La gata voladora

~Prólogo~

Desde que nos cambiamos a donde vivimos ahora, mi gata no había salido de la casa por que todavía no se había acostumbrado al cambio. Pero un martes que llegué de trabajar, hace ya como un mes, algo le llamó la atención de afuera y tan pronto abrí la puerta se salió. Digo, es bueno, así checaba el nuevo edificio, a los “chicos de la cuadra” y reconocía su nuevo territorio.

Siendo francos, no nos acordamos que la gata estaba fuera (siempre había estado adentro desde que llegamos, repito) y nos fuimos a acostar. A la mañana siguiente cuando no vimos a la bola de pelos nos cayó el veinte, pero como no era raro que la gata durara la noche fuera no le dimos importancia.

Pero en la noche que llegué pasó algo raro: Un gato negro que ya habíamos visto estaba en la puerta de la casa, y más que querer entrar o querer comida, me maullaba y se me quedaba viendo. En ese entonces pensé que sólo me quería hacer enojar, pero ahora creo que me estaba tratando de llamar la atención. Como sea, lo corrí a gritos (se trae pleito casado con mi Gordita) y no bien me metí a la casa me preguntaron por la todavía desaparecida gata. Ahí ya me empezaron a dar ñáñaras, pues ella todavía no conocía bien a los gatos que hay por ahí y como son territoriales se pueden poner muy agresivos.

De cualquier manera hice mis cosas y así pasó esa noche y otro día más. Sí, pensaba en la gata pero no estaba tan angustiado, de todas maneras tendría que regresar y para eso siempre se había pintado sola, como la primera vez que salió: Se perdió dos semanas y regresó con seis gatos en la panza.

No se con qué soñaba, pero un maullido conocido me despertó en viernes a las 5 de la mañana. Como todavía estaba medio dormido, me paré lo más en friega que pude a abrir la puerta, pero mi gata no estaba ahí. Pensé que lo había soñado, o que mi gata se había desesperado e ido y regresé refunfuñando a la cama, pero volví a oír a mi gata maullar un poco desesperada (y ya más despierto, la ubiqué más lejos), y ahora yo le devolví el maullido (desde que era chiquita se acostumbró a tener unos sesudos diálogos con nosotros a base de puros “ñá”). Ella maulló de nuevo, y yo se lo regresé hasta que la ubiqué bien… a la mitad de un árbol atrás de mi edificio.

¿Cuánto tiempo llevaría ahí? No se, pero cuando menos dos días era seguro. Sin comer, sin dormir y sin manera de bajarse, ya sus últimos maullidos de auxilio se oían muy desesperados. Fui a despertar a mi papá (sí, como a las 6) para decirle dónde estaba la gata y aunque descansó un poco (pues aunque no se vea también a él le preocupaba), de todas maneras como que no me creía que la gata estaba a la mitad del árbol hasta que la oyó maullar con sus propios oídos. Mi papá me prometió que haría lo posible para bajarla cuando fuera una hora decente, y me dejó en mi cuarto para dormir la hora que me faltaba. Pero como la gata ya nos había oído, estaba maullando muy desesperada algo que quizá en lenguaje gatuno era un SOS; el caso es que con la gata maullando en mi ventana y yo sin poder hacer nada estaba muy inquieto y no me podía dormir, entonces me fui a hacer bolita al cuarto de mi papá un ratito, y cuando dio la hora mi hermano y yo nos preparamos para el trabajo y nos despedimos de mi papá, recordándole que tenía una gata trepadora medio mensa en el árbol de atrás del edificio.

Lo que sigue, so pena de decirle mentiroso a mi papá, pasó tal cual lo relato aquí.



Por ahí de las 8:30 mi papá llamó a la subestación de la policía de mi colonia y le explicó a la operadora cómo estaba el asunto. Ella dijo “Sí, no se preocupe, enseguida le mandamos a la patrulla 060 para ayudarle”, se dieron las gracias y colgaron. Muy cordial y muy fácil todo hasta el momento. Mi papá se vistió para bajar a ayudar con lo que hiciera falta y esperó a la patrulla, sin saber que la mañana sería de lo más cómica.

La patrulla 060 llegó a los cinco minutos, pero no llegó sola: Atrás de ella venía la 061, y ambas traían dos oficiales además de la conductora. ¿Seis policías para bajar un gato?

No: Seis policías respondiendo a un llamado para verificar un cadáver en mi departamento. Bajó mi papá a recibirlos y se lo informaron con la precaución de quienes están viendo a un posible familiar (o matón) de una víctima. Mi papá juró y juró que no era un muerto, que era una gata en un árbol pero aún así los polis tenían que verificar la información. Y ahí van, cuatro policías con la pistola lista como en serie gabacha para cualquier emergencia a mi departamento en el tercer piso, por un muerto que no existía. Abajo, las dos polis estaban en las patrullas para servir de refuerzo.

Papá: En serio, no reporté ningún muerto, sino a mi gata en el árbol de atrás, pero revisen mi casa si quieren.
Poli: Entenderá que tenemos que revisar, señor, nosotros recibimos una llamada con ese reporte.
- Si, claro, pásenle, pero el único muerto que van a encontrar es éste de aquí (y les señala un mosquito aplastado en la pared de la entrada)

Ellos se le quedan viendo al mosquito (¡real!), pasan, revisan los cuartos, ven el baño, la cocina y no ven nada. Pero…

- Oiga mi don, huele a zacate… ¿No le quemarán las patitas al diablo, verdad?
- (Riéndose entre dientes) Ay no, mi poli, es el repelente de mosquitos que usamos; mire, ahí está la espiral.
- Ah, sí, es eso. Bueno jefe, gracias, no encontramos nada.
- Pues sí, yo decía, pero bueeh...
- (Al radio) Falsa alarma, falsa alarma, no se encontró al cadáver del occiso, ahora procederemos al rescate del felino.

Como pudo, mi papá se aguantó la risa ante el occiso y el felino y se llevó a los seis policías a la base del árbol donde estaba la gata, a un lado del árbol que nos tiró las ventanas. Junto con ellos llegaron los bomberos, que la vecina de debajo de nosotros había llamado para que bajaran al gato que no la había dejado dormir. Vaya cosa: Mi gata era famosa ahora, aunque no se si a mí me gustaría esa fama.

Total que ya estaban ahí juntos la vecina, mi papá, los seis policías y cuatro bomberos con sus trajes de lana gruesa viendo al árbol e ingeniándoselas para poder bajar a mi gata. La primera idea fue sacarla del árbol por arriba, es decir, subirse a la azotea e intentar llegar a la gata desde ahí. Subieron mi papá y un policía (los bomberos ni se movieron, al fin que la policía ya estaba ahí) y vieron que no iba a ser fácil, entonces bajaron para ver si había alguna otra opción.

Desde luego, para esas horas (como las nueve), con la policía y los bomberos en medio de un andador, ya estaban los vecinos de mi edificio, del de al lado y los de las casas asomados a las ventanas como la familia Burrón, adivinando (supongo) de qué se trataba este lío.

Bajaron pues mi papá y el poli a hacer consenso. En vista de que los bomberos NO se quisieron mover ni para sacar una escalera para subirse al árbol, los polis tuvieron que improvisar. Uno de ellos, morenito y con cara de brodi, aplicó la más básica: Se quitó el gorro, la casaca y el cinturón con la pistola y con la habilidad que le da la genética en menos de dos minutos se trepó al árbol hasta acercarse a mi gata lo más posible. Pero no pudo: El árbol ya está muy viejo y tenía muchas ramas secas, que no dejaban que el poli avanzara. Pero ya que estaba el allá arriba, otro de los oficiales que perseguían al cadáver del occiso (bajito, gordito, muy blanco y en fin, chistoso) que andaba echando desmadre desde hace rato, le estaba gritando al que estaba arriba “¡Órale brodi! ¡Bájate unoj cocoj pué!” y cosas de esas que hacían que todo mundo (mirones incluidos) se estuvieran riendo, menos el que estaba trepado.

Un vecino muy amable (chismoso, pero amable) le gritó al poli, y éste bajó por un machete que el vecino le prestó para hacerle al Indiana Jones. Toma dos: Ahí va el poli para arriba y a machetazo limpio tiró las ramas que no lo dejaban seguir, pero ya cuando tenía a mi gata al alcance, diva como es la Gorda se hizo para atrás en la rama en la que estaba, y ésta empezó a crujir.

Como la gata se puso reina y no se dejaba alcanzar, además de que si el poli seguía los dos iban a azotar como changos viejos, el brodi les pidió (espero que con un grito) a los bomberos que le armaran una pértiga. Y ahí van los bomberos (¡por fin!) corriendo al camión para armar la pértiga y dársela para bajar a mi gata. Ni modo: la gata tenía que volar.

Mi papá se quitó la camisa y la agarró a modo de sábana para cachar a la bola de pelos trepadores. El poli toma la pértiga, le mide, se prepara, pone la punta de la pértiga en la panza de la gata y… pa’ arriba.

Sale mi gata disparada con un “¡ñáaaaa!” muy sonoro y ya de caída, en la mejor imitación de Scrat de la Era del Hielo, abre las patitas y pela los ojos, como gritando “¡Echen pajaaaaaa!”.


Scrat o mi gorda cayendo del árbol



Pero mi papá que es muy hábil, le calcula, le calcula, le calcula y… ¡paf! le atina a mi gata, que con la bola de pelos y la velocidad pesa más de lo que él hubiera creído, y entonces la camisa con la gata llegan al suelo donde ella, antes de que otra cosa sucediera (no vaya a ser), sale corriendo espantadísima mientras los policías, los bomberos, mi papá y todos los vecinos aplauden y gritan que mi gata ya está abajo, confirmando que mi gata era famosa y ahora hasta fans tiene.

Y dado que la gata salió del árbol por los aires, el poli chaparrito se agarró a una de las oficiales y empezó a bailar y a cantar “¡El gato volador! ¡El gato volador!” mientras todos seguían aplaudiendo y comentando, sólo que el poli no se fijó… y pisó caca de perro con el talón en una vuelta con la poli.

Cuando se dio cuenta, él se doblaba de risa pero ella no; más bien se puso verde, morada y azul (digo, sigue siendo humana y por lo que se ve medio asquerosa) mientras se aguantaba las ganas de volver el estómago intentando decirle al oficial gordito “Tu así no te subes a la patrrrrb, a la patrrrrrb, a la… a la” lo que hacía que el poli se riera aún más. Con todo y su risa la oficial mandó al poli a lavarse la bota, y ahí va él a tomar una de las ramitas caídas del árbol y a quitarse la bota y lavarla con la ramita en la toma de agua más cercana, obviamente todavía con la cara roja de la risa.

Bueno, este jolgorio se había acabado. Mi papá se puso la camisa, el poli se puso su bota y los vecinos-fans regresaron a sus actividades. Ya todos se estaban despidiendo con las cortesías de siempre, cuando de repente se oye una voz igual de desesperada que mi gata en la cima del árbol (yo supongo que con marcado acento acapulqueño):

- ¡No sean cabrones, échenme una escalera!

Sí amiguitos: Nuestro poli bajacocos había estado arriba sin poderse bajar todo este pedazo de historia, viendo la fiesta y todo el griterío desde arriba del árbol. Cómo es que la primera vez se pudo bajar y la segunda no, va más allá de mi entendimiento.

Fueron los bomberos por la escalera y se la pusieron al oficial para que se pudiera bajar. El recíen bajado regresó el machete, los bomberos desarmaron la pértiga y, tan contentos, se fueron después de casi no ayudar en nada. Mientras el brodi se acababa de vestir, mi papá les agradeció y preguntó si por todo este show cómico-mágico-musical involuntario se les iba a dar algo de lana, pero los policías, muy honrados, dijeron que no pues ése era su trabajo, ayudar a los vecinos. Con todo y que la oficial seguía gritando “¡ASÍ NO TE VAS A SUBIR, YA TE LO DIJE!”, los policías se encaminaron al rondín de la mañana cerca de las 10. Y esto, que parecía sacado de alguna muy bizarra película, se había acabado.


~Epílogo~

Mi papá habló al poco ratito a la subestación para reportar y agradecer la asistencia de los policías:

- …muchas gracias señorita, todo salió bien, les agradezco mucho.
- Qué bien señor. ¿Hubo algún incidente o contratiempo?
- No señorita, ninguno. O bueno, sí: Los policías que me auxiliaron llegaron con un reporte de un muerto en mi casa. ¿Usted sabe algo?
- Ay no señor, no: Yo les pasé el reporte de su gato, pero nadie ha reportado un deceso, al menos que yo sepa.
- …bueno, pues ni hablar. Gracias de nuevo, que tenga un buen día.
- Para servirle señor, hasta luego.

La gata regresó a las dos horas maullando como de costumbre, con un rasguño en la nariz que ya estaba cicatrizando y flaca flaca de no haber comido nada. Así como entró, fue directo sobre sus Whiskas, comió como por ocho y se fue a su rinconcito favorito (debajo de la colcha de mi papá, justo donde da el sol) a dormir, mientras mi papá bajaba a la tienda. ¿Adivinen con quienes se encontró?

Sí: los seis estaban en un pequeño break de desayuno y lo saludaron con una sonrisota, preguntando por la gata. Mi papá les dio razón, y además les puso para un refrescote, que era lo menos que podía haber hecho dado el solazo que hacía y después de que hicieron malabares para bajar a un gato de un árbol. Y así fue como una gata peluda de Villa Coapa voló desde lo alto de un árbol, con testigos, y vivió para contarlo.

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Oyendo: Mando Diao - Gloria