaru (mentir)



Nabana no sato

En la recepción del dormitorio donde nos estábamos quedando nos sugirieron visitar un lugar llamado Nabana no sato (なばなの里) que no estaba exactamente cerca, pero valía la pena las tres horas a lomo de burro.

Total que dijimos casi todos que sí. "Casi todos" significa no menos de 15 latinos ruidosos muy perdidos y casi recién llegados al otro lado del mundo (o el futuro, como me decía un amigo). El rollito de la estación de trenes ya lo escribí por acá, pero si les da flojera dar un clic extra se los resumo: nos separamos en dos grupos. El grupo en el que iba yo salió un tren atrasado.

No era mentira eso de que no estaba cerca, al menos en estándar japonés. Google Maps me azota en la cara que hicimos una hora y piquito entre caminar, perdernos en la estación, tomar el tren, bajarnos y perdernos en la estación para tomar el bus que, finalmente, nos llevaría a la puerta del parque temático. Pero valió cada minuto el viaje; tanto por el viaje en sí (cruzando arrozales, ríos, lagunas y pueblitos) como por la tarde Y noche que estuvimos ahí. Es caro pasar (JPY 2,000 la entrada) pero se compensa con cuponcitos por la fantabulosa cantidad de JPY 1,000 para gastar ahí dentro pero no en todos los lugares. No se puede todo en la vida.

Entrando entrando está la tragadera los puestos de comida, todavía cerrados (a la distancia, sospecho que están estratégicamente localizados para comprar la caminera de regreso. Well played, Japan.) Enfrente, flores. A la izquierda, flores. A la derecha, árboles de flores. Alrededor, nativos de Extranjia y nacionales por igual abarrotando el mega parque. Todo iluminado como de ensueño.

Entre tanta florecita, y después del súper drama de separarnos para llegar y que el grupo de avanzada llegara por gracia de Dios, decidimos... sí, separarnos pero ahora en grupitos que ya dejaban ver quien se iba a ir de pedo con quien los siguientes siete meses. Pero me desvío.

Grupitos, dije. Y de cualquier manera, mientras decidíamos si ir a los árboles o mejor al invernadero de begonias o al lago o al mirador de 15 minutos pero 3 horas de fila... apliqué un YOLO y me les perdí. Casual. De todas maneras teníamos una hora decidida para vernos todos en la entrada y tomar el último camión de regreso.

Si no hubiera sabido japonés me hubiera puesto a llorar como niño en la feria para que pasaran los guardias y me llevaran a la puerta (igual y hasta me regalaban comida). Pero no: hice mi ruta solo y probé mi suerte hablando aunque fuera mal, pero para esto me había entrenado la mitad de la adolescencia, así que tenía que servir de algo.

Hice mi propia ruta. Primero el terreno de los árboles. No eran, tristemente, cerezos (de los que ya hablamos en la entrada de Nagoya); más bien eran ciruelos y algunas otras especies plantadas con el suficiente espacio para que puedas apreciar cada árbol con calma -y la concurrencia lo entiende. No se empuja, no se apelmaza en un lugar y respetan el orden sugerido para recorrer el terreno.

Pasé enfrente del invernadero y me dolió un poco el codo: otros JPY 1,000 para la entrada. Mejor me sigo caminando con dirección a la fila inmensa del mirador estilo OVNI-pesero (se sube gente, se sube el, baja el, bajan a la gente). 15 minutos de ver tus terrenos pero una fila que parece Six flags en domingo de vacaciones; ahí definitivamente no voy a entrar, mejor me regreso al invernadero.

Fueron 1,000 yenes que me dolieron al pagar pero valieron la pena una vez dentro: no solo había begonias, la pared rebosaba de orquídeas, margaritas, crisantemos, girasoles y otras tantas flores. Como sacado de alguna película de animación, aquí si podría uno echar novio sin ningún problema. Fuera ya empezaba a hacer frío.

Empieza a anochecer sobre un campo plantado de árboles y flores y podría ser así de romántico como lo leyeron si no estuvieras rodeado de otras 2,000 almas. Empiezan a iluminar los árboles desde abajo y se empieza a descubrir la verdadera magia del parque: el espectáculo de ver todo el parque iluminado por luces suaves sí puede enamorar... pero lo mejor viene a continuación.

Letreros que dicen "Continúe hacia el túnel de las luces" iban apareciendo por el caminito marcado a la vez que la gente se detenía más y más. Cuando finalmente llegamos al dichoso túnel, entendí por qué: el "túnel de las luces" es precisamente eso: un túnel lo bastante amplio y grande para que todos crucen sin problema, REPLETO de foquitos con forma de flor y, aunque es largo, con la pura cara de menso que pone uno al pasar por ahí es más que suficiente para que la gente se vaya deteniendo mientras atraviesa.

Al final del túnel te mueres. Sí, de la impresión de ver la verdadera estrella del parque: un montaje de mapping sobre unas colinas con todo y efectos de sonido que deja pendejo al resto del megajardín. No recuerdo cuanto tiempo dura, pero sí me acuerdo que lo grabé en la cámara y en el celular por si acaso. Atrasito del mirador para el mapping había un puestito triste y desolado que escribía "甘酒" en un cartelito. Amazake es una bebida dulce, caliente, sin alcohol hecha de arroz. El primo puberto del sake, pues. Y con el frío de la noche, sabe como a un regalo de Dios para el mundo.

Para salir del mirador y regresar al punto de partida hay que atravesar otro túnel de luces, ahora con más para apreciar y, claro, la misma gente haciendo la misma cara de menso al pasar.

¡Es hora del show! En medio de Nabana no sato hay un inmenso lago que estaba a punto de tener un juego de fuentes iluminadas al compás de música clásica. De fondo, una casita tipo chalet que le da un aire muy extraño a todo una vez que reaccionas que estás en una isla de Japón.

Show's over, folks. Y mis patitas me mentaban la madre después de caminar sin parar unas cinco horas. Pero como caído del cielo (o más probablemente gracias a un buen diseño del parque) las mismas patitas me condujeron a un 足湯 (ashiyu), que no es más que una salida "natural" de agua caliente que los viajeros usaban, precisamente, para relajar los pies mientras iban de un poblado a otro. ¡Sin costo! (salvo por las toallitas para secar las patas una vez que te cansas de tener los pies mojados y calientitos pero la espalda fría). Me quedé a posar mi cansancio ahí por lo menos quince minutos y decidí que era un buen momento para buscar más mexicanos regados por el parque.

Sí, estaban donde los dejé. Y mientras ellos por indecisos recorrieron A, B y C, yo fui de A hasta F y compré atolito japonés. Fui un poco la envidia de varios, que seguro no se atrevieron por falta de valor para hablar lo que practicábamos en clase.

Unos abrazos e intercambios de opiniones después, había llegado la hora de irnos comer, que haciendo cálculos no teníamos nada en la panza desde como las 12 del día. Después de algún ramen o unas salchichas preparadas, ahora sí, el día había llegado a su fin.

Y sin preocuparse mucho: todos conocíamos el camino de regreso, aunque lo hayamos hecho en dos tandas.

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Oyendo: Perfume - FLASH



Nagoya

No lo sabíamos entonces, pero Nagoya es la cuarta ciudad más grande de Japón (después de Tokio, Yokohama y Osaka) y fue destruida completamente en los bombardeos de 1945. Ergo, es una ciudad reconstruida. Nueva, vaya: lo único que vi que podría decirse "tradicional" fueron dos cosas: Oosu kan'non y el castillo que no es castillo. Lo demás, desde las Mode Gakuen Spiral towers hasta el parque Tsurumai pasando por Nayabashi ya tenían una manita de gato. Pero vayamos por partes.

Nagoya, como les decía, es una ciudad moderna y un maestro, tiempo después, me la describió como "Japón que no es de verdad". A la distancia, tiene un poco de razón: es muy occidental para ser nipona y muy japonesa para estar en América. Una curiosa mezcla de dos mundos.
No me malentiendan, es muy bonita, y adecuada para ser el punto de entrada al país del sol naciente a extranjeros que probablemente de la antigua Cipango solo hayan visto anime. Nayabashi, sospecho, fue nuestro primer punto de encuentro real con Japón: es básicamente un puentecito de piedra que cruza un río a la mitad de la ciudad, casi caaaasi como el Río de los remedios acá. No es el máximo punto de interés turístico de la ciudad (y uno podría ir de paso sin conocerlo, incluso), pero era nuestro camino a Sakae y Shinsakae, las dos zonas comerciales de Nagoya e izakayas (cantinas tradicionales), pubs irlandeses, Starbucks o Tully's que se cruzan en el camino y es un ejemplo de algo que se ve a lo largo de Japón: el respeto a los cuerpos de agua. Así como lo puso la naturaleza, así lo encauzamos y le ponemos puentes bonitos para admirarlo, pero nada de entubarlo o cubrirlo o, peor aún, ensuciarlo.

Nagoya es una ciudad fría y con mucho viento, al menos en marzo; una noche había una temperatura de cerca de 8 grados, lloviendo y con un ventarrón que Kamisama guarde la hora. Y si a eso le agregamos que para ir de donde nos hospedaron a la estación de metro más cercana hay que pasar por un bajopuente de piedra llega un momento en el que uno se siente Mary Poppins volando con su paraguas.

Como casi todas las ciudades grandes en Japón que visité, tiene una conformación chistosa: hay un parque horizontal en el centro de la ciudad con un repetidor de telecomunicaciones enorme, que normalmente se llama "[nombre de ciudad] tower". Cerca de este parque está una rueda de la fortuna que no tiene sentido para nada: a un lado de un edificio... y se llama Ferris Wheel (Nagoya es un puerto, punto parcial. Pero ¿literalmente pegada de un edificio?). Entre Sakae y Shinsakae hay una estructura ovalada muy grande llamada Oasis 21 que sirve de igual manera como parque recreativo, estación de autobús, centro comercial y lugar de información a turistas. El techo, por fuera, tiene agua suficiente como para ahogar tus tobillos, cercado por una discreta vallita que llega, precisamente, al huesito del pie. Tiene restaurantes que se veían monones, pero nosotros no nadábamos en dinero y mejor cenábamos en los lugares de gente modesta: Yoshinoya, Sukiya o Matsuya, restaurantes de comida rápida.

Shinsakae. Según mi experiencia, es básicamente el distrito de bares de la ciudad... si entendemos por bares los lugares con 10 asientos hacinados en edificios de 15 pisos. Hay honrosas excepciones (como el ID, un antro ¡de cinco pisos!) pero en realidad eso es lo que entienden por bar en Japón, un lugar muy íntimo/chiquito. Naturalmente, me di una vuelta yo solo por el distrito para ver el movimiento y es de lo más extraño ver locales filipinos e hindús hundidos en sótanos.

Regresemos a algo menos denso. Oosu Kan'non es un templo budista dedicado (a falta de otra palabra más acertada) a... Kan'non, la buda de la compasión (LA buda por que al pasar a Japón la cambiaron de sexo, muy casual) rodeado de un complejo de tiendas y restaurantes. Es un remanso pequeño de tranquilidad entre el desmadre de las vías rápidas que lo rodean... y además está poblado por GATOS. ¡GATOS!

El castillo es todo un tema. Sí, es la estructura del castillo de la región. Sí, tiene su jardín y su fosa y sus edificios administrativos adyacentes. No, ya no es un castillo por dentro.
¿Cómo? Pues es un museo ahora. Precioso, con maquetas y réplicas y armas originales, pero ya por dentro no tiene ni las vigas de antaño. Más que adaptar el edificio a las exposiciones, rehicieron el interior y ahora son 6 pisos (si no recuerdo mal) muy modernos, incluyendo el mini mirador del último nivel. No hay decepción, sin embargo; la visita vale muchísimo la pena.

El parque Tokugawa es un parque (duh) un poco más alejado hacia el este. Es pequeñito, pero la visita es brutalmente gratificante. Un lago enorme al centro con koi (carpas) y alrededor árboles, cascaditas, casas como para la ceremonia del té y caminos de piedra que invitan a perderse por todo el lugar. El día que fuimos pudimos presenciar de pura suerte una sesión de fotos de dos chicos que se iban a casar, el con su hakama y ella con su kimono blanco ceremonial. No se me ocurre otro lugar mejor dentro de Nagoya para hacer esta sesión tan romántica.

Dejé Tsurumai casi al final por razones sentimentales. Digamos, como que hicimos el famosísimo hanami ahí.
El parque por sí solo, sin flores de cerezo, es completamente digno de visitarse en cualquier momento. Con lagos artificiales, fuentes y un kiosko central de piedra es ideal tanto para echar novio (si los japoneses lo hicieran) como para llevar a los hijos a jugar béisbol (que no futbol: es de reciente introducción) o echar una o tres caguamas. Oh sí, en Japón se puede tomar en la calle, sospecho que por que allá no hacer desfiguros es cosa de honor y no un delito castigable.
Para el caso. Llegamos a Japón a mitades de marzo, lo que significaba que llegamos en tiempo perfecto para ver abrirse los capullos rosas que se convertirían en flores.

Fuimos un grupo de cinco mexicanos cerca de las seis de la tarde. Hacía frío y mucho aire y todos llevábamos doble chamarra. Pero nada más nos bajamos del metro y nos asomamos al pobladísimo parque con ese mar fantástico de rosa en las copas de los árboles sentimos que no había más en el mundo. Ya con la baba caída nos fuimos metiendo al parque a ver chingomil nipones y extranjeros bebiendo alegre y respetuosamente... sentaditos en seiza (la forma de sentarse que relacionamos con Japón) sobre una lona azul con los zapatos a un lado del plástico. Mucha risa, mucho MUCHO alcohol y sobre todo mucha admiración por, quizá, su fiesta nacional más valorada. De verdad es sobrecogedor ver tantas flores abiertas en un espectáculo muy breve: las flores ya estaban cayendo y con el viento hacían un torbellino rosa que provoca ganas de llorar de la emoción. Me apropié de algunas flores a punto de caer, las puse a secar y mucho tiempo después hice cuatro separalibros con ellas.
Algo debería conservarse de esa belleza finita, aunque sea entre dos micas transparentes.

Por último de la ciudad, una anécdota. Nagoya eki (o sea, la estación de Nagoya) es un gran Cetram de verdad: metro, autobús local, autobús foráneo, tren y sitio de taxis. Cuando nos acercamos a una taquilla a comprar un boleto de metro y no nos dimos a entender, los pobres encargados del localito tuvieron que recurrir a lenguaje de señas para decirnos que ahí no era el metro, que era la estación de trenes. Como de película absurda, cuatro mexicanos y dos japoneses "hablando" a señas para que, después de 10 minutos y con una fila de nipones desesperados atrás de nosotros, finalmente pudiéramos concertar en que las taquillas del metro estaban a una distancia equivalente al trasbordo de La Raza en la Ciudad de México. Hay que aprender de alguna manera, pero creo que este es un modo que no quiero volver a repetir.

Desde luego, tenemos muchas más cosas de las cuales hablar acerca de la ciudad (los malls subterráneos, el puerto, la fantástica planta de incineración de basura, el Nagoya dome -estadio de béisbol-, el museo de Toyota, Nana chan...) pero esto no es una guía de turistas por más que quiera. Puedo escribir de lo que me acuerde si lo quieren pero esto, por ahora, creo que es bastante para darse una idea de la ciudad y su ambiente internacional pero no tanto. Sigue siendo Japón, pero de alguna manera creo que quisieron hacerla TAN moderna que casi se pierde en el proceso.

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Oyendo: Röyksopp - Eple



La llegada a Japón

Sí, ya se que esto fue en 2013, pero ahora que tengo un poco de tiempo libre y que no quiero mentar más madres mejor me pongo a escribir.

Además, así como el post del pasaporte en el DF ha ayudado a mucha gente, espero que este sea al menos una guía para la gente que va a Japón y pase por los lugares que yo visité.

Empezamos pues.

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El avión desde el D.F. salía a las 6:15 de la mañana. Naturalmente, hubo que llegar tres horas antes a la flamante Terminal 2 del aeropuerto. Para mi sorpresa, a las tres de la mañana ya había algunos compañeritos ahí -obviamente, dormidos. TAN perdidos, que estaban acostados sobre maletas y aún así roncaban.
Dos maestras de las clases de japonés llegaron a despedirnos, con cara de muerto fresco pero toda la actitud para estar con sus alumnos. Lloraron con nosotros un poco de la emoción pero nos hicieron la madrugada muy amable, sobre todo a la gente que venía desde fuera de la Ciudad de México.

A esas horas, sospecho que de los nervios, tenía mucha hambre y mi familia me invitó La Última Cena [antes de salir al otro lado del mundo]: el Wings de la T2 nos adivinó el humor y tenía lo mismo mojitos que café caliente.

Se acercaba la hora de salir a lo desconocido. Después de las validaciones de pases de abordar y el pesaje de las maletas, vino el momento cursi/complicado de despedirme de mi familia para no verlos en un año más que por computadora y a determinadas horas. No miento, hubo lagrimitas y abrazos muy apretados. Nos subimos a un avioncito de Aeroméxico que nos llevaría a Los Ángeles a hacer la conexión a Narita, uno de los dos aeropuertos de Tokio. Este viaje no tuvo nada de extravagante, lo divertido vino al aterrizar.

LAX (Los Angeles Airport) es bastante grande y además estaba en remodelación, de modo que para poder llegar de donde bajamos (cerca de las 9 de la mañana) a donde teníamos que hacer el chequeo del siguiente pase caminamos por el estacionamiento. Sí, por fuera del edificio. Ahí van no menos de 10 mexicanos ruidosos con tres o cuatro maletas cada uno admirando los edificios y echando mucha bulla.

Llegamos al mostrador de JAL (Japan Airlines). Que sí, que la salida está programada a las 12:55, así que teníamos unas tres horas y media muertas para reflexionar acerca de nuestros planes en Japón. La panza gruñía y tomamos la decisión sencilla y barata: un McDonalds.

Sospecho que nada más de ver una bola de gritones los empleados del MacDo se pusieron un poco a la defensiva, pero cuando enseñamos los billetes verdes se les bajó el pH y aunque tardaron, tuvimos nuestros McTrios en poco tiempo.

Las 12. Y nadie hace nada. Es decir, no nos llamaban para las aduanas o las bandas o cosas de esas. Averiguamos donde estaban las oficinas de JAL en el aeropuerto y resultó que el vuelo venía retrasado... y para como son los japoneses de especiales con la puntualidad estaban verdaderamente apenados; tanto, que pudimos hacer uso de la sala lounge premier de JAL por unas dos horas.

Dos horas en el paraíso, básicamente. Chupamos y comimos fino (es decir, vino blanco, sake, sushi, jamón serrano...) ¡con wifi, tabletas y contactos! Cuando nos vocearon como en la escuela ya algunos íbamos medio incróspidos pero con la emoción de finalmente cruzar el Pacífico no se nos notaba.

Vuelo de doce horas. Con las nachas como aspirina, llegamos cerca de las 7 de la tarde del siguiente día a Narita. Cuales niños en juego de Six Flags, veíamos por las escotillas y hasta la pista era interesante. ¡Ya estábamos en Japón! Sueño cumplido de muchos, "Me acaba de caer el veinte de lo que hice" para otros, "Ya no quiero" de alguno más.

Bajando del avión, tanto el voceo en un idioma que no era inglés o español como ver tanta gente de diferentes lugares del mundo era abrumador, pero traté de no perder la calma y concentrarme en que esto había querido por el suficiente tiempo como para acobardarme ahora.

Fue gente de JICA (la agencia japonesa que nos hospedaría) a recogernos con un miniletrerito. Mandaron a dos japoneses a recoger a 10+ mexicanos. Imaginen el desmadre cuando salida de Dios sabe donde, la euforia hizo que volaran los sombreros de palma, las banderas y las risas nerviosas de todos al saber que a pesar de llevar casi 20 horas de viaje estábamos cada vez más cerca de nuestra casa por el siguiente año...

...o no. El último vuelo (de Narita a Chubu Centrair, el aeropuerto de Nagoya -la primera ciudad donde estaríamos viviendo-) estaba retrasado por un aterrizaje de emergencia, lo que hizo que el vuelo que despegara unas dos horas más tarde, algo como 10:30 de la noche. Pero ya estábamos a hora y media del hogar. Ya ya yaaa.

Máaaas o menos. El vuelo sin complicaciones, pero no contábamos con que como un aeropuerto decente, está MUY fuera de la ciudad; básicamente cruzamos unas cuatro ciudades en camión. Aún cuando afuera estaba estúpidamente oscuro y no entendíamos ni jota de los letreros, quienes no estabámos ya cuajados en el camión veíamos para el frío afuera con una curiosidad de verdadero niño en juguetería. Finalmente, a la una de la mañana dos días después de dejar Mexicalpán, estábamos llegando a las instalaciones de JICA Chubu.

¿Fin? Nel, son japoneses. La costumbre del omotenashi (algo como hospitalidad súper plus) hizo que les diera por ENSEÑARNOS TODAS LAS INSTALACIONES DEL LUGAR (que no es poca cosa) a horas malsanas después de unas 18 horas en avión y una en camión. Tres pisos y unos 30 minutos después, bajamos todos de nuevo a la recepción por nuestras llaves y, ahora sí, a crashear hasta el día siguiente (o las siguientes cinco horas, que el desayuno se sirve a las 7 de la mañana).

Pero ya estábamos en Japón. De aquí a la eternidad.

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Oyendo: The man from U.N.C.L.E. soundtrack - Escape from East Berlin



Todo lo se

Las primeras veces siempre son difíciles, sea lo que sea. A mí, por ejemplo, hacer entrevistas de trabajo me costó mucho ídem por que, como todo en mi vida, llegó de madrazo.

Como en los memes que circulan en la red, "será fácil", decía mi jefe. "Tu nada más invéntate un ejercicio de código y uno de base de datos para ponérselos al chico que vamos a entrevistar mañana que no sea tan básico", decía mi jefe. "Vamos". "VAMOS", decía mi jefe.

La palabra me retumbaba un poco en la cabeza de regreso a la casa, debo confesar. Como sea, estaba lloviendo y al río de coches no se le veía fin, así que entre que me hacía pipí (y no se si de nervios), platicaba con amigos desde el celular y tenía frío le empecé a dar vueltas a dos ejercicios que mostraran, al mismo tiempo, que conoces el lenguaje, tienes lógica e imaginación, sabes algo de lo más nuevo en los frameworks, y capacidad de escuchar el problema completo sin que fuera algo verdaderamente manchado -el amigo a entrevistar debía tener nivel de junior.

Al día siguiente estuve puntual. Un poco sudado de haber corrido para llegar con diez minutos de anticipación, pero todo en orden. Mi jefe no llegaba pero el entrevistado ya estaba ahí con su cara de nervioso tomando con fuerza el folder con su currículum... yo mismo estaba así no hacía 15 días.

Pasé a la sala donde me había confrontado mi ahora jefe y traté de guardar la compostura lo más posible. Después de todo, ¿qué hacía yo ahí? ¿Yo, decidiendo quién quedaba y quién no? ¿Basado en qué? ¿Mis muchos años de estar en estos desmadres? ¿Acaso lo sabía todo, o debía de actual como tal?

Estaba en Babaria cuando llega el jefe. Me saluda, deja su mochila y me pregunta que si estoy listo. Mi pancita decía que no, pero tuve que poner la cara que ponía mi mamá cuando las cosas se ponían color de hormiga y dije muy resoluto "sí, cuando quieras".

Todos hemos sufrido las entrevistas de trabajo. Algunas más que otras (y algunos de nosotros más que otros de ustedes, también). Pero estar del otro lado y saber que tienes que ver desde la actitud del cuerpo con las preguntas hasta la respuesta en sí sin parecer que estás juzgando teniendo poker face todo el tiempo es verdaderamente cansado. Y cruel, sobre todo cuando corriges los ejercicios y ves la cara de frustración y de "¡es verdad!" de la gente.

Ya casi para terminar la entrevista entra el chico de Recursos Humanos con un folder y le hace señas a mi jefe, que sale. Mis 1.62 de estatura dando explicaciones sesudas de por qué el boxing es necesario se estremecieron tantito, pero seguí cual catedrático omnisciente hasta que mi jefe regresa y nos pone atención antes de hacer una pregunta del código y mandarnos a sentar. Ésta entrevista casi se acaba.

¿"Ésta"? : el folder misterioso era de otro chico que había venido ese mismo día a hacer entrevista. Así a la de sin susto.

Total que se va uno y entra otro, como escorts de catálogo (me han contado). Mismo ritual: nos presentamos, pedimos el CV (que ya venía en el folder... ¿por qué hacerlo a uno imprimir doble?), y empezamos con las preguntas de donde habías estudiado el kinder y como te ves de viejito sin dientes antes de pasar a los ejercicios; que como se quedaron en la paredpizarrón ahora la idea era que nos dijera el candidato B qué carajos quiso hacer el candidato A.

¿Más entrevistados? Cómo no, que no se note la pobreza. CUATRO entrevistas de una hora y pedacito, con cinco minutitos de chisme entre entrevistadores acerca de cómo vimos a quien se acaba de ir con cara de susto. No les haré el cuento (más) largo (aún), pero con todos pasó el mismo numerito de "¿cuándo saliste?" "¿cuáles son tus fortalezas?" "¿qué opinas del conflicto del Medio Oriente?" y tal.

Se acabaron los postulantes y viene lo divertido: quién es el rival más fuerte. Pero como fueron muchos, había que escoger a dos.
Entró el mismo chico de RRHH de hace como 20 líneas y empezó a platicar con mi jefe de los tres jóvenes y el señor que acaban de ocupar nuestra mañana. Yo los oía y asentía como Japón me enseñó hasta que me preguntaron "¿y tu qué opinas?". Di mi opinión de A, de B, de D y mejor omitimos a C que a nadie nos cayó bien.

"Ok. ¿Y con quién te quedas?" Reflector sobre Toño.

No se si puse cara de horror, pero sí sentí el impulso de aventarme por la ventana. Yo tenía que decidir que en el equipo de trabajo al menos uno de ellos se quedara y los demás no. Creo que ya no juego a esto, ¡me quiero salir!

Miradas de hambre y cansancio de los dos enfrente de mí.

-"Eh... este... bueno... pues creo que ~ lo hizo muy bien en ~. Si tuviera que elegir [que no quiero >.<] me quedaría con él".
>"Ya estás, y yo con ~ por que ~"
*"Si, a mí también se me hicieron los mejorcitos. Entonces les marco a ellos y luego a los otros dos para decirles que no se quedaron" 
...DE LA MANERA MÁS FRESCA. Lo que hace la costumbre, carajo.

Tres de la tarde, gente. Estamos desde las diez de la mañana haciendo preguntas y yo desde las 7 sin comer. Y no teníamos a la mano ni unas galletitas, carajo.

Pues ya que estamos vestidos y con zapatos, ¿por qué no esperamos a la jefa de Recursos Humanos y nos vamos todos a comer?

A veces se nos olvida que la gente con la que trabajamos son humanos, como con los maestros. Van al cine, tienen hambre, tienen problemas, tienen planes, dicen groserías... y todo eso fue la definición de la plática en la comida con mi jefe y el equipo de Recursos Humanos.
Me enteré, por qué no, antes que nadie de la hora y lugar de la cena de fin de año y los bretes para conseguir el espacio. Que se iban a ir a un concierto la jefa y el jefe junto con otra chica de la oficina. Que las clases de idioma no le entran a Perenganita pero ni por favor.

A mí todo me llega de madrazo, les digo.

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Oyendo: Soul hunter - Friends