Tokio - primera visita... parte uno

¡Ay ay! Ya se que no he estado aquí en un rato, pero entre que doy clases, tomo clases y salvo a mi oficina apenas puedo dormir. Sus Mercedes sabrán disimular.

Regresemos en el tiempo y volvamos a Nagoya. No mucho, tampoco es manda. Solo que los dos viajes que hice a Tokio empezaron igual: noche muy noche y en Nagoya eki.
Noche, les digo, por que compramos el bus barato (夜行バス - bus nocturno) que además tenía otra ventaja: podía uno dormir todo el viaje a aparecer como teletransportado en la gran Capital del Este -significado de Tokio-.

En teoría, al menos. No me quejo de las carreteras, son básicamente perfectas... pero el autobús está hecho para mini japoneses, que ya es mucho decir. Si yo no cabía, imagínense el chico que mide 1.80 para todos lados.
Como sea, hicimos dos paradas en igual número de autostops que ya quisieran los centros comerciales de mi país: comida recién hecha, tienda de recuerditos, BAÑO, tienda de conveniencia... todo para el viajero pues. El frío de las 2 y 4 de la mañana y la fila enorme para el baño y la adquisición de víveres no impidió que le sacara foto a los dos centros comerciales. 15 minutos exactitos después (en ambas ocasiones) el autobús regresaba a la gran mancha negra del camino nocturno.

6 de la mañana, como pinche reloj suizo, arribamos a Shinjuku, no importando que fuera esta visita que les narro hoy o en la de la Golden week, que será después. Por ahora veamos qué pasó en la primera vez.

El itinerario ya estaba hecho por la guía del viaje (la misma amiga de Ise) y el entourage -otras dos chicas y cuatro chicos- solo decíamos que sí. No es malo, si no lo hubiéramos hecho probablemente no hubiéramos visto ni la tercera parte.

El punto número uno de la agenda era desayunar. El número dos dejar las mochilas en los lockers de la estación de Shinjuku y el tres, visitar la torre de Tokio.

Así pasó. En uno de los pasillos de Shinjuku eki nos encontramos un Burger King con un gerente que no se veía así japonesoso. Todos teníamos curiosidad pero el único que se atrevió a preguntar fui yo. El chico era de Nepal. Sí, NEPAL. Podría haber sido sherpa pero es gerente de un Burger King. Pasado el choc, y con una hamburguesa en la panza, dejamos las mochilas en la estación para la mitad del día. Ojo aquí, pasa como en el sistema de paquetería personal de los supermercados: metes tu bulto, cierras la puerta, metes tu moneda (500 yenes, creo), das la vuelta a la llave y listo. Algo súper sencillo, con poca probabilidad de equivocarse.

Vimos la torre de Tokio por abajo (a las 7:30 de la mañana en puente está muy muy difícil que esté abierta al público), y no habiendo mucho más que hacer encaminamos nuestros pasos al museo de Ghibli, con el boleto que habíamos comprado con un mes de anticipación. Si hacen cuentas, fue casi lo primero que hicimos al llegar a Japón (esto de planear viajes por adelantado no deja nada bueno, como verán en la segunda vuelta a Tokio).

El museo de Ghibli es todo lo que uno se puede imaginar y un poquito más: bocetos a mano, construcciones steampunk para niños, un Nekobus/trampolín para suertudos chilpayates (no dejaban subir adultos pero, sospecho que por presión de la concurrencia, ya pusieron uno para gente más grandecita) y una terraza jardín ambientada como Laputa. Incluso un pequeño cine que proyecta cortos exclusivos de 15 minutos.

Con una sonrisota como de Totoro regresamos por las mochilas para irlas a dejar al hotel cápsula (que, adivinaron, ya estaba apartado). Llave, moneda, mochila. Simple, ¿no?

No: una mochila no estaba. El locker estaba cerrado y regresó la moneda pero no había mochila. La dueña se puso blanca, que ya es bastante decir.

Momento de tensión. Pausa dramática. Duelo de miradas como en telenovela. De repente, a un lado de los casilleros, letrero salvaje reza "Para ayuda con los lockers, llame a este número: XXXXXXX". Miradas en Toño.

Ya teníamos celular, desde Nagoya. Llamo, hago la voz lo más clara posible y del otro lado de la línea entienden que hablan con un extranjero nervioso. Me dice el viejito: "No te alejes, va alguien en diez minutos" y agradezco colgando. Diez minutos después (juro que cronometrados), un señor con kepí se aparece ante el grupo de preocupados mexicanos a preguntar qué había pasado. Miradas en Toño de nuevo, junto con la guía.

Entre los dos le dijimos lo que había pasado y el señor, con toda la experiencia del mundo, se las huele: abre el locker de abajo, y...

-¡MI MOCHILA!

Después de la vergüenza internacional, llené un formato con el parte, la descripción de los hechos, firmé de enterado y nos fuimos todos con la cara roja de pena.

Kinshicho inn es un hotel cápsula donde los dependientes hablan un inglés un poco más fluido que el resto de japoneses -lo cual me explicó cómo no fui requerido para encontrarlo. Cosa rara, por que de Kinshicho (錦糸町 - el nombre del barrio) se habla en Tokio como hablamos de la colonia Doctores o la Bondojito en la Ciudad de México: peligroso, viejo, descuidado. Pero al mismo tiempo, está a 15 minutos caminando de la Tokyo Skytree, la torre de telecomunicaciones/mirador/mall más nueva de Tokio. Como si la Torre Mayor estuviera a 10 minutos caminando de Tepito, pues.

Confirmamos la reservación, dejamos las mochilas, y caminamos a conocer la torre más alta del mundo. Subimos al mirador de abajo (nomás el piso 350) por que al de arriba (¡piso 450!) se cobraba más caro. Fotos, fotos, más fotos y haaarto souvenir después nos dieron las 10 de la noche, y el día siguiente empezaba a las 6 de la mañana... decidimos bajar y comer lo que fuera (si la memoria no me falla, fue algo de un konbini) y regresamos al hotel.

Los nenes con los nenes y las nenas con las nenas, como decía Chico Ché. Pisos diferentes para cada mitad del grupo, pues. Caminando hacia mi capsulita con tele integrada venía platicando en español con los chicos acerca de la logística del día siguiente -baño, desayuno, metro etc.- y cuando me despido escucho una voz en un español chistoso que no era parte del grupo:

-Te escuché hablando español.

Ubico la voz, y MADRE DE KAMISAMA. Venía de un encuerado (con la sábana estratégicamente puesta), de pelo negro chino, ojos azules y unos brazos en los que, calculo, sí cabía sin problemas. EN LA CÁPSULA FRENTE A MÍ. Se me fue el habla tres segundos pero respondí muy resuelto que sí, que veníamos de México. El de ojos azules es de madre mexicana pero el es del norte de Europa (Noruega, si no me equivoco) y viaja frecuentemente a México a ver a su familia, aunque ahora andaba de soul searching en Asia, súper casual. Intercambiamos cuentas de Facebook, quedamos en ir por cervezas en algún momento y me fui a dormir con un "WTF" escrito en fosforescente en la frente.

[No, ya no lo tengo. Tristemente, nunca hablamos.]

Todo esto, en el día uno. Prometo tratar de darme más tiempo para dar los pormenores de los otros dos días... aunque de aquí a diciembre me hundiré en trabajo, seguro. Ay.

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Oyendo: Gustavo Cerati - Artefacto