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La muerte chiquita

Empecé con dos semanas de intenso dolor de cabeza. Vómito, mareos. Un día me caí y no podía controlar el cuerpo.

Pasó, pude controlarlo. Otro día fui al ensayo y es cuando empezó lo divertido.

Regresé a Tasqueña y fundido en negro. Acto seguido, estaba en una calle desconocida, 11 de la noche, mi papá colgado del celular.

-¿Dónde estás?
-No se. Sé que ahí dice que Cafetales derecho, cuando llegue tomo un taxi.

Resulta ser que estaba en Xochimilco, pero no interesa. Interesa que llegué 12 de la noche a hacerme un café y saqué todas las tazas, le eché agua al azúcar, terrible; me espanté como pocas veces.
Ese mismo sábado fui a consulta de urgencia en el Instituto Nacional de Neurología y ya no salí.

Dos punciones lumbares y treinta mil muestras de sangre (incluyendo una mal hecha) seguía encerrado en 15x15 con 20° sin pelar el ojo y sin un diagnóstico.

Sentí un pánico de morir que no había sentido nunca.

Eso y la angustia de estar en un cuarto aislado junto a gente amarrada a la cama o con meningitis o cisticercosis no es el mejor panorama para nadie.

Pero las cosas dan giros raros. Salió un resultado y no moriré pronto, solo seré un poco más torpe.


Y por la Virgen que me mira, no volveré a pisar el área de Neuroinfecto.

--
Oyendo: Azul oscuro - Zurdok

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