En la Puerta del Sol, como el año que fue...

El post pasado (lo del grupo de la primaria en Hi5) fue una bonita sorpresa para terminar el 2007, que fue un año pesado.

Lo auguré a principios de éste año, el 2007 fue cabalístico y pagaron los que debían (aunque de vez en cuando La Justicia tiraba para donde no es), hubo de todo y nos fuimos con experiencias buenas y malas, pero sobre todo, todos aprendimos algo y salimos con una postura más firme hacia lo que falta. Aprendimos de la vida y ahora en el año que viene nos toca aplicarlo todo, so pena de repetir la lección con un poquito más de dureza.

Y que no se diga que no lo dije: El 2008 será un excelente año para los que lo sepan aprovechar y apliquen lo que aprendieron en 2007. Para los que no... pues, con la pena del caso, repetirán la lección.

Ojalá el 2008 venga con muchas mejores cosas que éste año que termina, con más salud, mas dinero, menos trabajo y más oportunidades de portarnos mal.

Lo mejor para éste año venidero.


Mil abrazos desde la hermana república de Coapita la Bella.


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Oyendo: Naruto (Sí, mi hermano es fan)



Ésas maravillas de la tecnología

Cuando a mí me presentaron el Hi5, era una página donde ponía tu foto y lo que te gustaba, y no más. Pero no contaba con que la Diosa Fortuna y su hija la Coincidencia eran las webmaster.

Claro, había oido que puedes ampliar tu círculo de amigos con amigos de los amigos (...¿se entendió?) pero no me servía de nada en ese entonces tener al amigo de un amigo si no lo conocía. Pero entonces, resultó que empecé a toparme con gente que conocía, en lugares donde no sospechaba, reforzando aquello de que éste mundo es un pañuelo.

¿Que el exnovio de una amiga de la escuela es el exnovio de una amiga del ensayo? ¿Que la chica que me odiaba en la secu me encontró por medio del contacto de un chico q tiene en su cuenta a un amigo mío y quiere hacer las paces? ¿Que un chico se delató solito cuando le puso el cuerno a una amiga poniendo la foto a la vista de todos?

Sólo por Hi5.

Y lo de hoy: Hay un grupo de mi escuela primaria en el Hi5, con sus correspondientes miembros, el equivalente electrónico a "Los tres mosqueteros - 20 años después".

En aquellos ayeres, cuando todos llevábamos un suéter azul con rojo y uniforme gris, y todos los lunes salíamos al patio hacer honores a la bandera, nadie sospechaba que ahora seríamos ingenieros, artistas, arquitectos, biólogos, gays, heteros, casados, solteros, con hijos, en el DF, en provincia... y que 15 años después estamos al alcance de un clic.

No saben lo emocionado que me puse. O quizá se lo imaginen, pero lo que es cierto es que intentaré seguirles la pista.

PD: Aquí estoy en Hi5.


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Oyendo : Naruto (mi hermano la está viendo en su cuarto)



De cómo los fantasmas se han empezado a ir

Hace ya algún tiempo, una pareja se prometió ir a visitar un centro comercial que estaban apenas abriendo, pero que se veía súper bien a pesar de todavía estar en obra negra. El dichoso centro comercial está donde antes era un famoso parque de beisbol cuya demolición fue polémica. Ambos se prometieron que a la primera oportunidad que tuvieran de ir juntos, lo harían antes de visitarlo con otra persona.

Uno de ellos, fiel a su palabra, conservó la promesa, pero el otro no: su ex le habló para verse, y propuso precisamente el centro comercial... no pudo negarse, a pesar de saber que rompía con lo que había prometido.

Con el tiempo, ellos rompieron (adivinen), pero el que no fue seguía sin ir. El hizo una promesa y ahora que no estaban juntos, no había por qué ir. No hay caso, estaban separados, quería conocerlo a su lado... y no sería posible.


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Ayer me invitaron a Parque Delta para comer: que la vista estaba muy buena, que servía para relajarse un poco, que no me quedara encerrado en la oficina. Y sin pensarlo dos veces, acepté.

No conocía, pero no quería quedarme más tiempo protegiendo promesas que estaban rotas de antemano. Y sí, la vista es muy buena, hay hartas tiendas en tres pisos, la comida es como la de cualquier centro comercial (toda junta en una misma área) y tanto movimiento nos daba un poco de energía para seguir con el día.

Yo comí una papa al horno con jamón y queso y agüita de horchata (de la Antojería Santa Lucía, muy recomendable). Una amiga también pidió papa al horno, pero rellena de guisado. Otra chava arrachera, los de la mesa de enfrente hamburguesa y Domino's, y así. Todos platicando, sacudiéndonos la mala vibra de la oficina, y olvidándonos de que en la oficina la batalla es campal.

Quería helado, y fuimos a Nutrisa. Me receté un helado grandote con triple topping y mientras todos seguíamos viendo las bellezas naturales del lugar, cada quien lo correspondiente. Era viernes, y ya debíamos haber salido de la oficina, de modo que no había prisa de regresar: decidimos irnos caminando, unos 2 kilómetros de sol tibio y tarde tranquila, que nos hicieron lamentar que tuviéramos que regresar a la oficina.

Pero no importa: el plan de regresar la próxima semana al cine está hecho. Y yo lo inicié.

Parque Delta por mucho tiempo representó el bastión de lo último que me unía con Carlos como pareja. La apoteosis de las promesas que se quedaron sin cumplir, pero yo esperaba que todavía pudiéramos rescatar. Pero ahora, es sólo un centro comercial que no tiene la culpa de que a mí me hayan dado calabazas, y desde ayer que lo descubrí y me gustó, pretendo visitarlo sin pena ni remordimiento de conciencia por algo que está acabado desde hace un rato. Lo tuve mucho tiempo, pero ahora que empecé a quitármelo, la inercia debe hacer lo suyo.

Y él, pues... no está. Pero ya no pesa.
Empiezo a sanar.


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Oyendo: Miranda! - Bailarina



'Felicidades Toño' escrito con chocolate

No es secreto que trabajo mucho. Me gusta mi trabajo, sí, pero también me gusta salir de la oficina antes de las 9 de la noche para llegar a ponerme mi pijama y vivir un rato. Aún así, no tengo muchas opciones cuando tenemos trabajo atrasado y trabajo entrante que de a poco se va convirtiendo en atrasado.

Trabajando 12 horas dentro de una oficina, tu equipo de trabajo se puede volver dos cosas: O tu segunda familia o tus peores enemigos. No hay punto medio: la convivencia diaria (a veces más tiempo que con tu propia familia) te va haciendo forjar relaciones muy fuertes o aversiones todavía más fuertes. Incluso puedes tener las dos al mismo tiempo.

Yo, por ejemplo, tengo ya una suerte de familia disfuncional de esas que todos tenemos: Mamá regañona, papá conciliador, hermana mayor en su rollo, hermano menor molestable, tío barco, primos lejanos con los que hablas de vez en cuando y el amigo de la familia que te cae gordo. Y con todo, sobrevivimos y nos saludamos por las mañanas.

Y ésa familia, ésos chicos que sufren con uno horas sin salir al sol, ésos papás, hermanos, primos, tíos y amigo, a mi 'hermana mayor' y a mí nos festejaron nuestro cumpleaños hace dos días.

"No se nos había pasado, Toñito, sólo que no habíamos podido", me dijo Luis, mi amigo-programador-hermanito y en realidad no me importa: Básicamente me acostumbré a que mis cumpleaños no tenían nada de especial hasta hace unos dos años, y en la oficina nunca lo había celebrado. Pero ésta ocasión me hicieron sentir especial: Las dos horas de la comida las ocuparon para ir a buscar los pasteles (que fue una odisea, según tengo entendido) previo acuerdo vía mail (23 correos para confirmar que todos estaban de acuerdo para darnos la sorpresa), y el engaño de Liz, la jefa-mamá que nos sacó a la cafetería a discutir 'nuestros cursos' y como no salían los demás de la oficina se le iba agotando la plática.

Pasteles de nuez y de vainilla sin platos y acompañados del café cargado de la oficina. Una palita y mi cuchillo de la comida (previamente lavado) para cortar las tajadas de pastel y las primeras mañanitas que me cantan en una oficina. Las acostumbradas palabras de los festejados y veinte minutos para comer pastel y regresar a trabajar. Grass, la analista-hermana y yo, rojos de pena de la molestia que se tomaron para festejarnos y de la vergüenza de haber caído en un engaño tan simple.

Mi primer cumpleaños de oficina.

Siempre hay una primera vez para todo. Y si son así de gratas siempre, agradeceré que vengan muchas más.


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Oyendo: Linkin Park - Valentine's day



Toño contra los empleados malditos

Lo confieso con pudor: Me imponen los dependientes de las tiendas de ropa.

El domingo pasado fuimos mi familia y yo a comprarme un traje pues éste mes tenemos dos graduaciones -la primera es de Carlos y ellos, y la segunda de mi tía- y quería comprarme algo más moderno que lo que tengo. Además, ya entrados en gastos (literalmente), fuimos a comprar unas playeras y a buscar una sudadera.

Desafortunadamente, yo siempre he sido muy independiente para todo, y comprar ropa no es la excepción. Me choca que la gente esté encima de mí viéndome decidir algo o ayudándome a ver que me gusta; prefiero yo ir a perseguir a los empleados para preguntar sobre una talla de un modelo específico pero no joderles la tarde pues para escoger ropa que me guste y se me vea bien soy una persona súper especial.

Pero parece que los dependientes están entrenados específicamente para acosar a los clientes que se vean más solitos. Y yo usualmente soy uno de esos. Por un lado los entiendo: como ellos reciben comisión por cada prenda que ayuden a vender, están siempre a la caza de clientes para perseguir, pero tener a alguien atrás de ti persiguiéndote para bajarte modelitos que le gusten a el y que te acompañen al probador para preguntarte si te gustó antes de que siquiera te veas en el espejo, es demasiado para mí.

Por eso trato de evitarlos cuando me es posible, por que si no, caigo en su red de consumismo y me pruebo todo. Hasta he llegado a comprar algo que me ofrecen (que me gusta, obviamente) sólo para no hacerles la mala obra de probarme varias cosas y regresárselas todas después del tiempo que gastaron atrás de mí y no se llevan su tajada. Por que se enojan, ¿eh? Ya se me han quedado viendo con una cara muy fea después de que les echo en la mano 4 o 5 prendas distintas y ninguna me conveció.

Así que ahora cada vez que veo a un empleado en una tienda de ropa no soy descortés, pero trato de despacharlos lo más rápido posible para poder seguir viendo en sagrada paz las playeras, las chamarras, los pantalones, las sudaderas y las camisas.

Y funciona. En Suburbia no me encontré con nadie y salí, yo solito, con dos playeras y una chamarra que me gustaron un montón y nadie, NADIE, me ayudó a decidirlo.

Por cierto, mi traje está muy padre, pero no era precisamente del color que tenía en mente.


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Oyendo: Muse - Assassin



Un beso y una cachetada

El sábado pasado festejamos el cumpleaños de la hermana de Jacobo, uno de mis amigos más queridos. fue en un bar de Insurgentes y entre los invitados Jacobo llevó a un amigo del trabajo, que a su vez llevó a un amigo suyo.

Este amigo del amigo de mi amigo (parece de comercial) me gustó un poco, pero al mismo tiempo (cosa rara) me parecía familiar, pero no sabía por qué.
Ojos café claro profundo y penetrantes pero melancólicos, actitud misteriosa y muy reservada, nariz grande y boca de pato (de las que me gustan), manos grandes y protectoras...era, era...

...era muy parecido a Hugo, mi primer ex. Hugo, ése que hizo mutis por la izquierda de una forma rarísima y cruel para alguien que decía estar enamorado de mi.

El cómo, cuando y dónde ya lo discutí en otra ocasión (creo) en Oishiisama y no vale la pena volverlo a hacer. Lo que sí es que en el bar, con éste chico al lado, después de una semana pesadita, una pelea con Carlos (si... otra), "Te quedó grande la yegua", "Antología" y "November Rain" juntas y tres desarmadores (vodka con jugo de naranja), empecé a aflojar el cuerpecito tropical y a ponerme si bien no triste, sí un poco melancólico.

El asunto de Hugo lo tengo ya bien resuelto (lo que significa que lo recuerdo bien pero ya no me provoca nada), pero cuando una historia como la mía se corta de tajo, siempre quedan cosas por hacer, por decir y por sentir.

Por ahí escuché que en realidad no hay ciclos que falten por cerrarse, si no personas que se niegan a aceptar que ya fue. Sin embargo, creo que a mi sí me faltó cerrar el ciclo de Hugo. Me quedé con ganas de tantas cosas... desde seguir dibujando en la pared de su cuarto (creo que todavía conserva lo que hice) hasta mentarle la madre por simplemente desaparecer y querer reaparecer de la nada años después.

Pero bien puedo resumir todo lo que quiero en dos cosas: Darle un beso largo, profundo, con todo el sentimiento que le tenía, y luego darle un cachetadón que se le quede marcado mucho tiempo, que le recuerde lo que me hizo y le muestre quién soy y lo que dejó atrás cuando nos dijimos lo que nos dijimos.

Quizá un día le llame y le haga la maldad. ¿Por qué no? Ver su cara no tendría precio...aunque tampoco tendría madre. Naaah, mejor no le damos el gusto de verme y dejamos que siga pensando que soy inalcanzable.

Me gasto, ¿eh? Así que gócenme.


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Oyendo: Ástor Piazzola - Lo que vendrá



La importancia de ver pa fuera

Estoy casi en las nubes. Salí del proyecto Ringu, en el equipo de trabajo del proyecto está Liz, mi antigua jefa y ya nos conocemos, nos llevamos bien todos en el equipo, voy a estar programando (que me gusta bastante) aunque no se mucho (y entonces voy a aprender), estoy en las oficinas de Xola que me quedan a una hora de la casa y a 15 minutos del ensayo, tengo un lugar propio y privado para mí... todo muy padre. Pero no hay ventanas.

Este cuartito (por que sí es un cuartito) está exactamente a la mitad del edificio, entre tres salas más grandes que sí dan a la calle y las escaleras; entonces además de los muebles y los gabinetes que hay de un lado de la sala sólo hay paredes blancas. Sólo hay UN cuadro que da la nota de color, y en la pared de enfrente hay un rotafolio con anotaciones en rojo. Ah, y la puerta color madera. Tanto blanco es energetizante, pero demasiado tenso. Entre la pantalla y las paredes acaba uno muy semaforeado.

Pero no es ése el punto. Yo desde siempre he sido el fan número 1 de la luz del sol (si en parte es por que soy friolento o no, esa es harina de otro costal) y a donde llego trato de ponerme cerca de una ventana o de algo que dé hacia la calle pues ver hacia afuera me tranquiliza. Con todo y que esté lloviendo a cántaros, o que en Tlalpan haya habido un accidente y los coches estén parados lanzando mentadas con el claxon, o cuando el aire sopla tan fuerte que cimbra los vidrios, si me canso de estar pegado a la pantalla de la computadora volteo a ver para afuera 5 minutitos, respiro hondo y sigo con lo mío.

En parte pudiera ser aspiracional. Estar en una oficina 10 horas al día 5 días a la semana es estar MUCHO tiempo encerrado mientras la vida sucede allá afuera. Ver lo que sucede en la calle es una manera de escapar al encierro, pero de todas maneras siempre me gustó ver hacia afuera por la ventana.

Como dato curioso (e inútil) con todo y que las oficinas donde estaba no me gustan, estaba pegado a un ventanal que abarcaba toda la pared con vista hacia Polanco/Toreo y en días claros de mucho aire, se podía ver (pequeñita, pero se podía ver) la Basílica de Guadalupe. El edificio está pegado a Periférico y a unos 700 metros está una primaria de muchos alumnos, y por ende mucho movimiento. Me tranquilizaba bastante viendo tanta ciudad cambiar de ánimos y de colores conforme pasaba el día, incluso en los que más trabajo tenía. Incluso en el Proyecto Ringu tenía la ventana atrás de mí, y me hacía más llevadero el día. Pero acá no, y me siento como león enjaulado, con todo y que estoy a gusto con las actividades y con el proyecto.

Por eso, aunque traigo comida y como aquí, diario salgo a caminar aunque sea unos 20 minutos para ver de qué cosas emocionantes de la vida del mundo exterior me estoy perdiendo mientras hago documentos y programas encerrado en mi jaula de oro (que no deja de ser prisión).


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Oyendo: Darren Hayes - Insatiable



Aviso Clasificado

Es en serio, no se rían. Tengo un amigo masoquista de verdad; le gusta ser torturado y está buscando una chica (de preferencia) para que lo torture por "mínimo unas 4 horas" pues "ya le urge" (citas textuales).

Si eres una, o sabes de alguien, ponte en contacto conmigo y vemos cómo le hacemos para que se conozcan.

Se los juro, es en serio.


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Oyendo: The Veronicas - Leave me alone



Castigado por ser empleado modelo

Hay un proyecto maldito acá en la empresa. Todo mundo le huye pues es como el pozo de El Aro: El que cae a la oscuridad inmensa de su fondo, no puede salir de allí a menos que alguien ocupe su lugar.


El Proyecto Ringu (llamémosle así) consta de dos cosas diferentes: Desarrollo y pruebas. ¿Quieren una descripción simple? Perfecto: Nada sirve.

Nada nada. La gente de Pruebas encuentra un script correcto por cada 4 o 5 errores que cada quien reporta DIARIO, y cuando los de Desarrollo los arreglan, provocan otros dos. Llevan así cerca de tres años y lo mejor, cada vez que alguien cae le repiten que "es temporal" y que el proyecto "está por terminar en unos dos meses".

Así me atraparon a mí. Yo no se por qué, a la gente de ese proyecto le urge personal para hacer pruebas a algo que no funciona, y a todos los que estábamos liberados de otros proyectos nos metieron ahí con la muy poca decencia de una simple llamada que decía "Desde ahorita estás asignado".

Claro, cuando me dijeron que me tendría que soplar un proyecto simple, que no me gusta y del que no teía buenas referencias, sin aprendizaje real, de 9 a 8 diario y guardias un sábado de cada mes, casi lloro... bueno, si lloré un poquito pero nadie me vio.

Estaba yo a la mitad de mi berrinche cuando un buen amigo me dijo "Pues tómale el gusto", y decidí que tenía razón, pues si de por sí el proyecto es pesado, poniéndome reacio me iba a desgastar el hígado en poquito tiempo. De este modo, al día siguiente no llegué sonriendo pero si más tranquilo.

Con la cabeza más fría, le vi cosas buenas al Proyecto Ringu: Me queda a una hora (y con menos tráfico que ir hasta Palmas), salgo a las 8 máximo, mis ex-jefes conocen a la líder del proyecto (esto me ayuda a hacerme de referencias y conocidos en la empresa), y además con el debido permiso, puedo salirme temprano para AHORA SÍ llegar a las clases de danza. Como quiera, aprendería algo, mi trabajo resaltaría a la vista de más personas y el aliciente de que algunos de mis conocidos estuvieron ahí y vivieron para contarlo, me hacía ver la luz al final del túnel.

No pintaba tan mal, al final del día.

Y entonces... decidí dar mi máximo.

Una maniobra macabra del destino hizo que en ese momento, mientras me esforzaba y le veía el lado bueno, me hablaran para un proyecto hasta Santa Fe (a dos horas y media), pero de mi área y de lo que me gusta hacer, pidiendo específicamente por mí con mi currículum en la mano del líder de ese proyecto, prometiendo llamar pues mi perfil era lo que buscaban y les gustó. Llamarían a la líder del proyecto Ringu para avisar que mandarían a alguien en mi lugar y yo el siguiente lunes me presentaba allá.

Mi oportunidad de salir. Y de salir con estilo a mi mero mole, programar.

¿Si? Pues no.

Por aprender rápido y ser dedicado, POR EFICIENTE Y BUEN ELEMENTO, la líder del proyecto Ringu no me dejó irme. No me liberó porque mi trabajo le convenció lo suficiente como para tenerme ahí... Dios sabe cuánto tiempo más.

Todavía no lo creo. Trabajar eficientemente y no ser un mal elemento me tiene atado a un proyecto que es el equivalente al Coco con el que espantan a los niños que no se portan bien.

¿Quien dijo que trabajar con ganas tiene sus recompensas?

Bueno... todavía tengo el consuelo de que Danza me queda a 15 minutos.

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Oyendo: Thalía - Piel morena



Yo versión ánime

Este dibujo lo hizo ayer un chavito (que estaba mas o menos) en la TNT. Unos dicen que estoy igualito, otros que no. ¿Como lo ven?

Toño en versión anime. http://por-eso.blogspot.com



Día Internacional de la Danza

Antier, 29 de abril, se celebró el Día Internacional de la Danza. Como todos los años, en el CNA (Tlalpan y Churubusco) hubo danzas y bailes de todos tipos (folklórico, danzón, zumba, merengue, hawaiiano, africano, flamenco, contemporáneo, árabe, capoeira, experimental, urbano...) desde la mañana hasta la noche.

El slogan de este año lo dice todo:
"Bailar es respirar, quien no baila se asfixia, se oxida; se encuentra en la oscuridad"

Este año mi grupo participó llevando un cuadro de Campeche. Aquí las fotos:

[desde atrás del escenario]
[muy propio en el papel]
[mirando a las muchachas]
[¡olé!]
[haciendo equilibrio]
[arriba de los almudes]
[¿lo estoy haciendo bien?]


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Oyendo: La tele.



Tina Guel

¡Me pongo de pie!
Una amiga mía de la empresa y con quien me llevo de pelos, para escribir utiliza el nombre de su mamá y se llama a sí misma Tina Guel.
Pues bien, resulta que ella me ha confiado parte de los poemas que ha escrito (uno lo escribimos entre los dos) para publicarlos aquí. En espera de que David le haga la página que le prometió, disfrutemos con los sinsabores del amor de esta regiomontana que igual se queda viendo al cielo que recuerda sus diabluras con una sonrisa.


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La luna y nosotros dos.

¿De qué quieres escribir?
¿De los amores furtivos?
¿De los amores ausentes?
¿De los amores que aún no llegan a tu vida?
¿De las letras poéticas que esperan ser descubiertas por ti?
¿De los besos que tiene para ti tu princesa?

No... no. Esta noche no escribiré nada
Sólo miraré a la luna y pensaré en tu nombre
que tanto me gusta... y tanto me aterra.
Te diré que te quiero, aunque no me oigas;
te diré que te extraño, aunque no te importe;
te diré que eres mía, aunque no sea cierto.

Tina Guel /Lathias

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Descripción

Lo que me induce a escribir es crear algo tan bello como tu
Porque desde que te vi supe lo que es el amor
Comprendí que la mejor descripción del amor eres tú
Tu cabello, ese cabello tan negro como mi pesar
Tus ojos esos ojos tan llenos de vida pero que no me miran
Tu boca, esa boca bendita pero que no pronuncia mi nombre
Tu voz, esa voz que al escucharla mi corazón se llena de felicidad
Tus manos, esas manos que acarician a otras y no a las mías
Tu ser,todo tu ser que es amor.

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El ángel

Tengo la dicha y la felicidad de...
...contar con tu compañía,
...de mirarme en tus ojos
...de mirar hacia mi mente y encontrarte a ti
...de sentir este cansancio del placer de apretarte
...de sentir mis labios enrojecidos por tus besos
...de que tus labios rocen mi mano
...de que tus labios rocen todo mi cuerpo
de escuchar a la Oreja de Van Gogh y esbozar una sonrisa por ti
sonriéndole a la vida por el ángel que eres para mi
y porque no dejaste irme de ti.

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Un adiós para un amor que nunca fue

Aunque un ADIÓS salga de tu boca, aunque tus manos ya no toquen a las mías... seré feliz,
seré feliz porque mi piel te ha sentido,
seré feliz porque mi cuerpo ha vibrado con tus caricias...
mis labios se han llenado de tus besos,
tus oidos han escuchado mis gemidos de placer,
sólo por eso seré feliz… hoy y todos los días de mi vida:
porque he conocido lo que es el amor.

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Soledad

Me has acompañado por este difícil camino de la vida.
Es momento de irte; te he disfrutado, te he gritado.
Has visto mis lágrimas, mis amaneceres, mis atardeceres.
Has disfrutado conmigo los largos fines de semana.
Hemos ido caminando bajo la lluvia.
Hemos sonreído con la sonrisa de un bebé.
Me has acompañado en mis problemas.
Es momento de decirte ADIÓS...
Adiós soledad... BIENVENIDO AMOR.

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La pista de baile

El destino quería que pasáramos a la pista de la vida y bailáramos al ritmo de la felicidad, al ritmo del amor y de la pasión.

Sabía que te encontraría… ahora daré todo lo que he guardado en mi corazón, la historia comienza, la vida inicia para mi, ha comenzado la felicidad y el amor.
Te besaré, te daré los besos que no te he dado,
te contaré lo que he vivido en la espera de tus momentos.
Te hablare al oído, susurrando palabras prohibidas.
Bailaremos las notas que se han tocado y que no hemos bailado.
Festejaremos los aniversarios que hemos estado solos.
Nos daremos el tiempo, nos daremos todo.
Te preguntaré qué has hecho, qué has vivido.
Desde cuando me extrañas, desde cuando me disfrutas sabiendo que existo pero que no nos habíamos encontrado, cuales han sido tus pensamientos... desde cuando me piensas… desde cuando amor… desde cuando te siento…


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Oyendo: El ruido del Starbucks.



Workaholics

--1--

La oficina donde estoy simplemente no me gusta. El edificio y la empresa en sí me desesperan.
Resulta que es un edificio que tiene elevadores “inteligentes” que no tienen botones dentro del cubo para poder indicar el piso al que hay que ir, si no que funcionan a través de un tablero que está fuera de los elevadores que asigna cuál de ellos te lleva a tu destino. Pero esta programación dinámica es desesperante, pues por un elevador que sube al piso 16 –donde estamos nosotros- en unos 10 segundos puedes esperar 5 minutos, aún cuando el elevador de al lado está programado para ir a los pisos 15 y 17 pero no puede hacer una escala en medio por sus pistolas y debes quedarte ahí.

Ya una vez en el piso 16, la cosa no mejora mucho. El piso es bonito, amplio, alfombrado, de paredes blancas y luces indirectas –como dicta la última moda- pero de mobiliario escaso y hasta parco. Por ejemplo, ya nadie tiene PC’s de escritorio, todos trabajan con laptops que guardan en sus cajones, lo que hace ver los escritorios demasiado… simples. Tan poco es el mobiliario que nos tuvieron que autorizar unas mesas, sillas y nodos de red adicionales para poder trabajar los 12 consultores externos que estamos aquí. Y nos las pusieron, pero a la vista de todo mundo y pegadas a la ventana, haciéndonos sentir arrimados.

La red está muy restringida (no hay ningún chat, los peer to peer mandan una alerta a Sistemas y bloquean la red, no se puede acceder a ninguna página con PHP) y la estación de café tiene… sólo café y agua. No puedes comer en tu lugar y tienes que subir por fuerza al comedor y si vas fuera del horario de comida tienes que comer en unas mesas periqueras SIN SILLA (para no hacer sobremesa y no tardarte mucho).

Por eso prefiero el edificio de mi empresa (con elevadores normales) y trabajo más a gusto allá, donde también hay alfombra y en cada sala de juntas hay una jarra de agua, otra de café, no pasa nada si te llevas unas barritas a tu lugar como tentempié, y la red está libre de candados.

Peeero…

--2--

Ni modo, no quería pero ya ha pasado: varias veces en el mes me he quedado en la oficina hasta más allá de la medianoche. Lo curioso es que pensaba que mi equipo podría ser el único en todo el edificio que estuviera todavía pegado a sus computadoras, pero pronto resulté estar contundentemente equivocado: todavía a esas horas hay mucho movimiento y algún día me atrevo a decir que más de la mitad del piso seguía trabajando como si fueran las 3 de la tarde, pero con dos salvedades: Estaba oscuro allá afuera, y no sonaban los teléfonos. Pero además de eso, nadie parecía darse cuenta que en esos momentos bien podrían estar cenando, viendo su serie favorita o durmiendo: Los chicos con corbatas, las chavas de pierna cruzada, la música sonando (bajita), todos con cara de concentrados en sus computadoras y algunos incluso se convocaban a junta. Uno de los grandes de los grandes de la empresa, cuya oficina está cerca de la sala que normalmente apartamos para trabajar, estaba de negocios por teléfono con alguien a plenas 11 de la noche, y no se veía dispuesto a irse pronto. Incluso, un día que se me olvidó sacar el coche del estacionamiento y me tuve que ir en un taxi seguro a mi casa, platicando con el taxista (nada raro en mí) salió al tema que ellos han recogido gente todavía ¡hasta las 4 de la mañana! Qué terrible es tener trabajo atrasado que hacer.

Sólo de pensar que ser socio en la empresa significa que me quedaré hasta muy tarde diario haciendo juntas y sin poder disfrutar una tarde entre semana (o de perdida, de la luz del sol) se me quitan las ganas de seguir trabajando para una empresota.

Sin embargo…

--3--

La parte oscura del asunto es que a pesar de que he repetido hasta el cansancio que el que ahora me está coordinando (no Jorge el que mencioné en lo de Guadalajara, sino un chico nuevo al que la prisa no le corre en las venas) tiene la muy espantosa costumbre de pasarme a las 6:30 de la tarde demasiados pendientes que urgían para antier, no me dejan irme a acabar a mi casa a terminarlos y debo quedarme en la oficina, aunque Liz sepa que si me comprometo a terminar el trabajo lo hago.

A ellos parece que les encanta quedarse en la oficina hasta muy tarde y me ven con malos ojos cuando digo que yo prefiero terminar a las 2 de la mañana en mi casa que en la oficina. Les atrae más la idea de quedarse después del horario pero no llevarse trabajo a casa que salir a las 8:30 en punto y conectarse en casa (en pijama y con la cena al lado) para hacer una sesión de Messenger y que cada quien se desconecte conforme vaya terminando el trabajo.

Nótese como no estoy diciendo que me voy a ir a dormir, sino que voy a ir a mi casa a trabajar. Pero simplemente no es la idea que más eco hace.

Y es por eso que no he posteado. Cuando más temprano he salido es a las 9:40pm (cuanto más tarde, las 2:40 de la madrugada) entre semana y las 5 en viernes; de modo que ciertamente no me dan ganas ni siquiera de voltear a ver la computadora en el, uh, resto del día (Es eso, o dormir).

Ni he leído, ni he jugado, ni he dibujado, ni he visto a muchas otras personas que no sean las del proyecto…sólo casa-oficina-casa.

Extraño mi vida.

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Oyendo: Kings of Leon - Knocked up



Viernes: ¡No me quiero ir!

Tan pronto como me vieron todos en el lobby mientras hacíamos fila para el check-out, me preguntaron que a dónde había ido en la noche que no estaba en el cuarto. No mentí, pero no dije la verdad completa: simplemente “salí a buscar algún lugar cerca del centro”. Ellos me buscaban para irnos a cenar al Santo Coyote, un lugar que Mario el gerente llevaba toda la semana insistiendo que deberíamos conocer. Parece que les fue muy bien en la cena (que el lugar está precioso, que la comida es buena), pero que les fue mucho mejor en su última noche de juer... perdón, estancia en Guadalajara, aunque eso significara que llegaron de madrugada, para variar. Uno de ellos incluso ligó.

Siendo un hotel business class, la mayor parte de los hospedados viajan entre semana y el viernes salen de regreso a sus lugares de origen, así que la fila para el check-out era algo larga. Dejamos las maletas encargadas y llegamos a la promotoría a las 10.

Con todo profesionalismo, llegamos a fregarle y acabar para la presentación de los avances que sería a mediodía, antes de que saliéramos (los viernes sólo se trabaja hasta las 3). Ya desde entonces César (uno de los nocturnos habituales) no se resignaba a irse y se movilizó audazmente para ver cómo se podía quedar. La diosa Fortuna miró en ese momento a donde estábamos nosotros con tanto amor que no sólo había boletos disponibles para el sábado o domingo, sino que además la diferencia era de sólo $400 y uno de los del proyecto que fueron a cenar con nosotros el martes le ofreció poderse quedar en su cuarto sin problemas. No saltó de alegría sólo porque está luxado del pie, pero aún así no se animaba a quedarse a seguir la fiesta solo, quería que alguien lo acompañara y aunque todos estaban (estábamos) dispuestos, o nos alcanzaba el presupuesto o ya teníamos cosas planeadas. Sólo Rolando empezó también a barajar la posibilidad de quedarse.

Antes de la presentación hicimos un break para votar democráticamente a dónde íbamos a ir a comer nuestro último día. Las opciones eran El Chololo, el Santo Coyote o uno que no habíamos visitado: El Farallón de Tepic, en Zapopan y donde (nos contaron) hacían un pescado zarandeado muy bueno. En una votación cerrada, ganó el Farallón por un voto. Una vez acabada la presentación, nos despedimos de todos amablemente y salimos voladísimos pues en teoría acabando de comer visitaríamos el centro para comprar los souvenirs necesarios para los parientes.

Nos metimos en taxis y nos lanzamos al tráfico. No mucho (no es el DF, repito), pero sustancioso. De camino hacia allá pudimos pasar por la glorieta de la Minerva, y fue, de hecho, el segundo día que la vi y el primero tan cerca. Rodeada de una fuente, y dándole la espalda a la ciudad de Guadalajara, no es la escultura monumental que me imaginaba, de hecho es chiquita, pero de una expresividad y una fortaleza tal que no podía dejar de mirarla. Juraría que en momento de peligro, cual estatua de ánime se movería y tomaría la iniciativa para repeler al enemigo.

Después de un rodeo enorme, llegamos al Farallón, y el equipo aterrizó en blandito: Como todo buen restaurante de mariscos, tienen una hielera con ampolletitas de cerveza en la entrada para esperar tu turno mientras se desocupa una mesa. La fila era tan larga (y ellos tan sacrificados) que cada uno de ellos se acabó dos cervezas antes de poder sentarnos.

Por fin alcanzamos mesa. El lugar es ameno, espacioso y con iluminación natural pues los techos son altos y tienen tragaluces bien ubicados. Adornado como una chocita costera, tiene una tarima pequeñita donde se subió a tocar un grupo a medio camino entre mariachi y grupo norteño, cantando igual El Gustito que Cielo Rojo. Los meseros estaban más o menos (eso sí, todos de menos de 26 años) pero sobre todo uno de los de la barra tenía una carita de ángel preciosa. Como ya estaban todos encarrerados pidieron más chelas (esta vez micheladas) y yo pedí una Coca. Jorge me intentó picar la cresta diciéndome que nunca me había visto con una cerveza y que así “cuando me iba a integrar al grupo”. Yo nomás me reí y le dije que no me gusta la cerveza, sólo michelada y eso muuuuy de vez en cuando. Me apuró a pedir una pero me negué y ya no me volvió a decir nada por el momento.

Después del caldito rico de camarón que dan como aperitivo, pedimos varias cosas sin saber que aquí los platos están BIEN servidos. Yo en lo particular pedí una empanada de queso, una tostada de cebiche de pescado (que resultaron ser dos, y como montañas) y todos pedimos el tan mentado pescado zarandeado, que resultaron ser 30 cm. de pura carne cocinada como a la leña con especias y sin espinas, que estaba DE-LI-CIO-SA. Sólo dejé la mitad de una de las tostadas, pero el gusto de acabarme ese magnífico pescado no me lo quitó nadie. Parece que a los de más les gustó igual porque hubo quien incluso pidió una empanada más.

Íbamos acabando de comer y mientras escuchábamos al grupo se acercó una chica a repartir unos boletitos quesque para la rifa de un viaje. Y con ese pretexto nos quedamos un rato más. Del centro, ni quien se acordara.

Y aunque de verdad estábamos pasando un muy buen rato, con el pretexto a la mano vino más alcohol y los ánimos se pusieron más risueños. Llegó más cerveza y tequilas derechos. Yo pedí, sólo hasta entonces y por primera vez en el viaje, algo de tomar: un anís como digestivo. Brindé con ellos (“ya era justo”, me dijeron) y le puse atención a Pedro, que le estaba dando una clase de cata de tequilas a Liz, mientras los demás estaban risa y risa viendo a las muchachas y llorando porque ese día en la noche nos tendríamos que ir.

Como si no estuviéramos lo suficientemente contentos, la chava de la rifa llegó anunciando los boletos ganadores. Yo tenía el 94 y el boleto ganador fue… ¡el 93!. Rolando, a mi izquierda. Todos le aplaudimos, y mientras le explicaban cómo estaban las bases del viaje, pedimos otra ronda más de alcohol; ésta vez pedí un Midori pues tanto pescado zarandeado todavía me zarandeaba las tripas.

¿Más alcohol? Cómo no, más alcohol, cortesía del feliz poseedor de un viaje para dos adultos y dos niños a una bonita playa de México. Yo ya no quise, pero como ellos estaban bien animados pidieron la última ronda antes de irnos. Para éstas alturas César ya estaba llamando para hacer el cambio de avión, Rolando estaba todavía meditándolo pero más convencido que nada, Mario el gerente estaba contando chistes (malísimos, por cierto) y Jorge quería alcanzar a brindar conmigo con su minicopita de tequila al otro lado de la mesa. Llegó la cuenta, y entre la comida y la ronda que puso Rolando, se les cayó el sistema y nos trajeron DOS cuentas diferentes. ¡A una mesa de ingenieros!
Pedimos una calculadora y mientras unos hacían las cuentas mentales otro me iba dictando los conceptos, uno revisaba que estuvieran las cuentas iguales y alguien por ahí sacó su celular. Los meseros sólo se pusieron rojos y se nos quedaban viendo con cara de “qué bola de freaks”.

Corroboramos la cuenta, y para compensarnos adivinen qué nos mandaron…

…ésta vez pedí un Frangelico, y los demás tequila. Pero al final, Mario ya no podía con su último shot de reposado y le entré al quite, igual que con Jorge y su copita de tequila blanco, que cuando me tomé de tres tragos me puso una sonrisa sumamente extraña entre de maldad y de complacencia. Después del momento súper alegre nos entristecimos todos porque ya nos íbamos de Guadalajara, pero al final nos levantamos y salimos del restaurant.

Afortunadamente, yo metabolizo bien el alcohol, y bastante rápido. En diez minutos fui dos veces al baño y deseché lo más que pude, pero Anís + Licor de melón + Licor de almendras + Tequila blanco + Tequila reposado + Taxi de regreso al hotel con el tiempo encima no son una buena combinación ni para la cabeza ni para el estómago. No salí brother de ninguno de los del equipo pero sí me sentía mucho más relajado y más risueño aunque con un ardor fuerte de panza.

Después de las cuatro horas que duramos en El Farallón, ya no había tiempo de ir al centro (benditas escapadas) y de hecho, íbamos sobre el tiempo de llegar al hotel por las maletas e ir al aeropuerto. César nos acompañó para recoger su nuevo pase de abordar en el aeropuerto pero Rolando se desapareció, así que todos supusimos que 1) O se había ido a encadenar a la Minerva o 2) Fue a recoger su pase a otro lado, pero parecía inevitable que se quedara en Guadalajara. Le deseamos suerte a César (con un pie lastimado, la iba a necesitar para que no lo dañaran en los antros) y nosotros nos metimos a la sala de espera a, uh, esperar que llegara nuestro vuelo. Creo que todos hicimos uso de nuestra entereza para que no se dieran cuenta de todo lo que habíamos tomado, y se la creyeron. Todavía en la zona duty-free del aeropuerto estuvimos haciendo el último intento de comprar los encargos, pero a decir verdad, lo poco que había estaba feo y caro.

El avión venía retrasado, y en el DF estaba cayendo un aguacerazo. Alguien no quería que nos fuéramos, pero ni modo: Nos estaban esperando en Chilangolandia. Nos cambiaron a otra puerta y a pocos minutos de empezar a abordar, apareció Rolando. Resulta que había ido a resolver “un asuntito” a otro lado y quedó con César de hablarse para ver lo del cambio de vuelo, con tan mala suerte que (lo que no pasó en toda la semana) le agarró el tráfico y además se le acabó la pila del celular. Resignado y con la cola entre las patas, hizo fila con todos nosotros para abordar el avión.

Una vez más corrí con suerte: el asiento de ventanilla de mi lado estaba desocupado y me pude sentar ahí para ver para afuera durante el vuelo.

Volar de noche es muy interesante: Se puede ver el trazado de las ciudades o los pueblos y con la luz uno se da cuenta de lo grandes o lo chicas que son. Guadalajara, por ejemplo, es una ciudad no tan grande de noche y desde las alturas: se veía una mancha amarilla bastante más grande que el resto de las lucecitas alrededor.

El despegue no tuvo mayor incidente, pero con tanto alcohol, a la hora de levantar el vuelo se me bajó la presión al grado de que me hormigueaban las manos. MORÍA por una Coca, pero las azafatas se tardaron horas en empezar a servir. Cuando al fin me tocó a mí, me sirvieron un minivasito y además me dieron… una bolsa de cacahuates. No tenía muchas opciones y me los comí esperando que la grasa que tienen me alivianara un poco el dolor de cabeza.

Sí lo hizo, pero vino la parte divertida del vuelo: Llegamos a la Ciudad de México. Desde el aire, se ve como una GRAN sábana de luces amarillas que –literalmente- domina el horizonte. O lo dominaba, hasta que entramos a la nube de lluvia que nos dijeron que había, y todo se hizo gris, frío y turbulento. No fue mucho lo que duramos dentro, pero de todas maneras es admirable cómo un piloto puede empezar a descender el avión de noche y dentro de una nube.

La Ciudad se veía cada vez más grande. Entramos por el norte, pasamos a un lado del cerro del Chiquihuite y nos fuimos acercando al WTC; dimos vuelta a la izquierda, vimos Insurgentes con su interminable fila de autos y luego la torre de Mexicana. Seguíamos bajando, cruzamos Tlalpan y un poco después, TAPO; las casas ya se veían cada vez más cerca. Seguíamos bajando y cuando el avión se enfiló para la pista de aterrizaje juro que recé para que no cayéramos encima de alguna de las casas que rodean el aeropuerto: la última de ellas estaba a menos de 50 metros del avión.

No pasó nada y aterrizamos muy bien: Ya estábamos de regreso, a las 9:30 de la noche, en la Ciudad de México.

Ya no pude despedirme de nadie; como en algún momento del trayecto entre la sala de espera y la salida los perdí, mejor les mandé mensaje para despedirme de ellos (extrañamente, el único que me lo regresó fue Jorge) y le hablé a mi papá para localizarlo e irnos ya. El pobre, que estaba en el aeropuerto desde las 6 de la tarde (fue a comer con una amiga y no alcanzaba el tiempo para ir a la casa y regresar), ya no tenía ganas de manejar de regreso y me pidió que me llevara el coche a la casa. Entonces no me quedó más que meterme al tráfico de Circuito Interior hacia el sur en viernes a las diez de la noche y lloviendo.

El tráfico. El maldito tráfico.

Extraño Guadalajara.

Algún día regresaré como turista y desquitaré todo lo que no pude ver en este viaje, pero mientras, el lunes hay que estar muy puntual a las 8:30 de la mañana en Palmas y Periférico.



Jueves: Expreso de medianoche.

Llevaba dos días planeándolo: Ya había sido demasiada testosterona para mí que en la semana tuviera que estar haciendo comentarios asertivos ante las muchachotas de piernas largas que se dejaban ver en Guadalajara. No es que no estuvieran bien formadas (de hecho, se caen de buenas), pero no podía voltear a discreción cuando un tapatío de ojos (y manos) grandotes caminaba en mi dirección. Uno de ellos incluso se me quedó viendo y yo no pude hacer más que devolverle una discreta –y seguramente lastimera- mirada mientras ellos seguían sabroseando muchachas.

Entonces, decidí que el jueves sería mi día de fuga. Como los gerentes se estuvieron dando vueltas para seguir con las entrevistas que quedaban y algunos se fueron a desayunar invitados por el mismo Jaime a un lugar de Birria llamado El Chololo, me dejaron solo por ratos, en los que aprovechaba para buscar opciones y buscar las direcciones. Mi primer instinto, viniendo del DF, me llevó a buscar alguna Zona Rosa, y según como vi en Gay Guadalajara, no tenía que buscar mucho: Estaba trabajando exactamente a la mitad de ella.

La comida, de nuevo en el Sanborns. Los habituales cabeceando y medio crudos todavía. Nada fuera de lo ordinario.

Acabó el día laboral (y acabé con la paciencia del encargado de Sistemas); casi todos acabamos a tiempo, los que no se fueron a sus cuartos para terminar. Yo también me fui a mi cuarto a adelantarle a las Crónicas y en realidad, a hacer tiempo pues eran las 7 de la noche y no pretendía salirme tan temprano a ver cómo era el ambiente gay de Guadalajara.

Acabé de escribir lo más que pude a las 9 y a esa hora me alisté, suspiré fuerte y me salí. Era mi primera salida solo a un bar, y lo estaba haciendo en una ciudad en donde nadie me conoce, lo que da al mismo tiempo, la ventaja de no encontrarse a nadie conocido pero la desventaja de que nadie te puede echar la mano si sucede algo.

De suéter, camisa y pantalón de vestir, me subo a un taxi:
- A la Zona Rosa, por favor.
- ¿Perdón?
- La Zona Rosa.
- ¿Zona Industrial?
- ...a Vallarta y Chapultepec, por favor.

Éste primer desaguisado era suficiente para que mi instinto me dijera que algo no iba a ir bien en la noche, pero decidido a conocer el ambiente seguí adelante a la esquina mencionada (cerca de donde estábamos trabajando y el hipotético centro de la hasta ahora inexistente Zona Rosa).

Pagué el taxi y me bajé. Caminé hacia donde estaba el bar que había decidido visitar (el Link Bar) , pero siendo lounge, estaba demasiado tranquilo (y fresón) para lo que quería. Mejor aplicaría el plan B, un barecillo que se llama Revolución que vi cuando iba al centro el martes, pero lo haría con estilo: Me iría caminando.

Y caminando me fui. No es un recorrido pequeño: Son como cuatro kilómetros entre donde estaba y el otro bar, pero me dejó ver la parte de Guadalajara que me faltaba por ver: Muy tranquila y muy amable, si, pero con sus problemas de limpiaparabrisas, indigentes que se duermen en la calle entre la exposición fotográfica de Av. Chapultepec, graffiti, gente que trabaja de noche, esa parte que al turismo no le interesa ver pero existe, y está más cerca de nosotros de lo que nos gusta admitir.

Llegué a la entrada del bar, y a juzgar por los tres chavitos guapetones que salieron, debía ser un buen lugar. Nunca me había metido a un bar solo, pero no quería dejar pasar la oportunidad: tomé aire… y me metí.

Oh decepción. Vacío.

VACÍO.

¡Las diez de la noche de jueves y un bar cerca del centro vacío! Increíble, pero cierto.

La segunda decepción de la noche, pero tozudo como soy me negué a regresar al hotel y apliqué el plan C (¡Si! ¡Había un plan C!), para lo que me fui caminando al centro (ya no estaba a más de 20 minutos) y tomé un taxi que me llevara a otro bar, cerca del Link…

…pero el taxista tenía la tiernísima cantidad de veintidós días de ser taxista y no conocía la esquina donde le dije que me quería bajar. Tuve yo que decirle cómo nos irnos, YO, mientras me contaba que unos señores en la tarde le habían pedido ir a otra esquina, pero sobre la misma calle, y cómo mejor paró otro taxi y SIN COBRARLES LA MEDIA HORA que llevaban dando vueltas se los encargó al otro señor para que los llevara.

Sólo en provincia.

Llegamos. ¿Y qué creen?

Cerrado.

Así, cerrado. Éstos tapatíos no quieren que conozca su ambiente.

Triste por mi derrota, de todas maneras no me quería ir al hotel. Acabé en un cibercafé de 24 horas chateando con mi hermano, un amigo y otra amiga. David me contó una anécdota parecida que le sucedió en Monterrey: quiso entrar con su novia a la 1 am a un antro, y ya casi todos se estaban yendo pues cerraban a las 2. Supongo que acá el horario sería mas o menos parecido, ¡y yo haciendo tiempo para no llegar temprano!
Ya con ellos se me hizo más llevadero el trago amargo (aunque se rieron de mi desgracia) y hasta me entró un poquito de sueño. A las 12:20 tomé mi taxi de regreso al hotel, con la cola entre las patas y una noche de aventuras lésbicogays frustrada.



Miércoles: Pesado

Hoy empezamos más temprano pues quedamos de ir a desayunar al Sanborns para aguantar todo el día; sin embargo, de los 10 que somos sólo Liz, Mario el nuevo y yo estábamos listos para desayunar.

En vista de que los que salieron en la noche estarían a esta hora todavía cuajadísimos, nos fuimos nosotros tres a desayunar al Sanborns. Allá nos alcanzaron los gerentes, crudísimos pero al pie del cañón. Allá nos enteramos de la triste verdad: se la amanecieron y venían ¡en vivo! Jorge el jefe de la jefa (un gerente guapetón de pelo en pecho, barba de candado y preciosos ojos color miel, pero irremediablemente buga) era el más maltratado: todo el día cabeceó y destiló alcohol por los poros pero no pudo hacer nada pues se lo traían de entrevista en entrevista y fregándole en la computadora mientras no lo estaba. Yo me siento a su lado por esta semana así que en realidad me pude dar cuenta que el pobre en el pecado llevó la penitencia, pero el olor se diseminaba por toda el aula.

En realidad, el día de hoy resultó pesado para todos, crudos o no. Hubo mucha información que necesitamos procesar, gente a quien perseguir (hoy fui el encargado oficial de picarle el hígado al encargado de Sistemas, a ver quién aguantaba más), cosas por hacer y muchas, MUCHAS modificaciones que los entregables requerían para ir juntando las versiones finales, pues a pesar de que esta documentación sería pequeña, el tiempo para las entrevistas se redujo rápidamente cuando varios de los entrevistados avisaron que entre jueves y viernes tenían juntas o no iban a estar.

Para estas fechas, empezamos a notar que se sienten incómodos con nosotros en la promotoría.

Para la comida, Jaime, uno de los grandes dentro de la promotoría, nos prometió llevarnos a comer a un lugar llamado Karne Garibaldi, que una amiga ya me había recomendado ampliamente durante dos días. Llegar no es complicado, pero sí tedioso: está en una zona cerca del centro que tiene las calles muy angostas.
Karne Garibaldi tiene el récord Guinness al servicio más rápido del mundo, y en verdad lo tiene: tan pronto como íbamos ordenando nos iban despachando, aunque con ésos riquísimos frijoles con elote que hay en cada mesa no me molestaría esperar; y miren que no como frijoles, pero con éstos comí como para todo el año.

En parte, Karne Garibaldi tiene el servicio ultraexpress debido a que sólo venden una cosa: Carne en su jugo. Chica, mediana, grande, pero sólo carne y algunas otras cosas sencillas. Sin embargo, con la carne es más que suficiente: está algo picosa, pero la sirven con unos frijoles y todo eso bañado en su jugo. Delicioso. El servicio es de primera calidad además.

Nuevamente a la oficina, a intentar terminar lo mucho que había pendiente. Salimos de la oficina a las 6 pero llegamos al hotel a seguir trabajando en lo que faltaba. Cada quien acabó su parte a diferente hora pero quedamos de vernos en el lobby a las 9:30 para salir a cenar, ahora sí, todos juntos.

¿Si? Pues no. Jorge se quedó dormido (ya era justo) y Gérard, otro de los gerentes, simplemente no quiso ir, de modo que una vez más ocho de nosotros salimos a recorrer Guadalajara de noche.

El lugar esta vez fue Casa Bariachi, un lugar divertido que como variedad tiene bailes folklóricos (á la Amalia Hernández) y un mariachi juvenil que tocaba muy padre desde las de Chente hasta Juan Gabriel y con una particularidad: llevan arpa, como se usaba en el mariachi original. El negocio es el alcohol, pero para pedirlo te dan varias opciones de comida, y se decidió que nos traerían una botella helada de Tradicional y dos charolas con harta comida: Camarones rebozados, camarones con aderezo, carne adobada, filetitos de arrachera, ensalada, queso fundido, y tortillas de comal. Todo muy rico salvo el tequila, que en paloma no sabe a nada absolutamente nada.

Tocó el mariachi, se subieron dos espontáneos a cantar y el tercero fue un señor que se hacía llamar El Charro de Toluquilla. Chaparro, mal rasurado, panzón, morenito, de sombrero negro maltratado y hebillota pero con sonrisa franca y una gran actitud ante la vida, todos pensamos que se había equivocado de karaoke, pero nos salió con la grata sorpresa de que cantaba padrísimo como Vicente Fernández e imitaba rebien a Pedro Infante de borracho. El público (una mesota de Ensenada, una de Sonora, otra de Chihuahua, nosotros del DF y algunos perdidos de Guadalajara) no lo dejaba bajar, y hasta el mismo mariachi no se veía tan a descontento con que llevara ya tres canciones en lugar de una.

Los de Sonora contrataron al mariachi y cantaron dos canciones y un corrido antes de cederle el micrófono a… ¿quien creen? El Charro se echó otras tres canciones (una de ellas “Cachanilla”, con dedicatoria especial a los de Ensenada) pero el mariachi ya se veía molesto con la continua participación del –para mala fortuna- chilango. Tocó el mariachi otras dos, y le volvieron a quitar el micrófono, esta vez una chica guapa que cantó Amor Eterno suavecito pero melodioso.

Los chavos desviaron la atención para ver a unas chicas buenotas que entraron promocionando Bomba, una bebida energética estilo RedBull pero que tenía el agregado de estar siendo llevado mesa por mesa por dos güerotas espigaditas. Claro, ellos estaban que babeaban (por la vez número 157 del día) pero las chicas se acercaron a para venderme la bebida, y los simpáticos de ellos me compraron la botella nomás para tenerlas a ellas cerca.
Con todo y que me tomé una bebida energética en menos de diez minutos, Liz, Pedro (otro de nosotros) y yo estábamos cabeceando pero Jorge (que nos alcanzó casi a tres cuartos de comida), Rolando y los fiesteros habituales ya se estaban alistando para irse a otro lado a seguirla.

Eran las 12:40 y el día para nosotros ya había acabado, aunque para ellos la noche era joven.



Martes: Dios bendiga a Guadalajara y su vista privilegiada

El día empezó a las 8. Me levanté a bañarme, me vestí y como habíamos quedado, yo ya estaba listo en la recepción del hotel 8:40.

Salvo Liz –mi jefa directa- que fue previsora y pidió su desayuno desde ayer, nadie había desayunado (yo ni cené), así que todos nos moríamos de hambre. Pedí piedad para ir al Sanborns por un chocolate pero no me la dieron. Pasamos a la promotoría y con tanta suerte corrimos que no bien llegamos nos pidieron 10 minutos para limpiar, así que el Mario el gerente nos dijo al otro Mario y a mí que lo acompañáramos por “un juguito”. Acabamos en el buffet de Sanborns (al fin íbamos con el director del equipo) y me salí con la mía de comprar un chocolate para la media mañana.

El resto de la mañana fue rápido. Mi aprendizaje, también. Ayer, Rolando y Liz tuvieron que entrevistar al encargado de Sistemas y salieron cono el hígado al revés pues el ídem del chavo es de estos freaks de computación que se creen reencarnaciones de Bill Gates –pero Región 4-, fan de Star Wars y amo y señor del área de Sistemas. Yo estoy acostumbrado a tratar a éste tipo de personas (había varias en mi carrera) así que ofrecí mi natural empatía y mi carismática sonrisa (además de mis muchas ganas de subir en puntos dentro del equipo y a los ojos de los gerentes) para servir de entrevistador y recoger los datos que faltaron del día anterior. No hubo diagrama de flujo pero si varias observaciones específicas que se fueron directo a los archivos que yo tenía que completar, además de ganar la, uh, simpatía del tipo y lograr que soltara datos que a ellos no se los había querido dar. Liz (jefa de equipo, próxima promovible a gerente y quien me recomendó para el proyecto) me acompañó a la entrevista y quedó sorprendida.

La hora de la comida. El Sanborns no sería la opción hoy, pero las Tortas ahogadas sí. Teníamos antojo de algo típico y nos recomendaron un puestecito que estaba en la calle de atrás de donde está la promotoría.

Cabe resaltar que hasta el momento, Guadalajara había sido mayoritariamente femenino. Dentro de la misma promotoría, sólo hay 5 hombres y todo el resto del edificio está poblado de mujeres, más o menos la misma distribución del hotel y en general, de la ruta hotel-oficina-hotel. No es necesario decir que el equipo estaba maravillado (no es para menos, las chicas están rebien), pero yo esperaba algo más como para mí, aunque hasta el momento se me había negado.

Doblamos la esquina para la calle atrás de la oficina, y se hizo la luz.

¡Con que aquí estaban escondidos todos los hombres! Casi todos eran altos, guapos y fuertotes, pero todos, TODOS, tenían esos ojos tapatíos de leyenda que, bendito Dios, no son leyenda urbana.

Comimos en las tortas ahogadas y hasta me tocó jericalla. A mí me pareció todo medio desabrido, pero a mucha hambre no hay pan duro, y además satisfice mis ganas de algo típico. Después seguimos por la calle hasta una heladería y seguía la pasarela de hombres aunque desafortunadamente doblando la calle se me acabó el encanto.

Regresamos a la oficina y seguimos trabajando. Ésta vez sí salimos a las 6 pero tanto Liz como Rolando o yo no queríamos encerrarnos en el hotel a pesar de que ellos todavía tenían trabajo que hacer. Decidimos que como no sabíamos si el resto de la semana tendríamos chance de salir, iríamos a conocer el centro.

Fuimos al hotel a dejar las laptops, a pasar al baño y yo además tomé la cámara. Nos vimos en el lobby, y fuimos al centro. Extrañamente, para llegar al centro de Guadalajara, tomamos Chapultepec, doblamos en Hidalgo (donde vi un bar gay y como diez sexshops… ¿no que muy mochos?), pasamos Revolución y el taxi nos dejó enfrente de la Catedral, pero en el camino el taxista, muy amable, nos dejó interrogarlo acerca de buenos lugares para cenar, para comprar, para tomar, para ver, dónde estábamos, dónde quedaba el norte, a cuánto quedaba la Minerva…todo con una sonrisa y con su amable pero muy informada opinión.

Agradecimos profundamente y nos dedicamos a caminar por una gran parte del centro. Guadalajara en este momento pasó de ser una metrópoli agitada a un gran pueblo con aire de tranquilidad: Siendo las 8 de la noche, la gente hacía uso sano y hasta inocente de sus plazas públicas; fuera de los turistas que abarrotaban los restaurantes con terracita, el kiosco y la plaza a un lado de la catedral estaban ocupadas por niños corriendo, adultos sentados en las bancas platicando y en grupitos, adolescentes echando novio o gente simplemente paseando y disfrutando de una noche fresca en la tercera ciudad más grande de México en santa paz.

Nosotros hicimos lo propio. El taxista nos dio una pequeña ruta para la noche y nos dispusimos a seguirla. La relación fotográfica en orden, vacas incluidas:

[La Catedral de noche]
[El kiosko que está a un lado de la catedral]
[El ayuntamiento de Guadalajara]
[El escudo de Guadalajara]
[Beatriz Hernández, una de las primeras colonizadoras]
[La fuente de los Fundadores, atrás del Teatro Degollado]
[El Teatro Degollado]
[La plaza de las Dos Copas, entre el Teatro Degollado y la Catedral]
(nótese cómo la gente ocupa sus espacios en paz)
[La Muunerva]
[Leonardo da Vaca]
[Leonardo da Vaca con fondo de la Catedral]

No cenamos en el centro, mejor nos regresamos al hotel y allí cada quien pidió servicio a la habitación. Yo me puse la pijama y pedí cena de niño: chocolate y tarta tartin. Iba a la mitad de mi crónica del día (para ser precisos, cuando las tortas ahogadas) cuando sonó el teléfono. Era Rolando, que me esperaban en la recepción para cenar, así que le di save a la lap y me volví a cambiar para salir. Estaban todos, menos Liz (cuyo teléfono estuvo ocupado), así que en medio de puros bugas salí a cenar.

Por norma general, todo viaje debe tener algún imprevisto y nosotros nos habíamos salvado hasta el momento. Pero no por mucho tiempo: el taxi que nos llevaba a la mitad de la comitiva fue chocado por detrás de la manera más tarada (¡en un alto!) por un mono que iba contestando un mensaje. Al taxi sólo se le sumió la defensa, pero al coche del otro chico (un BMW) se le sumió la parrilla completa y la placa. El tipo aceptó la culpa y le pagó al taxista lo que le pidió -$1500- sin pensarlo. La cosa es que tenía que ir al cajero por el dinero, y el taxista por precaución lo acompañó para que no se le fuera a pirar, de modo que nos pidió que lo esperáramos cinco minutos. Mario el gerente (que venía con nosotros) ya quería llegar y prefirió esperar otro taxi que nos llevara. Sin embargo, mejor regresó el taxi con su lana por nosotros que otro taxi pasara por donde estábamos.

Llegamos al Amorcito Corazón), un restaurante bar con jardín muy monón pero fresa donde se ve que va parte de la gente bien de Guanatos, como la mesa de chicas que estaba en una esquina dejó ver. Claro, los otros estaban que se les volteaban los ojos, mientras yo checaba las instalaciones, la música ambiental harto bien seleccionada (Bossanova - Madredeus – Árabe – Enigma), la carta variadita y nada cara y en general, el lugar donde había caído.

Se pidió un tentempié de aguachile (camarones al limón en salsita de chile y cebolla morada) y de queso fundido en lo que llegaban los de otro proyecto aquí en Guadalajara. El aguachile estaba buenisisísimo, pero picaba y el quesito era una maravilla.

Llegaron los del otro proyecto: puro buga, y buga en serio. Entre todos, éramos 15 y de ellos 14 se seguían sabroseando a las chavas (la verdad es que había buen material) en lo que llegaba la cena. Yo pedí unas crepas poblanas buenérrimas y entre Mario el nuevo y yo le ayudamos a Mario el gerente con un molcajete enorme de carnes que le llevaron.

La cena transcurrió en buen tono. Los del proyecto nuevo son chistosísimos y todos nos estábamos riendo bastante, tanto que nos dieron la 1 de la mañana en el restaurant. La cuenta tardó siglos en llegar (“Bienvenidos a Guadalajara”, nos dijo un chico del otro proyecto) y al final nos dividimos en dos grupos: Los que íbamos para el hotel a dormir o acabar sus trabajos y el grupo que iba a seguir la fiesta, conformado mayoritariamente por los gerentes. Yo pa’ variar me estaba durmiendo y tan pronto me puse la pijama y toqué la almohada, me quedé dormido.

Además, el miércoles pintaba para ser un día muy pesado.



Crónica (detallada) de mi paso por Guadalajara

LUNES: A ciegas

Desperté 4:30 de la mañana. Mi papá y mi hermano me fueron a dejar al aeropuerto, pero ellos no se bañaron, así que con toda confianza desperté lo más tarde que pude. Me bañé, me puse mi traje y salimos 5:10 con toda la flojera del mundo. Tlalpan y Churubusco deberían estar así de despejados a todas horas.

Llegamos al estacionamiento del aeropuerto a las 6 en punto, la hora de la cita. Rolando, mi igual dentro de la jerarquía del proyecto, era el único de los que había llegado de los cinco que salíamos en el avión de las 7:30 para Guadalajara. A pesar de que un día antes me había dicho que la idea era ir de traje al menos el primer día, resulta que no, que era business casual para toda la semana, lo que me alegró mucho pues viajar con corbata a un lugar caluroso no es mi idea de un viaje, pero aún así se la refresqué bajita la mano.

Llegaron los demás, me presentaron a Mario -un chico nuevo que contrataron el viernes y luego luego lo mandaron a viajar (al menos a mí tuvieron la cortesía de decirme dos días antes) – y despegamos. Yo recordaba que el vuelo en avión era como de caricatura, con turbulencia y ruido y mucho movimiento, pero no. Sólo un ligero boink y estábamos en el aire. A decir verdad, el vuelo, salvo alguna turbulencia pequeña, fue bastante tranquilo.

El cielo, pasando la contaminación de la ciudad de México, es de un maravilloso azul intenso que, durante todo el viaje, tuve la oportunidad de ver por la ventanilla, además del paisaje de México desde las alturas, que es increíble. Pasamos pueblitos, pueblotes, pueblitititos y ciudades más grandes. De repente, unos diez minutos antes de aterrizar, pensé que estaba viendo el mar, pero una sospechosa orilla del otro lado me hizo recapacitar: Estábamos viajando por encima del GRAN lago de Chapala.

El viaje fue mucho más corto de lo que creía y cuando menos lo pensé ya era hora de aterrizar.
Mientras nos íbamos acercando a Guadalajara me fui dando cuenta que no era tan chiquito como pensaba: la mancha urbana era lo bastante grande para abarcar gran parte del horizonte.

Aterrizamos. Los que venían en el vuelo de las 8:10 nos alcanzarían en el hotel –el Camino Real Guadalajara Expo- así que partimos para allá con dos ideas: Hacer el check-in y desayunar.

A la hora del check-in tuvimos una sorpresa: Cada quien tendría un cuarto para sí solo, pero el voucher tenía que dejarse con una tarjeta y desde luego, Mario y yo no traíamos más que la tarjeta de nómina (sospecho que Mario ni siquiera eso), así que Rolando nos echó la mano dejando la suya para los tres cuartos (al final ese dinero se le reembolsaría al meterlo como gastos de viaje).

Llegamos a desayunar directamente. El buffet estaba caro y no muy bueno, pero para la hora que era nosotros comeríamos cualquier cosa. Nos sentamos, lo pedimos con cargo a la habitación y desayunamos con fe, fuerza y entusiasmo. Acabando de desayunar llegaron los gerentes (los del vuelo de las 8:10) y nos fuimos directo a la promotoría donde estaríamos trabajando.

Guadalajara es un DF en chiquito. No hay muchos edificios altos, pero aún así es una ciudad grande, con vida activa desde temprano, negocios transnacionales y avenidas grandes pero –maravilla de las maravillas- llena de arte por todos lados, llena de chicas guapas y buenísimas (aquí a todos los del equipo, bugas sin remedio, se les sale la baba a cada esquina), limpia y sin los niveles espantosos de tráfico que tiene el DF. Sin embargo, aún con ese ambiente cosmopolita, Guadalajara afortunadamente todavía conserva el aire inocentón noble de provincia que permite que te sonrían de regreso, que haya una cultura de responsabilidad admirable, que la gente sea honesta y amable y que en cualquier esquina puedas pararte a preguntar sin miedo a ser etiquetado.

Después de un recorrido como de 20 minutos donde pudimos constatar que el Cow Parade está presente en Guadalajara, llegamos a la promotoría, pero no teníamos un lugar para trabajar y a decir verdad, ni siquiera una agenda de trabajo. Después de unos minutos de confusión, apañamos una sala de juntas para hacer la presentación oficial del proyecto, para que nos conocieran, y para que se fueran preparando a soñarnos durante el resto de la semana: por cinco días seríamos la GESTAPO con laptops.

Terminó la presentación, y nos movieron de sala. Todo el piso (segundo) del edificio está ocupado por la promotoría de la agencia de seguros a la que se le vino a hacer la documentación de los procesos. Le preguntamos a otro Mario, gerente y director del equipo, lo que teníamos que hacer (seguíamos sin tener idea de lo que íbamos a realizar), nos dividimos el trabajo y cada quien, inmediatamente, se puso a hacer lo que le correspondía.

La mayor parte del tiempo para los demás fue hacer entrevistas. Yo estuve trabajando en la laptop pero escuchaba y veía cómo se hace una entrevista para la documentación de procesos. Un chico le hace mil preguntas al usuario/encargado y cada proceso diferente otro chico lo escribe en un pizarrón a la manera de un diagrama de flujo con datos adicionales como el número de horas invertidas, la capacidad pico del sistema, el número de usuarios que se encargan del proceso o los lugares de donde se obtiene la información para después pasar ese diagrama de flujo a la computadora y con la información adicional llenar ciertos archivos de Excel necesarios para saber lo que hay que mejorar. Y yo, con un ojo al gato y otro al garabato.

Dieron las 3, hora –literal, HORA- de comer y surgió un problema más: Dónde. Alguien nos sugirió un Sanborns a mitad de la cuadra y aunque nadie gritó de emoción –¡Tan lejos del DF y comiendo en un Sanborns!-, todos fuimos sobre la comida, pues ya era tarde y todavía quedaba mucho por hacer.

No les haré el cuento más largo: comimos, regresamos a más entrevistas, y salimos de la promotoría a las 7 de la noche, pero directo al hotel a acabar lo que faltaba. El regreso estuvo tranquilo aún siendo la hora pico de la salida de oficinas pero en particular sigo, hasta éste momento, sin saber distinguir en un mapa en dónde estaba y hacia donde me dirigía.

Llegamos sobre el business center del hotel (una vil salita de juntas con cuatro computadoras) a planear las actividades del día siguiente por fin, y a terminar los pendientes. Hubo una pequeña junta para saber cómo veíamos todos lo que estaba por venir y todos (menos Mario el nuevo y yo) coincidieron en que la cosa iba a ser leve, y a las 9 nos despedimos. Fue hasta entonces cuando pude pasar a ver mi cuarto por primera vez en el día, y eso que había llegado más de 12 horas antes.

He de confesar algo: La cadena de los hoteles Camino Real tienen fama de ser de buena categoría y frecuentados por la élite de la élite de los negocios. Pero para mí resulta extremadamente caro, oscuro y con una decoración mexicana avant-garde pretenciosa que no me acaba de convencer.

Personalicé mi cuarto: colgué la ropa, escogí la del día siguiente, puse todos mis áperos de higiene en el baño y perdí el estilo: Me quedé en pijama (una playera blanca y shorts enormes), me metí a la cama a jugar con mi emulador de NES y me puse a escribir esto que voy terminando. Son casi las 12, estoy muriéndome de sueño y una cama king-size me espera.

Mañana será otro día.



¡Guadalajara, Guadalajaraaaa!

Ya estoy en un proyecto. Pero con todo y que ya estoy haciendo algo, tiene sus desventajas: No tengo Messenger (ni Ebuddy ni Webmessenger) y hasta el chat de Gmail está bloqueado. No tengo contacto con ninguno de mis amigos y eso me estresa sobremanera pues una buena manera de aliviar la tensión del trabajo es mandándole zumbidos a alguien que está ocupado para espantarlo (jejeje).

Otra de las cosas que me tienen en shock es el horario: 12 horas (menos una de comida) de estar encerrado en la misma oficina hasta Palmas. Y uno que es sureño, invierte mínimo hora y media en ir o regresar, lo que además de limitar el tiempo que estoy con mi familia limita el tiempo que tengo para hacer otras cosas, como ir a danza.

Y lo más sobresaliente: Me voy toda la próxima semana a Guadalajara.

El jueves que me dijeron todo esto yo no sabía si reír o llorar (aunque siempre me inclino por la úlitma), pero hoy ya lo tomo con más calma: Entré por recomendación de la subjefa de equipo y además de que no le voy a fallar ni a ella ni a mí, dentro de ese proyecto puedo relacionarme con gente que tiene mucho tiempo en la empresa y que, bien o mal, pueden hablar de mí si hago las cosas bien.

Así que deseenme suerte con mi proyecto y mi viaje, que tenga oportunidad de tomar muchas fotos nacas (Yo en la Minerva, Yo en la catedral, Yo en el Hospicio Cabañas...) y de ver muchos tapatíos interesantes.

Si podemos, reportaremos desde la Perla de Occidente.


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Oyendo: Música Tradicional Mexicana - El palomito enamorado (Guerrero)



Miércoles de ceniza 2

(Deportes extremos para la Ciudad)

¿Quiere usted practicar un deporte extremo sin salir de la amabilísima Ciudad de México?

Intente cambiarse de zapatos mientras conduce en Calzada de Tlalpan, a las 7 de la noche.

Conducir nunca fue tan divertido.



Miércoles de Ceniza 1

(Cuando hay poco tiempo o dinero, pero mucha hambre)


¿Tiene usted poco tiempo para comer, o poco dinero, y mucha hambre?

Vaya a la tienda más cercana y pida:

  • Unos fritos amarillos ($3.00)
  • Una lata de Coca-cola de 400ml. (las chiquitas) ($4.50)

TOTAL DE DINERO: $7.50

TOTAL DE TIEMPO: 10 a 15 minutos. (Depende del hambre)

Créanme, con eso, uno se llena muy bien.



Anatomía de una función de danza

Parece mentira. Pero las funciones de danza tienen más adrenalina (y mucho menos glamour) atrás del escenario que en el escenario mismo.


Comencemos por el principio. Todo empieza por lo general unas dos horas antes de que arranque la función. Desde que uno ve llegar de a poco a las personas con todo el vestuario en ganchos con plástico, zapatos, sombreros, accesorios, similares y conexos, se atisba que las cosas atrás de un escenario son algo movidas. Pero esto es apenas el principio de las cosas.

De vez en cuando nos dejan pasar a la parte de atrás del escenario desde la entrada principal, pero usualmente pasamos por la entrada de artistas o de personal, que es una puertecita chiquita y medio escondida por la parte de atrás del edificio. Una vez ahí, no nos esperan camerinos deslumbrantes con espejos llenos de reflectores ni bandejas con comida. Con suerte (es decir, donde nos conocen) tenemos algunos camerinos ya asignados con un espejo, pero por norma general llegamos a armar nosotros mismos los racks para colgar las cosas o en su defecto dejarlas en una silla o el suelo. Con frecuencia nos tenemos que cambiar en los pasillos o en el proscenio.

Una vez que uno ha llegado y dejado sus cosas donde sea que haya podido, casi siempre -haya habido un ensayo previo en el teatro o no- sale al escenario, que con el telón abierto, la luz baja y con el aforo (cantidad de asientos) vacío es una mezcla extraña entre una paz bendita y un monstruo dispuesto a devorárselo a uno tan pronto se equivoque al empezar a bailar. Una de las cosas que yo más disfruto es ese momento en que uno puede salir a reconocer el escenario, ver todo vacío y respirar paz donde en unos pocos minutos se hará el caos.

Aunque en este punto de la historia no estamos todos los que vamos a bailar (nunca falta el que llega como rata atarantada ya empezada la función), empiezan los preparativos formales para la función. Mientras los que van llegando van a descargar todo el ménage, los que ya estamos ayudamos a marcar el escenario (siempre se marca el centro y las esquinas con masking tape de color, para referencia) evitando chocar con los ingenieros y tramoyistas que revisan las luces, los telones y la profundidad del escenario. Mientras ellos bajan las luces para cambiar focos fundidos o filtros mal puestos, nosotros marcamos lugares (es decir, damos un repaso exprés a la coreografía) en la mitad de adelante del escenario, y en la cabina se prueban los discos de la música y el guión técnico (que es algo como "21 segundos de la pista 5 para entrada, toda la pista 6 con ambientación roja y cambio a seguidor en el minuto 1.32 hasta el 1.45, 15 segundos de la pista 7 para la salida con cambio de luz roja a amarilla...").

Esto empieza a tomar velocidad. Sigue llegando gente, y entre más se acerca la hora de empezar, a uno le entran más los nervios. Siempre hay quienes tienen su primera vez (¡sobre un escenario!) y habemos quienes estamos corriditos, pero los nervios siempre estarán ahí.

Lo que eran murmullos para no discordar con el silencio del teatro vacío se van haciendo voces cada vez más fuertes hasta acabar en los gritos. Todos corren en todas direcciones, unos a ver los últimos detalles del teatro y la producción, otros a comprar los últimos boletos para los colados que avisaron que ya venían en camino, unos más a cambiarse y dejar listos los siguientes cambios de ropa y los que ya están en ese proceso, a ayudarle a algún amigo o bien a pedirle ayuda.

Éste es un apartado muy particular. Las primeras veces que uno va a bailar en un escenario, como relojito, aparta sus cosas y las deja lo más ordenadamente posible, y siempre siempre SIEMPRE busca un rincón o un espacio apartado donde no lo vean a uno cambiarse por aquello de la pena. Pero después de algunas veces, la conciencia gremial (Mafalda dixit) y la confianza lo envuelven a uno, y se da cuenta que todos están en la misma situación y van en el mismo barco. Y entonces surgen escenas curiosísimas como cuando uno de los chicos le ayuda a poner los botines a otro, mientras éste le abrocha la falda a una amiga que está ocupada acomodando el tocado de una cuarta que se ve en el espejo para asegurarse que se ve perfecta, aunque no se da cuenta que pisa las cosas del amigo que estaba poniendo los botines del primer chico.

Faltan diez minutos para que la función empiece. El telón está cerrado, los espectadores van ocupando sus lugares, los gritos se han ido apagando (para que no se oiga nada allá afuera y parezca que todo ya está en perfecto orden) pero las carreras siguen, si no es que aumentan. Y entonces, sucede:

"Primera llamada, primera"

La primera siempre cae como bomba. A lo mucho, faltan 5 minutos para que todo (música, telón, espectadores, bailarines, chongos, maquillaje) tenga que estar en el preciso sitio donde debe estar, y entonces la gente corre todavía más rápido.Los detalles se alistan, las personas se dan el último toque al vestuario (aunque no vayan a bailar inmediatamente), y se convoca a todos al escenario.

"Segunda llamada, segunda"

En el grupo donde estoy, se dedica el espacio entre la segunda y la tercera a hacer una concentración en grupo. Nos tomamos todos de las manos, hacemos un gran círculo en el escenario cuidando de no hacer ruido ni mover el telón, y cerramos los ojos. Una de las dos directoras del grupo, de voz firme y decidida pero extrañamente tranquilizadora, empieza a calmarnos las ansias recordándonos lo mucho que hemos trabajado, lo que significa que uno esté allí por placer bailando y pasando un buen rato en el escenario, la felicidad que representa bailar y recibir aplausos por los que están allá sentados y el compromiso que tenemos de hacerlo bien no por los de afuera, sino por uno mismo.

Nos apretamos fuerte de la mano, nos deseamos éxito todos, los que deben salir primero al escenario toman sus posiciones y los demás nos escondemos atrás de las piernas para ver el espectáculo desde nuestra posición privilegiada.

"Tercera llamada, tercera. Comenzamos"

La misma directora que nos dio ánimos sale a dar un pequeño discurso de lo que va a ver el público, alargando el momento y si es posible poniendo mas nerviosa a la gente que está ya ansiosa por bailar. Al fin termina, aplaude el público... y se levanta el telón.

Y entonces no hay vuelta atrás. This is it. Meses de ensayo tienen que rendir frutos en este momento.

Sonreír, concentrarse, no dejarse deslumbrar por las fuertes luces encima de nosotros, no voltear a ver a todos lados a buscar a nuestros familiares... todo mientras escuchamos la música, seguimos el ritmo y nos movemos sintiendo discretamente a los compañeros de los lados para no chocar pero evitando voltear descaradamente.


...o al menos eso me sucedía las primeras veces. No exagero cuando les digo que de un rato a la fecha no recuerdo absolutamente nada de lo que sucede arriba de un escenario y no por nerviosismo, sino todo lo contrario: por que no estoy pensando. Y no soy el único, muchos compañeros también evitan pensar (ojo: lo evitamos) pues como muchas de las cosas en la vida, entre más lo piensas menos lo disfrutas.

Termina la música. Nos aplauden (los de adentro más que los del público), damos las gracias, y salimos ordenadamente mientras otro grupo entra. Pero una vez fuera de la vista del público, la calma y la pose y toda la seguridad con la que se le ve a uno en el escenario da paso a risas nerviosas, caras de decepción, festejos de triunfo y sobre todo, prisa por salir a cambiarse para el siguiente baile; no importa que bailemos en 20 minutos, el chiste es cambiarse rápido para ver lo más posible de la función. Agarramos un chocolate o damos un trago del licor que sea que alguien haya traido (ambos de contrabando, pues no se pueden meter alimentos al teatro) y ocupamos de nuevo los lugares estratégicos entre las piernas del escenario para ver lo que sigue.

Nos decimos 'bien bailado, felicidades', pero nos comentamos lo que sucedió: quién dio una vuelta de más, quién no estaba sonriendo, la línea que estaba chueca, la pareja que se lució, lo padre que se veía la coreografía. Nos abrazamos, nos damos zapes simbólicos, nos procuramos unos a otros.


Somos una gran familia saliendo por partes al escenario a demostrar nuestro placer por bailar.

Termina la función. Se dicen las palabras finales, salen los que tienen que salir a dar las gracias y mientras se cierra el telón, todos respiramos aliviados. Esto ya se acabó.

Ya lo único que queda es cambiarnos de regreso a las ropas de calle y salir del teatro, pero hasta eso se disfruta y se hace sin mucha prisa.

Siempre la última parte de una función es la más relajada y en la que uno ya puede hacer todo tipo de bromas o comentarios mientras se cambia y deja en ganchos o en bolsas las últimas dos horas de su vida. Nos tomamos muchas fotos, salimos (a escondidas) a ver a nuestros familiares y preguntar ¿Cómo estuvo?, y en general, nos vamos despojando de a poco del golpe fuerte de adrenalina que representa una función de danza.

Después de hacer socialité durante la hora que siguió al final de la función, y ya con todas nuestras cosas empacadas de nuevo, salimos del teatro. Los que pueden y todavía tienen energía se van a comer o a tomar un café en grupos (porque entre que uno no come durante las funciones y la adrenalina gasta mucha energía, uno sale dispuesto a clavar el diente en lo que sea) para seguir platicando, pero otros -como yo- van como zombies, con hambre y con ganas de aterrizar en la cama (o en un baño caliente) directo al coche o al transporte público para regresar a sus casas.

Pero todos salimos del teatro preguntándonos cuándo será la siguiente función, pues ya no podemos esperar a repetir la experiencia de nuevo.

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Escuchando: Arcade Fire - Keep the car running



Hasta en esto soy volteado, maldita sea

Desde chico sabía que era diferente. No necesariamente especial, pero si diferente: soy zurdo, y eso hizo que me costara el doble de trabajo aprender algunas cosas muy básicas. Por ejemplo: Para el 70% de la población, ¿Cuál es la 'derecha'?

Exacto. La mano con la que se escribe.

Y como yo escribía con la izquierda, ésa era mi 'derecha', pero la mitad de la primaria me regañaron porque mi derecha no era la derecha "normal", la de todo mundo, y me provocó mucho conflicto. Todavía hasta hace poco tendía a confundir las dos direcciones.

Otro problema clásico es el del desarrollo de habilidades motrices. Todavía no sé recortar decentemente ni iluminar bien superficies amplias pues como los maestros se enfocan en la mayoría -diestra- de niños, no me pusieron mucha atención en ese aspecto, y a la fecha no puedo recortar finamente (o de perdida, derecho).

Pero el problema grande es otro. A los zurdos nos cuesta mucho trabajo tomar un lápiz. Fíjense: cada zurdo lo agarra diferente. Ésto viene desde que en la primaria los maestros, que no saben lidiar con un siniestro, le piden a uno que tome el lápiz "al revés que sus compañeritos" sin tener en cuenta que 1) apenas vamos afinando las capacidades motrices y somos torpes, y 2) los compañeritos tampoco tienen idea de cómo agarrar el lápiz. Eso, y que el alfabeto latino se escriba de izquierda a derecha, ligeramente inclinado hacia adelante (cosas difíciles para alguien que escribe con la izquierda), provocan un gran problema que se ha vuelto un estigma: los zurdos escriben sucio y tienen la letra espantosa.

Para evitar manchar el papel (al arrastrar la mano sobre lo ya escrito), casi todos los zurdos escriben o con una antinatural mano alzada o (me incluyo) con la mano un poco más abajo que el renglón, pero para remediar la mala letra no hay mucho por hacer. Eso sí, lo que todos hacemos es inclinar un poco el cuaderno para que la letra salga más derecha (lo que nos hace ver todavía mas freak), y hacer mucha presión con el lápiz para que la letra salga más clara (lo que nos cansa de más); pero realmente, para mejorar la letra lo único que podemos hacer es practicar mucho, casi siempre como respuesta a una agresión del tipo 'escribes horrible' típica de la mordacidad de la primaria y secundaria. Al menos ese fue mi caso.

¿Todavía no estamos satisfechos? Bueno, podemos enumerar, entre otras cosas, lo difícil que es para uno escribir en un teclado, abrir una perilla de puerta, usar una llave, utilizar un abrelatas, bailar con una pareja (los hombres), cambiar las velocidades del coche, comer con tenedor y cuchillo, etcétera, etcétera.

Aún así, ver que la incidencia de zurdos aumenta (hoy tres zurdos seguidos firmamos la entrada en la oficina), que la gente es más tolerante y en las escuelas ya no les amarran la mano para obligarlos a usar la derecha (como le pasó a mi papá) y que en general nos desenvolvemos bastante bien en un mundo hecho para derechos, me hace pensar que... [vean el link]

Digo, con todo respeto.


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Oyendo: Legend of Zelda, a Link to the Past - Sanctuary Dungeon



07 - Año cabalístico

Es un hecho. Platicando con varias personas, parece ser que éste 2007, primer año del nuevo siglo en terminar en 7 (número cabalístico), es el Año de la Justicia Divina. Éste año aparece lo perdido, y se paga lo que se debe.

Así que vayámonos haciendo a la idea. Todos tenemos cola que nos pisen, pero hay casos muy extremos. Así que a hacer balance y a aprender lecciones, o recibir recompensas.

Ojalá que para todos éste sea un bonito año.


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Oyendo: Mecano - La extraña posición



Primer post (y doble) del año

¡Feliz año nuevo!

No, no me cansé del blog. La cosa es que en la oficina bloquearon (entre otras páginas) Youtube y la página de acceso a Blogger, y ahora para pasar las horas de aburrimiento allá me he metido a jugar en Yahoo! Games. Ya me estoy haciendo bueno en Bejeweled y Dominó.

El chiste es que he tenido la intención de escribir, pero por una u otra no lo había hecho. Pero anécdotas nos sobran, así que hoy tenemos no una ¡sino DOS entradas! Y bastante larguitas, por cierto, para que no me extrañen mucho.

Disculpen la larga espera.

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UNO-1-UNO

En mi familia le sabemos a las manualidades...

Todos en la familia de mi papá tenemos la vena artística muy desarrollada. Carlos, mi ex, me dijo (no sin cierto tono burlón) que la mía era 'una familia muy varonil' porque le comenté que dos fines de semana antes de navidad fuimos mi papá, mi hermano y yo al mercado de artesanías de Coyoacán a aprender a hacer manualidades. Arturo aprendió a tejer por que quería hacerle una bufanda a su novia, yo me fui a las clases de origami para aprender a hacer cajas de papel con forma de estrellas de seis picos (muy monas, por cierto) y mi papá por no dejar se sentó conmigo, pero a aprender a hacer flores de papel. Lo que se le escapa al pobre de Carlos es que él también se pone a hacer manualidades con su hermana y que mi papá dibuja mejor que él y yo juntos. Pero en fin.

No era el caso de este post, regresemos. Un fin de semana antes de navidad fuimos a casa de mi abuela por que mi hermano estaba necio en que quería que mi abuela le ayudara a tejer la bendita bufanda porque, siendo novato (y buga), se hacía bolas con las agujas. Cuando llegamos, ellos ya tenían la mitad de la casa arreglada para Navidá pero estaban haciendo la otra mitad de los arreglos. Mi tío Roberto, que es maestro de Artes Plásticas en una secundaria (y closetero con una relación de cerca de 20 años) es el encargado y cabecilla de todos estos menesteres, seguido por mi abuela (que pinta cerámica, borda en listón y teje en todos los estilos) y mi tía Mónica (que también pinta cerámica además de tela). Pero todos en la casa hacemos cosas -más o menos- artísticas de un estilo u otro.

Total: llegamos y mi abuela se puso a enseñarle a Arturo lo que le faltaba y dónde le fallaba mientras yo le enseñaba a otra de mis tías a hacer cajitas de papel de otro tipo; ya desde ahí perfilaba cómo iba a estar el resto de la tarde. Un poco después, fuimos todos en procesión a conseguir el material que faltaba a Fantasías Miguel y como sucede en estos casos, salimos con material de más.

Llegamos a la casa, y mi abuela (que se había quedado terminando la bufanda de la novia de Arturo) ya tenía la bufanda y la comida listas. Comimos todos y después de un rato de sobremesa todo mundo -hombres, mujeres, adultos, niños, gays, bugas- le entró durísimo a lo de los adornos que faltaban. Imaginen la escena: mi papá y mi abuela pintando y decorando un bote, y nosotros como en producción en masa; yo hacía cadenitas de cuentas con un primo, las pasabamos a mi tía y mi otro primo que las acomodaban en unos palitos, ellos se las pasaban a otra tía y su hija que las acomodaban en las guirnaldas para hacer coronas, mientras Arturo y mi tío Roberto pegaban todo. Diez personas, una familia, haciendo manualidades y hablando como loros una tarde de domingo. Salimos de ahí como a las 6:30 de la tarde pero acabamos todas las joterías que estábamos haciendo. Por cierto que las coronas quedaron de buen tamaño, como de 50cm de diámetro. E hicimos bastantitas, como diez.

Ha sido de las ocasiones en las que más me ha gustado ir a casa de mi abuela.

Ahora a un poquito de distancia, y con un poco de ardor (sí, lo admito), me pregunto que hubiera dicho Carlos de habernos visto: O acaba por decirnos putos a todos, o pregunta en que puede ayudar.

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DOS-2-DOS

...pero también a la mecánica.

"Es una cantina de mariscos", me dijo Yasmín cuando me invitó. Y tenía razón: El Ocean Drive, aquí al sur de la Ciudad, es una cantina fresa donde igual te dan unas quesadillas de camarones deliciosas que te llevan un dominó; aunque en el privado, que era donde estábamos Yasmín, Mariné, su hermano, los amigos del hermano y yo el pasado viernes 29, probablemente hubiera estado fuera de lugar pedir un juego.

Hasta donde tengo entendido, se invitó a varias personas pero de todos los invitados fueron pocos. Especialmente sobresalía un ausente: Alejandro, que desde la escuela juega a ser nuestra madre. La Puta Madre, para ser precisos.

Ale había quedado de llegar al Ocean a las 12 de la noche pero no se había aparecido y es muy raro que él no responda a una invitación de éstas, así que le mandamos mensajes para saber qué había pasado. La razón: estaba en una gasolinera a dos cuadras, pero con una llanta ponchada cortesía de un bar cercano llamado Trastévere (Luego nos enteramos que a otra chica le hicieron lo mismo). Y siendo gay, era MUY improbable que él solo pudiera (o supiera) cambiar una llanta.

Para entonces, el hermano de Mariné and co. ya se querían ir a seguirla en casa de alguno de ellos (por que para variar les faltó dinero), y Yasmín y Mariné querían ir a otro lado, así que me fui con ellas primero por la Madre y de ahí pasaríamos al barcito donde una amiga de la Nena (Yasmín) nos había invitado.

Fuimos tres coches por Alejandro: Yasmín y Mariné en uno, la amiga y dos chavos bugas en otro, y yo solito en mi Chevycito. Alejandro tenía las intermitentes puestas y sorpresivamente, ya había quitado cuatro birlos de la llanta. Faltaba quitar el birlo de seguridad (que no entraba en la llave) y levantar el coche para sacar una llanta y meter otra. Aquí es donde viene lo divertido.

Resulta que éramos tres coches y NINGUNO traíamos herramienta mas que la de agencia, que es una llave pequeñita que no sirve de nada y un gato de manivela que es todavía más inútil, pero la mejor parte sucedió a partir de cuando todo mundo se quedó viendose la cara a la hora de poner el gato. Todos con licencia de manejo y nadie, NADIE, sabía poner un gato, más que su seguro servilleta. Entonces, con todo y pantalones nuevos (NUEVOS, recién estrenados), me acosté en el piso a poner el gato para, al menos, subir el coche un poquito. Yo no tengo fuerza en las manos, pero al menos puse el gato lo mejor que pude para que uno de los bugas que estaban con nosotros me hiciera el favor de levantar el coche. Cuando llamé a uno, en lugar de acostarse, la señorita se pone en cuclillas (ni las rodillas apoyó) y desde ahí intentó darle vuelta a la manivela. Desde luego, no pudo, y el tiempo seguía corriendo.

Un señor que había ido a cargar gasolina nos vio, se apiadó de nosotros, se acercó para preguntar si podía ayudar y como Deus Ex Machina, sacó un bonito gato de patín y una llave donde el birlo de seguridad si entraba, y mientras él me hacía favor de quitar un gato y meter el otro, yo hacía fuerza con el birlo de seguridad. Pero los bugas seguían sin moverse, Ale cruzado de brazos (el manicure francés sale carízzimo) y las viejas echando chisme.

Y mientras el señor y yo forcejeábamos con la maldita llanta que estaba metida a presión y no salía, todos ellos se nos quedaban viendo, pero sin hacer nada. Ni echarnos porras, vaya. Al final la llanta salió y metimos la otra, que estaba chueca y sólo aceptaba cuatro birlos. Y ellos sólo salieron del marasmo para agradecer (produndamente, eso sí) al señor que al igual que yo, tenia la ropa y las manos NEGRAS. Y como las toallitas que traía la Madre para limpiarse las manos ya se le habían acabado, fui a la manguera de agua a enjuagarme lo más que pude, pero igual ya estaba todo lleno de grasa.

Ya todos metieron su herramienta, cerraron los coches y nos pusimos en marcha para la siguente parada: El bar. ¿Si? Pues no. La amiga de Yas se adelantó junto con los bugas al bar y nos dejaron, pero nosotros veníamos al pendiente de lo que le pudiera pasar a Ale, con tan mala suerte que a dos cuadras de la gasolinera la llanta le empezó a vibrar y nos tuvimos que detener a ver que pasaba ahora.

Los birlos estaban flojos, el de seguridad de plano se había desenroscado por completo. Eran 1.45am en Av. Revolución y nosotros atorados esperando un taxi o una patrulla que nos pudieran prestar una llave de cruz. Después de varios semáforos y ningún taxi, tomamos la determinación de quitar el de seguridad y poner el otro birlo normal en su lugar, pero una vez más, Alejandro cruzado de brazos y Yas y Mariné viéndome hacer toda la fuerza posible para apretar bien los birlos y que no se fueran a salir de nuevo.

Tanto ajetreo había cansado a Alejandro, que mejor decidió regresarse a su casa y yo le hice segunda, puesto que el día no había sido bueno para mí tampoco y con la llanta ésta, menos. Las Nenas si se fueron al bar pero yo llegué a mi casa a lavarme las manos y a echar el pantalón (con doce horas de haberlo estrenado) a la lavadora, decidido a comprarme herramienta para que no me vuelva a pasar esto, pero al final contento de saber que si se me poncha una llanta, al menos no necesitaré que me rescaten.

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Oyendo: Bengala - Domingo a las seis (versión de estudio)