Crónica (detallada) de mi paso por Guadalajara

LUNES: A ciegas

Desperté 4:30 de la mañana. Mi papá y mi hermano me fueron a dejar al aeropuerto, pero ellos no se bañaron, así que con toda confianza desperté lo más tarde que pude. Me bañé, me puse mi traje y salimos 5:10 con toda la flojera del mundo. Tlalpan y Churubusco deberían estar así de despejados a todas horas.

Llegamos al estacionamiento del aeropuerto a las 6 en punto, la hora de la cita. Rolando, mi igual dentro de la jerarquía del proyecto, era el único de los que había llegado de los cinco que salíamos en el avión de las 7:30 para Guadalajara. A pesar de que un día antes me había dicho que la idea era ir de traje al menos el primer día, resulta que no, que era business casual para toda la semana, lo que me alegró mucho pues viajar con corbata a un lugar caluroso no es mi idea de un viaje, pero aún así se la refresqué bajita la mano.

Llegaron los demás, me presentaron a Mario -un chico nuevo que contrataron el viernes y luego luego lo mandaron a viajar (al menos a mí tuvieron la cortesía de decirme dos días antes) – y despegamos. Yo recordaba que el vuelo en avión era como de caricatura, con turbulencia y ruido y mucho movimiento, pero no. Sólo un ligero boink y estábamos en el aire. A decir verdad, el vuelo, salvo alguna turbulencia pequeña, fue bastante tranquilo.

El cielo, pasando la contaminación de la ciudad de México, es de un maravilloso azul intenso que, durante todo el viaje, tuve la oportunidad de ver por la ventanilla, además del paisaje de México desde las alturas, que es increíble. Pasamos pueblitos, pueblotes, pueblitititos y ciudades más grandes. De repente, unos diez minutos antes de aterrizar, pensé que estaba viendo el mar, pero una sospechosa orilla del otro lado me hizo recapacitar: Estábamos viajando por encima del GRAN lago de Chapala.

El viaje fue mucho más corto de lo que creía y cuando menos lo pensé ya era hora de aterrizar.
Mientras nos íbamos acercando a Guadalajara me fui dando cuenta que no era tan chiquito como pensaba: la mancha urbana era lo bastante grande para abarcar gran parte del horizonte.

Aterrizamos. Los que venían en el vuelo de las 8:10 nos alcanzarían en el hotel –el Camino Real Guadalajara Expo- así que partimos para allá con dos ideas: Hacer el check-in y desayunar.

A la hora del check-in tuvimos una sorpresa: Cada quien tendría un cuarto para sí solo, pero el voucher tenía que dejarse con una tarjeta y desde luego, Mario y yo no traíamos más que la tarjeta de nómina (sospecho que Mario ni siquiera eso), así que Rolando nos echó la mano dejando la suya para los tres cuartos (al final ese dinero se le reembolsaría al meterlo como gastos de viaje).

Llegamos a desayunar directamente. El buffet estaba caro y no muy bueno, pero para la hora que era nosotros comeríamos cualquier cosa. Nos sentamos, lo pedimos con cargo a la habitación y desayunamos con fe, fuerza y entusiasmo. Acabando de desayunar llegaron los gerentes (los del vuelo de las 8:10) y nos fuimos directo a la promotoría donde estaríamos trabajando.

Guadalajara es un DF en chiquito. No hay muchos edificios altos, pero aún así es una ciudad grande, con vida activa desde temprano, negocios transnacionales y avenidas grandes pero –maravilla de las maravillas- llena de arte por todos lados, llena de chicas guapas y buenísimas (aquí a todos los del equipo, bugas sin remedio, se les sale la baba a cada esquina), limpia y sin los niveles espantosos de tráfico que tiene el DF. Sin embargo, aún con ese ambiente cosmopolita, Guadalajara afortunadamente todavía conserva el aire inocentón noble de provincia que permite que te sonrían de regreso, que haya una cultura de responsabilidad admirable, que la gente sea honesta y amable y que en cualquier esquina puedas pararte a preguntar sin miedo a ser etiquetado.

Después de un recorrido como de 20 minutos donde pudimos constatar que el Cow Parade está presente en Guadalajara, llegamos a la promotoría, pero no teníamos un lugar para trabajar y a decir verdad, ni siquiera una agenda de trabajo. Después de unos minutos de confusión, apañamos una sala de juntas para hacer la presentación oficial del proyecto, para que nos conocieran, y para que se fueran preparando a soñarnos durante el resto de la semana: por cinco días seríamos la GESTAPO con laptops.

Terminó la presentación, y nos movieron de sala. Todo el piso (segundo) del edificio está ocupado por la promotoría de la agencia de seguros a la que se le vino a hacer la documentación de los procesos. Le preguntamos a otro Mario, gerente y director del equipo, lo que teníamos que hacer (seguíamos sin tener idea de lo que íbamos a realizar), nos dividimos el trabajo y cada quien, inmediatamente, se puso a hacer lo que le correspondía.

La mayor parte del tiempo para los demás fue hacer entrevistas. Yo estuve trabajando en la laptop pero escuchaba y veía cómo se hace una entrevista para la documentación de procesos. Un chico le hace mil preguntas al usuario/encargado y cada proceso diferente otro chico lo escribe en un pizarrón a la manera de un diagrama de flujo con datos adicionales como el número de horas invertidas, la capacidad pico del sistema, el número de usuarios que se encargan del proceso o los lugares de donde se obtiene la información para después pasar ese diagrama de flujo a la computadora y con la información adicional llenar ciertos archivos de Excel necesarios para saber lo que hay que mejorar. Y yo, con un ojo al gato y otro al garabato.

Dieron las 3, hora –literal, HORA- de comer y surgió un problema más: Dónde. Alguien nos sugirió un Sanborns a mitad de la cuadra y aunque nadie gritó de emoción –¡Tan lejos del DF y comiendo en un Sanborns!-, todos fuimos sobre la comida, pues ya era tarde y todavía quedaba mucho por hacer.

No les haré el cuento más largo: comimos, regresamos a más entrevistas, y salimos de la promotoría a las 7 de la noche, pero directo al hotel a acabar lo que faltaba. El regreso estuvo tranquilo aún siendo la hora pico de la salida de oficinas pero en particular sigo, hasta éste momento, sin saber distinguir en un mapa en dónde estaba y hacia donde me dirigía.

Llegamos sobre el business center del hotel (una vil salita de juntas con cuatro computadoras) a planear las actividades del día siguiente por fin, y a terminar los pendientes. Hubo una pequeña junta para saber cómo veíamos todos lo que estaba por venir y todos (menos Mario el nuevo y yo) coincidieron en que la cosa iba a ser leve, y a las 9 nos despedimos. Fue hasta entonces cuando pude pasar a ver mi cuarto por primera vez en el día, y eso que había llegado más de 12 horas antes.

He de confesar algo: La cadena de los hoteles Camino Real tienen fama de ser de buena categoría y frecuentados por la élite de la élite de los negocios. Pero para mí resulta extremadamente caro, oscuro y con una decoración mexicana avant-garde pretenciosa que no me acaba de convencer.

Personalicé mi cuarto: colgué la ropa, escogí la del día siguiente, puse todos mis áperos de higiene en el baño y perdí el estilo: Me quedé en pijama (una playera blanca y shorts enormes), me metí a la cama a jugar con mi emulador de NES y me puse a escribir esto que voy terminando. Son casi las 12, estoy muriéndome de sueño y una cama king-size me espera.

Mañana será otro día.



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