Un beso y una cachetada

El sábado pasado festejamos el cumpleaños de la hermana de Jacobo, uno de mis amigos más queridos. fue en un bar de Insurgentes y entre los invitados Jacobo llevó a un amigo del trabajo, que a su vez llevó a un amigo suyo.

Este amigo del amigo de mi amigo (parece de comercial) me gustó un poco, pero al mismo tiempo (cosa rara) me parecía familiar, pero no sabía por qué.
Ojos café claro profundo y penetrantes pero melancólicos, actitud misteriosa y muy reservada, nariz grande y boca de pato (de las que me gustan), manos grandes y protectoras...era, era...

...era muy parecido a Hugo, mi primer ex. Hugo, ése que hizo mutis por la izquierda de una forma rarísima y cruel para alguien que decía estar enamorado de mi.

El cómo, cuando y dónde ya lo discutí en otra ocasión (creo) en Oishiisama y no vale la pena volverlo a hacer. Lo que sí es que en el bar, con éste chico al lado, después de una semana pesadita, una pelea con Carlos (si... otra), "Te quedó grande la yegua", "Antología" y "November Rain" juntas y tres desarmadores (vodka con jugo de naranja), empecé a aflojar el cuerpecito tropical y a ponerme si bien no triste, sí un poco melancólico.

El asunto de Hugo lo tengo ya bien resuelto (lo que significa que lo recuerdo bien pero ya no me provoca nada), pero cuando una historia como la mía se corta de tajo, siempre quedan cosas por hacer, por decir y por sentir.

Por ahí escuché que en realidad no hay ciclos que falten por cerrarse, si no personas que se niegan a aceptar que ya fue. Sin embargo, creo que a mi sí me faltó cerrar el ciclo de Hugo. Me quedé con ganas de tantas cosas... desde seguir dibujando en la pared de su cuarto (creo que todavía conserva lo que hice) hasta mentarle la madre por simplemente desaparecer y querer reaparecer de la nada años después.

Pero bien puedo resumir todo lo que quiero en dos cosas: Darle un beso largo, profundo, con todo el sentimiento que le tenía, y luego darle un cachetadón que se le quede marcado mucho tiempo, que le recuerde lo que me hizo y le muestre quién soy y lo que dejó atrás cuando nos dijimos lo que nos dijimos.

Quizá un día le llame y le haga la maldad. ¿Por qué no? Ver su cara no tendría precio...aunque tampoco tendría madre. Naaah, mejor no le damos el gusto de verme y dejamos que siga pensando que soy inalcanzable.

Me gasto, ¿eh? Así que gócenme.


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Oyendo: Ástor Piazzola - Lo que vendrá



La importancia de ver pa fuera

Estoy casi en las nubes. Salí del proyecto Ringu, en el equipo de trabajo del proyecto está Liz, mi antigua jefa y ya nos conocemos, nos llevamos bien todos en el equipo, voy a estar programando (que me gusta bastante) aunque no se mucho (y entonces voy a aprender), estoy en las oficinas de Xola que me quedan a una hora de la casa y a 15 minutos del ensayo, tengo un lugar propio y privado para mí... todo muy padre. Pero no hay ventanas.

Este cuartito (por que sí es un cuartito) está exactamente a la mitad del edificio, entre tres salas más grandes que sí dan a la calle y las escaleras; entonces además de los muebles y los gabinetes que hay de un lado de la sala sólo hay paredes blancas. Sólo hay UN cuadro que da la nota de color, y en la pared de enfrente hay un rotafolio con anotaciones en rojo. Ah, y la puerta color madera. Tanto blanco es energetizante, pero demasiado tenso. Entre la pantalla y las paredes acaba uno muy semaforeado.

Pero no es ése el punto. Yo desde siempre he sido el fan número 1 de la luz del sol (si en parte es por que soy friolento o no, esa es harina de otro costal) y a donde llego trato de ponerme cerca de una ventana o de algo que dé hacia la calle pues ver hacia afuera me tranquiliza. Con todo y que esté lloviendo a cántaros, o que en Tlalpan haya habido un accidente y los coches estén parados lanzando mentadas con el claxon, o cuando el aire sopla tan fuerte que cimbra los vidrios, si me canso de estar pegado a la pantalla de la computadora volteo a ver para afuera 5 minutitos, respiro hondo y sigo con lo mío.

En parte pudiera ser aspiracional. Estar en una oficina 10 horas al día 5 días a la semana es estar MUCHO tiempo encerrado mientras la vida sucede allá afuera. Ver lo que sucede en la calle es una manera de escapar al encierro, pero de todas maneras siempre me gustó ver hacia afuera por la ventana.

Como dato curioso (e inútil) con todo y que las oficinas donde estaba no me gustan, estaba pegado a un ventanal que abarcaba toda la pared con vista hacia Polanco/Toreo y en días claros de mucho aire, se podía ver (pequeñita, pero se podía ver) la Basílica de Guadalupe. El edificio está pegado a Periférico y a unos 700 metros está una primaria de muchos alumnos, y por ende mucho movimiento. Me tranquilizaba bastante viendo tanta ciudad cambiar de ánimos y de colores conforme pasaba el día, incluso en los que más trabajo tenía. Incluso en el Proyecto Ringu tenía la ventana atrás de mí, y me hacía más llevadero el día. Pero acá no, y me siento como león enjaulado, con todo y que estoy a gusto con las actividades y con el proyecto.

Por eso, aunque traigo comida y como aquí, diario salgo a caminar aunque sea unos 20 minutos para ver de qué cosas emocionantes de la vida del mundo exterior me estoy perdiendo mientras hago documentos y programas encerrado en mi jaula de oro (que no deja de ser prisión).


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Oyendo: Darren Hayes - Insatiable