Viernes: ¡No me quiero ir!

Tan pronto como me vieron todos en el lobby mientras hacíamos fila para el check-out, me preguntaron que a dónde había ido en la noche que no estaba en el cuarto. No mentí, pero no dije la verdad completa: simplemente “salí a buscar algún lugar cerca del centro”. Ellos me buscaban para irnos a cenar al Santo Coyote, un lugar que Mario el gerente llevaba toda la semana insistiendo que deberíamos conocer. Parece que les fue muy bien en la cena (que el lugar está precioso, que la comida es buena), pero que les fue mucho mejor en su última noche de juer... perdón, estancia en Guadalajara, aunque eso significara que llegaron de madrugada, para variar. Uno de ellos incluso ligó.

Siendo un hotel business class, la mayor parte de los hospedados viajan entre semana y el viernes salen de regreso a sus lugares de origen, así que la fila para el check-out era algo larga. Dejamos las maletas encargadas y llegamos a la promotoría a las 10.

Con todo profesionalismo, llegamos a fregarle y acabar para la presentación de los avances que sería a mediodía, antes de que saliéramos (los viernes sólo se trabaja hasta las 3). Ya desde entonces César (uno de los nocturnos habituales) no se resignaba a irse y se movilizó audazmente para ver cómo se podía quedar. La diosa Fortuna miró en ese momento a donde estábamos nosotros con tanto amor que no sólo había boletos disponibles para el sábado o domingo, sino que además la diferencia era de sólo $400 y uno de los del proyecto que fueron a cenar con nosotros el martes le ofreció poderse quedar en su cuarto sin problemas. No saltó de alegría sólo porque está luxado del pie, pero aún así no se animaba a quedarse a seguir la fiesta solo, quería que alguien lo acompañara y aunque todos estaban (estábamos) dispuestos, o nos alcanzaba el presupuesto o ya teníamos cosas planeadas. Sólo Rolando empezó también a barajar la posibilidad de quedarse.

Antes de la presentación hicimos un break para votar democráticamente a dónde íbamos a ir a comer nuestro último día. Las opciones eran El Chololo, el Santo Coyote o uno que no habíamos visitado: El Farallón de Tepic, en Zapopan y donde (nos contaron) hacían un pescado zarandeado muy bueno. En una votación cerrada, ganó el Farallón por un voto. Una vez acabada la presentación, nos despedimos de todos amablemente y salimos voladísimos pues en teoría acabando de comer visitaríamos el centro para comprar los souvenirs necesarios para los parientes.

Nos metimos en taxis y nos lanzamos al tráfico. No mucho (no es el DF, repito), pero sustancioso. De camino hacia allá pudimos pasar por la glorieta de la Minerva, y fue, de hecho, el segundo día que la vi y el primero tan cerca. Rodeada de una fuente, y dándole la espalda a la ciudad de Guadalajara, no es la escultura monumental que me imaginaba, de hecho es chiquita, pero de una expresividad y una fortaleza tal que no podía dejar de mirarla. Juraría que en momento de peligro, cual estatua de ánime se movería y tomaría la iniciativa para repeler al enemigo.

Después de un rodeo enorme, llegamos al Farallón, y el equipo aterrizó en blandito: Como todo buen restaurante de mariscos, tienen una hielera con ampolletitas de cerveza en la entrada para esperar tu turno mientras se desocupa una mesa. La fila era tan larga (y ellos tan sacrificados) que cada uno de ellos se acabó dos cervezas antes de poder sentarnos.

Por fin alcanzamos mesa. El lugar es ameno, espacioso y con iluminación natural pues los techos son altos y tienen tragaluces bien ubicados. Adornado como una chocita costera, tiene una tarima pequeñita donde se subió a tocar un grupo a medio camino entre mariachi y grupo norteño, cantando igual El Gustito que Cielo Rojo. Los meseros estaban más o menos (eso sí, todos de menos de 26 años) pero sobre todo uno de los de la barra tenía una carita de ángel preciosa. Como ya estaban todos encarrerados pidieron más chelas (esta vez micheladas) y yo pedí una Coca. Jorge me intentó picar la cresta diciéndome que nunca me había visto con una cerveza y que así “cuando me iba a integrar al grupo”. Yo nomás me reí y le dije que no me gusta la cerveza, sólo michelada y eso muuuuy de vez en cuando. Me apuró a pedir una pero me negué y ya no me volvió a decir nada por el momento.

Después del caldito rico de camarón que dan como aperitivo, pedimos varias cosas sin saber que aquí los platos están BIEN servidos. Yo en lo particular pedí una empanada de queso, una tostada de cebiche de pescado (que resultaron ser dos, y como montañas) y todos pedimos el tan mentado pescado zarandeado, que resultaron ser 30 cm. de pura carne cocinada como a la leña con especias y sin espinas, que estaba DE-LI-CIO-SA. Sólo dejé la mitad de una de las tostadas, pero el gusto de acabarme ese magnífico pescado no me lo quitó nadie. Parece que a los de más les gustó igual porque hubo quien incluso pidió una empanada más.

Íbamos acabando de comer y mientras escuchábamos al grupo se acercó una chica a repartir unos boletitos quesque para la rifa de un viaje. Y con ese pretexto nos quedamos un rato más. Del centro, ni quien se acordara.

Y aunque de verdad estábamos pasando un muy buen rato, con el pretexto a la mano vino más alcohol y los ánimos se pusieron más risueños. Llegó más cerveza y tequilas derechos. Yo pedí, sólo hasta entonces y por primera vez en el viaje, algo de tomar: un anís como digestivo. Brindé con ellos (“ya era justo”, me dijeron) y le puse atención a Pedro, que le estaba dando una clase de cata de tequilas a Liz, mientras los demás estaban risa y risa viendo a las muchachas y llorando porque ese día en la noche nos tendríamos que ir.

Como si no estuviéramos lo suficientemente contentos, la chava de la rifa llegó anunciando los boletos ganadores. Yo tenía el 94 y el boleto ganador fue… ¡el 93!. Rolando, a mi izquierda. Todos le aplaudimos, y mientras le explicaban cómo estaban las bases del viaje, pedimos otra ronda más de alcohol; ésta vez pedí un Midori pues tanto pescado zarandeado todavía me zarandeaba las tripas.

¿Más alcohol? Cómo no, más alcohol, cortesía del feliz poseedor de un viaje para dos adultos y dos niños a una bonita playa de México. Yo ya no quise, pero como ellos estaban bien animados pidieron la última ronda antes de irnos. Para éstas alturas César ya estaba llamando para hacer el cambio de avión, Rolando estaba todavía meditándolo pero más convencido que nada, Mario el gerente estaba contando chistes (malísimos, por cierto) y Jorge quería alcanzar a brindar conmigo con su minicopita de tequila al otro lado de la mesa. Llegó la cuenta, y entre la comida y la ronda que puso Rolando, se les cayó el sistema y nos trajeron DOS cuentas diferentes. ¡A una mesa de ingenieros!
Pedimos una calculadora y mientras unos hacían las cuentas mentales otro me iba dictando los conceptos, uno revisaba que estuvieran las cuentas iguales y alguien por ahí sacó su celular. Los meseros sólo se pusieron rojos y se nos quedaban viendo con cara de “qué bola de freaks”.

Corroboramos la cuenta, y para compensarnos adivinen qué nos mandaron…

…ésta vez pedí un Frangelico, y los demás tequila. Pero al final, Mario ya no podía con su último shot de reposado y le entré al quite, igual que con Jorge y su copita de tequila blanco, que cuando me tomé de tres tragos me puso una sonrisa sumamente extraña entre de maldad y de complacencia. Después del momento súper alegre nos entristecimos todos porque ya nos íbamos de Guadalajara, pero al final nos levantamos y salimos del restaurant.

Afortunadamente, yo metabolizo bien el alcohol, y bastante rápido. En diez minutos fui dos veces al baño y deseché lo más que pude, pero Anís + Licor de melón + Licor de almendras + Tequila blanco + Tequila reposado + Taxi de regreso al hotel con el tiempo encima no son una buena combinación ni para la cabeza ni para el estómago. No salí brother de ninguno de los del equipo pero sí me sentía mucho más relajado y más risueño aunque con un ardor fuerte de panza.

Después de las cuatro horas que duramos en El Farallón, ya no había tiempo de ir al centro (benditas escapadas) y de hecho, íbamos sobre el tiempo de llegar al hotel por las maletas e ir al aeropuerto. César nos acompañó para recoger su nuevo pase de abordar en el aeropuerto pero Rolando se desapareció, así que todos supusimos que 1) O se había ido a encadenar a la Minerva o 2) Fue a recoger su pase a otro lado, pero parecía inevitable que se quedara en Guadalajara. Le deseamos suerte a César (con un pie lastimado, la iba a necesitar para que no lo dañaran en los antros) y nosotros nos metimos a la sala de espera a, uh, esperar que llegara nuestro vuelo. Creo que todos hicimos uso de nuestra entereza para que no se dieran cuenta de todo lo que habíamos tomado, y se la creyeron. Todavía en la zona duty-free del aeropuerto estuvimos haciendo el último intento de comprar los encargos, pero a decir verdad, lo poco que había estaba feo y caro.

El avión venía retrasado, y en el DF estaba cayendo un aguacerazo. Alguien no quería que nos fuéramos, pero ni modo: Nos estaban esperando en Chilangolandia. Nos cambiaron a otra puerta y a pocos minutos de empezar a abordar, apareció Rolando. Resulta que había ido a resolver “un asuntito” a otro lado y quedó con César de hablarse para ver lo del cambio de vuelo, con tan mala suerte que (lo que no pasó en toda la semana) le agarró el tráfico y además se le acabó la pila del celular. Resignado y con la cola entre las patas, hizo fila con todos nosotros para abordar el avión.

Una vez más corrí con suerte: el asiento de ventanilla de mi lado estaba desocupado y me pude sentar ahí para ver para afuera durante el vuelo.

Volar de noche es muy interesante: Se puede ver el trazado de las ciudades o los pueblos y con la luz uno se da cuenta de lo grandes o lo chicas que son. Guadalajara, por ejemplo, es una ciudad no tan grande de noche y desde las alturas: se veía una mancha amarilla bastante más grande que el resto de las lucecitas alrededor.

El despegue no tuvo mayor incidente, pero con tanto alcohol, a la hora de levantar el vuelo se me bajó la presión al grado de que me hormigueaban las manos. MORÍA por una Coca, pero las azafatas se tardaron horas en empezar a servir. Cuando al fin me tocó a mí, me sirvieron un minivasito y además me dieron… una bolsa de cacahuates. No tenía muchas opciones y me los comí esperando que la grasa que tienen me alivianara un poco el dolor de cabeza.

Sí lo hizo, pero vino la parte divertida del vuelo: Llegamos a la Ciudad de México. Desde el aire, se ve como una GRAN sábana de luces amarillas que –literalmente- domina el horizonte. O lo dominaba, hasta que entramos a la nube de lluvia que nos dijeron que había, y todo se hizo gris, frío y turbulento. No fue mucho lo que duramos dentro, pero de todas maneras es admirable cómo un piloto puede empezar a descender el avión de noche y dentro de una nube.

La Ciudad se veía cada vez más grande. Entramos por el norte, pasamos a un lado del cerro del Chiquihuite y nos fuimos acercando al WTC; dimos vuelta a la izquierda, vimos Insurgentes con su interminable fila de autos y luego la torre de Mexicana. Seguíamos bajando, cruzamos Tlalpan y un poco después, TAPO; las casas ya se veían cada vez más cerca. Seguíamos bajando y cuando el avión se enfiló para la pista de aterrizaje juro que recé para que no cayéramos encima de alguna de las casas que rodean el aeropuerto: la última de ellas estaba a menos de 50 metros del avión.

No pasó nada y aterrizamos muy bien: Ya estábamos de regreso, a las 9:30 de la noche, en la Ciudad de México.

Ya no pude despedirme de nadie; como en algún momento del trayecto entre la sala de espera y la salida los perdí, mejor les mandé mensaje para despedirme de ellos (extrañamente, el único que me lo regresó fue Jorge) y le hablé a mi papá para localizarlo e irnos ya. El pobre, que estaba en el aeropuerto desde las 6 de la tarde (fue a comer con una amiga y no alcanzaba el tiempo para ir a la casa y regresar), ya no tenía ganas de manejar de regreso y me pidió que me llevara el coche a la casa. Entonces no me quedó más que meterme al tráfico de Circuito Interior hacia el sur en viernes a las diez de la noche y lloviendo.

El tráfico. El maldito tráfico.

Extraño Guadalajara.

Algún día regresaré como turista y desquitaré todo lo que no pude ver en este viaje, pero mientras, el lunes hay que estar muy puntual a las 8:30 de la mañana en Palmas y Periférico.



Jueves: Expreso de medianoche.

Llevaba dos días planeándolo: Ya había sido demasiada testosterona para mí que en la semana tuviera que estar haciendo comentarios asertivos ante las muchachotas de piernas largas que se dejaban ver en Guadalajara. No es que no estuvieran bien formadas (de hecho, se caen de buenas), pero no podía voltear a discreción cuando un tapatío de ojos (y manos) grandotes caminaba en mi dirección. Uno de ellos incluso se me quedó viendo y yo no pude hacer más que devolverle una discreta –y seguramente lastimera- mirada mientras ellos seguían sabroseando muchachas.

Entonces, decidí que el jueves sería mi día de fuga. Como los gerentes se estuvieron dando vueltas para seguir con las entrevistas que quedaban y algunos se fueron a desayunar invitados por el mismo Jaime a un lugar de Birria llamado El Chololo, me dejaron solo por ratos, en los que aprovechaba para buscar opciones y buscar las direcciones. Mi primer instinto, viniendo del DF, me llevó a buscar alguna Zona Rosa, y según como vi en Gay Guadalajara, no tenía que buscar mucho: Estaba trabajando exactamente a la mitad de ella.

La comida, de nuevo en el Sanborns. Los habituales cabeceando y medio crudos todavía. Nada fuera de lo ordinario.

Acabó el día laboral (y acabé con la paciencia del encargado de Sistemas); casi todos acabamos a tiempo, los que no se fueron a sus cuartos para terminar. Yo también me fui a mi cuarto a adelantarle a las Crónicas y en realidad, a hacer tiempo pues eran las 7 de la noche y no pretendía salirme tan temprano a ver cómo era el ambiente gay de Guadalajara.

Acabé de escribir lo más que pude a las 9 y a esa hora me alisté, suspiré fuerte y me salí. Era mi primera salida solo a un bar, y lo estaba haciendo en una ciudad en donde nadie me conoce, lo que da al mismo tiempo, la ventaja de no encontrarse a nadie conocido pero la desventaja de que nadie te puede echar la mano si sucede algo.

De suéter, camisa y pantalón de vestir, me subo a un taxi:
- A la Zona Rosa, por favor.
- ¿Perdón?
- La Zona Rosa.
- ¿Zona Industrial?
- ...a Vallarta y Chapultepec, por favor.

Éste primer desaguisado era suficiente para que mi instinto me dijera que algo no iba a ir bien en la noche, pero decidido a conocer el ambiente seguí adelante a la esquina mencionada (cerca de donde estábamos trabajando y el hipotético centro de la hasta ahora inexistente Zona Rosa).

Pagué el taxi y me bajé. Caminé hacia donde estaba el bar que había decidido visitar (el Link Bar) , pero siendo lounge, estaba demasiado tranquilo (y fresón) para lo que quería. Mejor aplicaría el plan B, un barecillo que se llama Revolución que vi cuando iba al centro el martes, pero lo haría con estilo: Me iría caminando.

Y caminando me fui. No es un recorrido pequeño: Son como cuatro kilómetros entre donde estaba y el otro bar, pero me dejó ver la parte de Guadalajara que me faltaba por ver: Muy tranquila y muy amable, si, pero con sus problemas de limpiaparabrisas, indigentes que se duermen en la calle entre la exposición fotográfica de Av. Chapultepec, graffiti, gente que trabaja de noche, esa parte que al turismo no le interesa ver pero existe, y está más cerca de nosotros de lo que nos gusta admitir.

Llegué a la entrada del bar, y a juzgar por los tres chavitos guapetones que salieron, debía ser un buen lugar. Nunca me había metido a un bar solo, pero no quería dejar pasar la oportunidad: tomé aire… y me metí.

Oh decepción. Vacío.

VACÍO.

¡Las diez de la noche de jueves y un bar cerca del centro vacío! Increíble, pero cierto.

La segunda decepción de la noche, pero tozudo como soy me negué a regresar al hotel y apliqué el plan C (¡Si! ¡Había un plan C!), para lo que me fui caminando al centro (ya no estaba a más de 20 minutos) y tomé un taxi que me llevara a otro bar, cerca del Link…

…pero el taxista tenía la tiernísima cantidad de veintidós días de ser taxista y no conocía la esquina donde le dije que me quería bajar. Tuve yo que decirle cómo nos irnos, YO, mientras me contaba que unos señores en la tarde le habían pedido ir a otra esquina, pero sobre la misma calle, y cómo mejor paró otro taxi y SIN COBRARLES LA MEDIA HORA que llevaban dando vueltas se los encargó al otro señor para que los llevara.

Sólo en provincia.

Llegamos. ¿Y qué creen?

Cerrado.

Así, cerrado. Éstos tapatíos no quieren que conozca su ambiente.

Triste por mi derrota, de todas maneras no me quería ir al hotel. Acabé en un cibercafé de 24 horas chateando con mi hermano, un amigo y otra amiga. David me contó una anécdota parecida que le sucedió en Monterrey: quiso entrar con su novia a la 1 am a un antro, y ya casi todos se estaban yendo pues cerraban a las 2. Supongo que acá el horario sería mas o menos parecido, ¡y yo haciendo tiempo para no llegar temprano!
Ya con ellos se me hizo más llevadero el trago amargo (aunque se rieron de mi desgracia) y hasta me entró un poquito de sueño. A las 12:20 tomé mi taxi de regreso al hotel, con la cola entre las patas y una noche de aventuras lésbicogays frustrada.



Miércoles: Pesado

Hoy empezamos más temprano pues quedamos de ir a desayunar al Sanborns para aguantar todo el día; sin embargo, de los 10 que somos sólo Liz, Mario el nuevo y yo estábamos listos para desayunar.

En vista de que los que salieron en la noche estarían a esta hora todavía cuajadísimos, nos fuimos nosotros tres a desayunar al Sanborns. Allá nos alcanzaron los gerentes, crudísimos pero al pie del cañón. Allá nos enteramos de la triste verdad: se la amanecieron y venían ¡en vivo! Jorge el jefe de la jefa (un gerente guapetón de pelo en pecho, barba de candado y preciosos ojos color miel, pero irremediablemente buga) era el más maltratado: todo el día cabeceó y destiló alcohol por los poros pero no pudo hacer nada pues se lo traían de entrevista en entrevista y fregándole en la computadora mientras no lo estaba. Yo me siento a su lado por esta semana así que en realidad me pude dar cuenta que el pobre en el pecado llevó la penitencia, pero el olor se diseminaba por toda el aula.

En realidad, el día de hoy resultó pesado para todos, crudos o no. Hubo mucha información que necesitamos procesar, gente a quien perseguir (hoy fui el encargado oficial de picarle el hígado al encargado de Sistemas, a ver quién aguantaba más), cosas por hacer y muchas, MUCHAS modificaciones que los entregables requerían para ir juntando las versiones finales, pues a pesar de que esta documentación sería pequeña, el tiempo para las entrevistas se redujo rápidamente cuando varios de los entrevistados avisaron que entre jueves y viernes tenían juntas o no iban a estar.

Para estas fechas, empezamos a notar que se sienten incómodos con nosotros en la promotoría.

Para la comida, Jaime, uno de los grandes dentro de la promotoría, nos prometió llevarnos a comer a un lugar llamado Karne Garibaldi, que una amiga ya me había recomendado ampliamente durante dos días. Llegar no es complicado, pero sí tedioso: está en una zona cerca del centro que tiene las calles muy angostas.
Karne Garibaldi tiene el récord Guinness al servicio más rápido del mundo, y en verdad lo tiene: tan pronto como íbamos ordenando nos iban despachando, aunque con ésos riquísimos frijoles con elote que hay en cada mesa no me molestaría esperar; y miren que no como frijoles, pero con éstos comí como para todo el año.

En parte, Karne Garibaldi tiene el servicio ultraexpress debido a que sólo venden una cosa: Carne en su jugo. Chica, mediana, grande, pero sólo carne y algunas otras cosas sencillas. Sin embargo, con la carne es más que suficiente: está algo picosa, pero la sirven con unos frijoles y todo eso bañado en su jugo. Delicioso. El servicio es de primera calidad además.

Nuevamente a la oficina, a intentar terminar lo mucho que había pendiente. Salimos de la oficina a las 6 pero llegamos al hotel a seguir trabajando en lo que faltaba. Cada quien acabó su parte a diferente hora pero quedamos de vernos en el lobby a las 9:30 para salir a cenar, ahora sí, todos juntos.

¿Si? Pues no. Jorge se quedó dormido (ya era justo) y Gérard, otro de los gerentes, simplemente no quiso ir, de modo que una vez más ocho de nosotros salimos a recorrer Guadalajara de noche.

El lugar esta vez fue Casa Bariachi, un lugar divertido que como variedad tiene bailes folklóricos (á la Amalia Hernández) y un mariachi juvenil que tocaba muy padre desde las de Chente hasta Juan Gabriel y con una particularidad: llevan arpa, como se usaba en el mariachi original. El negocio es el alcohol, pero para pedirlo te dan varias opciones de comida, y se decidió que nos traerían una botella helada de Tradicional y dos charolas con harta comida: Camarones rebozados, camarones con aderezo, carne adobada, filetitos de arrachera, ensalada, queso fundido, y tortillas de comal. Todo muy rico salvo el tequila, que en paloma no sabe a nada absolutamente nada.

Tocó el mariachi, se subieron dos espontáneos a cantar y el tercero fue un señor que se hacía llamar El Charro de Toluquilla. Chaparro, mal rasurado, panzón, morenito, de sombrero negro maltratado y hebillota pero con sonrisa franca y una gran actitud ante la vida, todos pensamos que se había equivocado de karaoke, pero nos salió con la grata sorpresa de que cantaba padrísimo como Vicente Fernández e imitaba rebien a Pedro Infante de borracho. El público (una mesota de Ensenada, una de Sonora, otra de Chihuahua, nosotros del DF y algunos perdidos de Guadalajara) no lo dejaba bajar, y hasta el mismo mariachi no se veía tan a descontento con que llevara ya tres canciones en lugar de una.

Los de Sonora contrataron al mariachi y cantaron dos canciones y un corrido antes de cederle el micrófono a… ¿quien creen? El Charro se echó otras tres canciones (una de ellas “Cachanilla”, con dedicatoria especial a los de Ensenada) pero el mariachi ya se veía molesto con la continua participación del –para mala fortuna- chilango. Tocó el mariachi otras dos, y le volvieron a quitar el micrófono, esta vez una chica guapa que cantó Amor Eterno suavecito pero melodioso.

Los chavos desviaron la atención para ver a unas chicas buenotas que entraron promocionando Bomba, una bebida energética estilo RedBull pero que tenía el agregado de estar siendo llevado mesa por mesa por dos güerotas espigaditas. Claro, ellos estaban que babeaban (por la vez número 157 del día) pero las chicas se acercaron a para venderme la bebida, y los simpáticos de ellos me compraron la botella nomás para tenerlas a ellas cerca.
Con todo y que me tomé una bebida energética en menos de diez minutos, Liz, Pedro (otro de nosotros) y yo estábamos cabeceando pero Jorge (que nos alcanzó casi a tres cuartos de comida), Rolando y los fiesteros habituales ya se estaban alistando para irse a otro lado a seguirla.

Eran las 12:40 y el día para nosotros ya había acabado, aunque para ellos la noche era joven.



Martes: Dios bendiga a Guadalajara y su vista privilegiada

El día empezó a las 8. Me levanté a bañarme, me vestí y como habíamos quedado, yo ya estaba listo en la recepción del hotel 8:40.

Salvo Liz –mi jefa directa- que fue previsora y pidió su desayuno desde ayer, nadie había desayunado (yo ni cené), así que todos nos moríamos de hambre. Pedí piedad para ir al Sanborns por un chocolate pero no me la dieron. Pasamos a la promotoría y con tanta suerte corrimos que no bien llegamos nos pidieron 10 minutos para limpiar, así que el Mario el gerente nos dijo al otro Mario y a mí que lo acompañáramos por “un juguito”. Acabamos en el buffet de Sanborns (al fin íbamos con el director del equipo) y me salí con la mía de comprar un chocolate para la media mañana.

El resto de la mañana fue rápido. Mi aprendizaje, también. Ayer, Rolando y Liz tuvieron que entrevistar al encargado de Sistemas y salieron cono el hígado al revés pues el ídem del chavo es de estos freaks de computación que se creen reencarnaciones de Bill Gates –pero Región 4-, fan de Star Wars y amo y señor del área de Sistemas. Yo estoy acostumbrado a tratar a éste tipo de personas (había varias en mi carrera) así que ofrecí mi natural empatía y mi carismática sonrisa (además de mis muchas ganas de subir en puntos dentro del equipo y a los ojos de los gerentes) para servir de entrevistador y recoger los datos que faltaron del día anterior. No hubo diagrama de flujo pero si varias observaciones específicas que se fueron directo a los archivos que yo tenía que completar, además de ganar la, uh, simpatía del tipo y lograr que soltara datos que a ellos no se los había querido dar. Liz (jefa de equipo, próxima promovible a gerente y quien me recomendó para el proyecto) me acompañó a la entrevista y quedó sorprendida.

La hora de la comida. El Sanborns no sería la opción hoy, pero las Tortas ahogadas sí. Teníamos antojo de algo típico y nos recomendaron un puestecito que estaba en la calle de atrás de donde está la promotoría.

Cabe resaltar que hasta el momento, Guadalajara había sido mayoritariamente femenino. Dentro de la misma promotoría, sólo hay 5 hombres y todo el resto del edificio está poblado de mujeres, más o menos la misma distribución del hotel y en general, de la ruta hotel-oficina-hotel. No es necesario decir que el equipo estaba maravillado (no es para menos, las chicas están rebien), pero yo esperaba algo más como para mí, aunque hasta el momento se me había negado.

Doblamos la esquina para la calle atrás de la oficina, y se hizo la luz.

¡Con que aquí estaban escondidos todos los hombres! Casi todos eran altos, guapos y fuertotes, pero todos, TODOS, tenían esos ojos tapatíos de leyenda que, bendito Dios, no son leyenda urbana.

Comimos en las tortas ahogadas y hasta me tocó jericalla. A mí me pareció todo medio desabrido, pero a mucha hambre no hay pan duro, y además satisfice mis ganas de algo típico. Después seguimos por la calle hasta una heladería y seguía la pasarela de hombres aunque desafortunadamente doblando la calle se me acabó el encanto.

Regresamos a la oficina y seguimos trabajando. Ésta vez sí salimos a las 6 pero tanto Liz como Rolando o yo no queríamos encerrarnos en el hotel a pesar de que ellos todavía tenían trabajo que hacer. Decidimos que como no sabíamos si el resto de la semana tendríamos chance de salir, iríamos a conocer el centro.

Fuimos al hotel a dejar las laptops, a pasar al baño y yo además tomé la cámara. Nos vimos en el lobby, y fuimos al centro. Extrañamente, para llegar al centro de Guadalajara, tomamos Chapultepec, doblamos en Hidalgo (donde vi un bar gay y como diez sexshops… ¿no que muy mochos?), pasamos Revolución y el taxi nos dejó enfrente de la Catedral, pero en el camino el taxista, muy amable, nos dejó interrogarlo acerca de buenos lugares para cenar, para comprar, para tomar, para ver, dónde estábamos, dónde quedaba el norte, a cuánto quedaba la Minerva…todo con una sonrisa y con su amable pero muy informada opinión.

Agradecimos profundamente y nos dedicamos a caminar por una gran parte del centro. Guadalajara en este momento pasó de ser una metrópoli agitada a un gran pueblo con aire de tranquilidad: Siendo las 8 de la noche, la gente hacía uso sano y hasta inocente de sus plazas públicas; fuera de los turistas que abarrotaban los restaurantes con terracita, el kiosco y la plaza a un lado de la catedral estaban ocupadas por niños corriendo, adultos sentados en las bancas platicando y en grupitos, adolescentes echando novio o gente simplemente paseando y disfrutando de una noche fresca en la tercera ciudad más grande de México en santa paz.

Nosotros hicimos lo propio. El taxista nos dio una pequeña ruta para la noche y nos dispusimos a seguirla. La relación fotográfica en orden, vacas incluidas:

[La Catedral de noche]
[El kiosko que está a un lado de la catedral]
[El ayuntamiento de Guadalajara]
[El escudo de Guadalajara]
[Beatriz Hernández, una de las primeras colonizadoras]
[La fuente de los Fundadores, atrás del Teatro Degollado]
[El Teatro Degollado]
[La plaza de las Dos Copas, entre el Teatro Degollado y la Catedral]
(nótese cómo la gente ocupa sus espacios en paz)
[La Muunerva]
[Leonardo da Vaca]
[Leonardo da Vaca con fondo de la Catedral]

No cenamos en el centro, mejor nos regresamos al hotel y allí cada quien pidió servicio a la habitación. Yo me puse la pijama y pedí cena de niño: chocolate y tarta tartin. Iba a la mitad de mi crónica del día (para ser precisos, cuando las tortas ahogadas) cuando sonó el teléfono. Era Rolando, que me esperaban en la recepción para cenar, así que le di save a la lap y me volví a cambiar para salir. Estaban todos, menos Liz (cuyo teléfono estuvo ocupado), así que en medio de puros bugas salí a cenar.

Por norma general, todo viaje debe tener algún imprevisto y nosotros nos habíamos salvado hasta el momento. Pero no por mucho tiempo: el taxi que nos llevaba a la mitad de la comitiva fue chocado por detrás de la manera más tarada (¡en un alto!) por un mono que iba contestando un mensaje. Al taxi sólo se le sumió la defensa, pero al coche del otro chico (un BMW) se le sumió la parrilla completa y la placa. El tipo aceptó la culpa y le pagó al taxista lo que le pidió -$1500- sin pensarlo. La cosa es que tenía que ir al cajero por el dinero, y el taxista por precaución lo acompañó para que no se le fuera a pirar, de modo que nos pidió que lo esperáramos cinco minutos. Mario el gerente (que venía con nosotros) ya quería llegar y prefirió esperar otro taxi que nos llevara. Sin embargo, mejor regresó el taxi con su lana por nosotros que otro taxi pasara por donde estábamos.

Llegamos al Amorcito Corazón), un restaurante bar con jardín muy monón pero fresa donde se ve que va parte de la gente bien de Guanatos, como la mesa de chicas que estaba en una esquina dejó ver. Claro, los otros estaban que se les volteaban los ojos, mientras yo checaba las instalaciones, la música ambiental harto bien seleccionada (Bossanova - Madredeus – Árabe – Enigma), la carta variadita y nada cara y en general, el lugar donde había caído.

Se pidió un tentempié de aguachile (camarones al limón en salsita de chile y cebolla morada) y de queso fundido en lo que llegaban los de otro proyecto aquí en Guadalajara. El aguachile estaba buenisisísimo, pero picaba y el quesito era una maravilla.

Llegaron los del otro proyecto: puro buga, y buga en serio. Entre todos, éramos 15 y de ellos 14 se seguían sabroseando a las chavas (la verdad es que había buen material) en lo que llegaba la cena. Yo pedí unas crepas poblanas buenérrimas y entre Mario el nuevo y yo le ayudamos a Mario el gerente con un molcajete enorme de carnes que le llevaron.

La cena transcurrió en buen tono. Los del proyecto nuevo son chistosísimos y todos nos estábamos riendo bastante, tanto que nos dieron la 1 de la mañana en el restaurant. La cuenta tardó siglos en llegar (“Bienvenidos a Guadalajara”, nos dijo un chico del otro proyecto) y al final nos dividimos en dos grupos: Los que íbamos para el hotel a dormir o acabar sus trabajos y el grupo que iba a seguir la fiesta, conformado mayoritariamente por los gerentes. Yo pa’ variar me estaba durmiendo y tan pronto me puse la pijama y toqué la almohada, me quedé dormido.

Además, el miércoles pintaba para ser un día muy pesado.



Crónica (detallada) de mi paso por Guadalajara

LUNES: A ciegas

Desperté 4:30 de la mañana. Mi papá y mi hermano me fueron a dejar al aeropuerto, pero ellos no se bañaron, así que con toda confianza desperté lo más tarde que pude. Me bañé, me puse mi traje y salimos 5:10 con toda la flojera del mundo. Tlalpan y Churubusco deberían estar así de despejados a todas horas.

Llegamos al estacionamiento del aeropuerto a las 6 en punto, la hora de la cita. Rolando, mi igual dentro de la jerarquía del proyecto, era el único de los que había llegado de los cinco que salíamos en el avión de las 7:30 para Guadalajara. A pesar de que un día antes me había dicho que la idea era ir de traje al menos el primer día, resulta que no, que era business casual para toda la semana, lo que me alegró mucho pues viajar con corbata a un lugar caluroso no es mi idea de un viaje, pero aún así se la refresqué bajita la mano.

Llegaron los demás, me presentaron a Mario -un chico nuevo que contrataron el viernes y luego luego lo mandaron a viajar (al menos a mí tuvieron la cortesía de decirme dos días antes) – y despegamos. Yo recordaba que el vuelo en avión era como de caricatura, con turbulencia y ruido y mucho movimiento, pero no. Sólo un ligero boink y estábamos en el aire. A decir verdad, el vuelo, salvo alguna turbulencia pequeña, fue bastante tranquilo.

El cielo, pasando la contaminación de la ciudad de México, es de un maravilloso azul intenso que, durante todo el viaje, tuve la oportunidad de ver por la ventanilla, además del paisaje de México desde las alturas, que es increíble. Pasamos pueblitos, pueblotes, pueblitititos y ciudades más grandes. De repente, unos diez minutos antes de aterrizar, pensé que estaba viendo el mar, pero una sospechosa orilla del otro lado me hizo recapacitar: Estábamos viajando por encima del GRAN lago de Chapala.

El viaje fue mucho más corto de lo que creía y cuando menos lo pensé ya era hora de aterrizar.
Mientras nos íbamos acercando a Guadalajara me fui dando cuenta que no era tan chiquito como pensaba: la mancha urbana era lo bastante grande para abarcar gran parte del horizonte.

Aterrizamos. Los que venían en el vuelo de las 8:10 nos alcanzarían en el hotel –el Camino Real Guadalajara Expo- así que partimos para allá con dos ideas: Hacer el check-in y desayunar.

A la hora del check-in tuvimos una sorpresa: Cada quien tendría un cuarto para sí solo, pero el voucher tenía que dejarse con una tarjeta y desde luego, Mario y yo no traíamos más que la tarjeta de nómina (sospecho que Mario ni siquiera eso), así que Rolando nos echó la mano dejando la suya para los tres cuartos (al final ese dinero se le reembolsaría al meterlo como gastos de viaje).

Llegamos a desayunar directamente. El buffet estaba caro y no muy bueno, pero para la hora que era nosotros comeríamos cualquier cosa. Nos sentamos, lo pedimos con cargo a la habitación y desayunamos con fe, fuerza y entusiasmo. Acabando de desayunar llegaron los gerentes (los del vuelo de las 8:10) y nos fuimos directo a la promotoría donde estaríamos trabajando.

Guadalajara es un DF en chiquito. No hay muchos edificios altos, pero aún así es una ciudad grande, con vida activa desde temprano, negocios transnacionales y avenidas grandes pero –maravilla de las maravillas- llena de arte por todos lados, llena de chicas guapas y buenísimas (aquí a todos los del equipo, bugas sin remedio, se les sale la baba a cada esquina), limpia y sin los niveles espantosos de tráfico que tiene el DF. Sin embargo, aún con ese ambiente cosmopolita, Guadalajara afortunadamente todavía conserva el aire inocentón noble de provincia que permite que te sonrían de regreso, que haya una cultura de responsabilidad admirable, que la gente sea honesta y amable y que en cualquier esquina puedas pararte a preguntar sin miedo a ser etiquetado.

Después de un recorrido como de 20 minutos donde pudimos constatar que el Cow Parade está presente en Guadalajara, llegamos a la promotoría, pero no teníamos un lugar para trabajar y a decir verdad, ni siquiera una agenda de trabajo. Después de unos minutos de confusión, apañamos una sala de juntas para hacer la presentación oficial del proyecto, para que nos conocieran, y para que se fueran preparando a soñarnos durante el resto de la semana: por cinco días seríamos la GESTAPO con laptops.

Terminó la presentación, y nos movieron de sala. Todo el piso (segundo) del edificio está ocupado por la promotoría de la agencia de seguros a la que se le vino a hacer la documentación de los procesos. Le preguntamos a otro Mario, gerente y director del equipo, lo que teníamos que hacer (seguíamos sin tener idea de lo que íbamos a realizar), nos dividimos el trabajo y cada quien, inmediatamente, se puso a hacer lo que le correspondía.

La mayor parte del tiempo para los demás fue hacer entrevistas. Yo estuve trabajando en la laptop pero escuchaba y veía cómo se hace una entrevista para la documentación de procesos. Un chico le hace mil preguntas al usuario/encargado y cada proceso diferente otro chico lo escribe en un pizarrón a la manera de un diagrama de flujo con datos adicionales como el número de horas invertidas, la capacidad pico del sistema, el número de usuarios que se encargan del proceso o los lugares de donde se obtiene la información para después pasar ese diagrama de flujo a la computadora y con la información adicional llenar ciertos archivos de Excel necesarios para saber lo que hay que mejorar. Y yo, con un ojo al gato y otro al garabato.

Dieron las 3, hora –literal, HORA- de comer y surgió un problema más: Dónde. Alguien nos sugirió un Sanborns a mitad de la cuadra y aunque nadie gritó de emoción –¡Tan lejos del DF y comiendo en un Sanborns!-, todos fuimos sobre la comida, pues ya era tarde y todavía quedaba mucho por hacer.

No les haré el cuento más largo: comimos, regresamos a más entrevistas, y salimos de la promotoría a las 7 de la noche, pero directo al hotel a acabar lo que faltaba. El regreso estuvo tranquilo aún siendo la hora pico de la salida de oficinas pero en particular sigo, hasta éste momento, sin saber distinguir en un mapa en dónde estaba y hacia donde me dirigía.

Llegamos sobre el business center del hotel (una vil salita de juntas con cuatro computadoras) a planear las actividades del día siguiente por fin, y a terminar los pendientes. Hubo una pequeña junta para saber cómo veíamos todos lo que estaba por venir y todos (menos Mario el nuevo y yo) coincidieron en que la cosa iba a ser leve, y a las 9 nos despedimos. Fue hasta entonces cuando pude pasar a ver mi cuarto por primera vez en el día, y eso que había llegado más de 12 horas antes.

He de confesar algo: La cadena de los hoteles Camino Real tienen fama de ser de buena categoría y frecuentados por la élite de la élite de los negocios. Pero para mí resulta extremadamente caro, oscuro y con una decoración mexicana avant-garde pretenciosa que no me acaba de convencer.

Personalicé mi cuarto: colgué la ropa, escogí la del día siguiente, puse todos mis áperos de higiene en el baño y perdí el estilo: Me quedé en pijama (una playera blanca y shorts enormes), me metí a la cama a jugar con mi emulador de NES y me puse a escribir esto que voy terminando. Son casi las 12, estoy muriéndome de sueño y una cama king-size me espera.

Mañana será otro día.



¡Guadalajara, Guadalajaraaaa!

Ya estoy en un proyecto. Pero con todo y que ya estoy haciendo algo, tiene sus desventajas: No tengo Messenger (ni Ebuddy ni Webmessenger) y hasta el chat de Gmail está bloqueado. No tengo contacto con ninguno de mis amigos y eso me estresa sobremanera pues una buena manera de aliviar la tensión del trabajo es mandándole zumbidos a alguien que está ocupado para espantarlo (jejeje).

Otra de las cosas que me tienen en shock es el horario: 12 horas (menos una de comida) de estar encerrado en la misma oficina hasta Palmas. Y uno que es sureño, invierte mínimo hora y media en ir o regresar, lo que además de limitar el tiempo que estoy con mi familia limita el tiempo que tengo para hacer otras cosas, como ir a danza.

Y lo más sobresaliente: Me voy toda la próxima semana a Guadalajara.

El jueves que me dijeron todo esto yo no sabía si reír o llorar (aunque siempre me inclino por la úlitma), pero hoy ya lo tomo con más calma: Entré por recomendación de la subjefa de equipo y además de que no le voy a fallar ni a ella ni a mí, dentro de ese proyecto puedo relacionarme con gente que tiene mucho tiempo en la empresa y que, bien o mal, pueden hablar de mí si hago las cosas bien.

Así que deseenme suerte con mi proyecto y mi viaje, que tenga oportunidad de tomar muchas fotos nacas (Yo en la Minerva, Yo en la catedral, Yo en el Hospicio Cabañas...) y de ver muchos tapatíos interesantes.

Si podemos, reportaremos desde la Perla de Occidente.


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Oyendo: Música Tradicional Mexicana - El palomito enamorado (Guerrero)