Kusatsu

CAVEAT: hay dos Kusatsu en Japón, el bonito (con onsen y todo) y el nuestro. El otro Kusatsu está en la prefectura Gunma, para el norte; nosotros estábamos en Shiga, básicamente en el centro de la isla principal.

No, no es apreciación propia, TODO PINCHE MUNDO nos dijo que no estaríamos en el Kusatsu (草津) padre con onsen (温泉 - aguas termales naturales) y que no nos sintiéramos mal si llegaba alguien a querernos cargar pila por eso.

El pueblo es... básico, digamos. Ayuntamiento, tres súper mercados, dos o tres mercados, dos estaciones de tren apropiadamente llamadas Kusatsu y Kusatsu del sur, un pachinko (tragamonedas japoneses), dos karaokes, un mall con cine y chingos de barecitos. La gracia, entiendo, es que Kusatsu se mueve alrededor de dos cosas: la fábrica de Panasonic y el campus de Ritsumeikan university (harto prestigiosa y harto cara, me dicen mis fuentes) a las afueras de la ciudad. Es bonito, y está a la orilla del lago Biwa, el más grande de Nipón, pero no es como la graaaan cosa. Como sea, lo pase bastante bien para los tres minutos que estuve en el pueblito... los otros seis meses estuve en Kioto de contrabando.

Kusatsu lo recorrimos Karla y yo. Neófitos en bicicleta. EN DOS HORAS. De extremo a extremo del pueblo (De Ritsumeikan a Aeon Mall) en dos camiones no hacíamos más de 45 minutos con paradas con paisajes preciosos producto de ser un pueblito en la ladera de un monte verde verde en verano.

¿Se acuerdan que en el post pasado nos habían dejado en el edificio que no era y nos regresaron? Desde el edificio nuevo, en el piso 11, tenía una vista increíble a las montañas que enmarcaban la autopista, y saliendo a la baranda se veía el lago Biwa a lo lejos como en un sueño. Y si me asomaba en el atardecer, ya no quería meterme nunca más a mi mini departamento.

Mini, les digo: baño, cocineta, pasillo, estancia-comedor-sala-recámara y balconcito en menos de 45 metros cuadrados. Depas de estudiante, pues, y todos iguales: era al gusto del habitante decorar con lo que tuviera a la mano.

Yo gusté colgar mi bandera de un lado, el póster de Yoshitaka Amano y un mapa de Tokio del otro, y mis libros y laptop en la mesita baja a los pies de la base de la cama sin colchón; nos dieron un futón. La suerte quiso que a la semana un chico estudiante de Ritsumei de algún lugar del mundo se regresara a su país y rematara o regalara lo que había ocupado. Su colchón me veía sensualmente y no pude hacer más que preguntar por el... me lo regaló con la condición de que me lo llevara bajo la lluvia pues no había transporte. Y ahí vamos el y yo del edificio viejo del post pasado a Crest Kusatsu, bajo la llovizna, a las 10 de la noche con el colchón en el lomo. 20 incómodos minutos para dormir como Dios manda 6 meses no es un mal trato.

Pero me adelanto. Cuando llegamos, nos estaba esperando una señora que medio hablaba inglés para enseñarnos uno de los departamentos y luego nosotros decidir cual queríamos para darnos dos llaves. En la demostración, se le sale a la vieja esa "...y aquí está el microondas. Sí lo conocen, ¿verdad?" Estuve a punto de mentarle la madre en tres idiomas cuando me acordé que desde Nagoya todos traíamos sombreros de palma puestos. Ni cómo defenderse.

Como fuera, cinco ingenieros intentan decidir cual sería su hogar los próximos seis meses. ¿Qué mejor manera que dar el nombre alfabéticamente, meter los números de depa a random.org y dejar que el azar hiciera lo suyo? Así me hice de un departamento en el piso 11.

Siguiente punto de la agenda: ir a comer con la señora a un lugar bastante sórdido en un sótano, y tramitar un pase de autobús medio extraño: desde la universidad hasta una parada antes de la estación del tren. Si nos pasábamos, o de subida -Crest está a la mitad de una montaña- lo tomábamos en la estación, cargo de 250 valiosísimos yenes. Caminar cinco minutitos, la fantástica cantidad de cero. El pase costaba, claro, pero con lo que se ahorraba uno en pasajes salía bastante benéfico.

Enfrente de la dichosa estación (Noji, según Google maps) hay un súper, Seiyuu (no como en 声優 -actor de doblaje-, sino como en 西友 -amigo del Oeste-) y uno de nosotros mientras comprábamos trapos, tazas, platos, tenedores, y ejem, comida, se aventó un "¡qué bueno que esto no es Walmart o algo parecido!". El ticket de compra le dio una cachetadota con guante blanco al aparecer, en chiquito, "Part of the Walmart family".
En esta placita hay un Mister Donut -que es como el paraíso con forma de donas- de donde ya hasta tenía tarjeta de cliente frecuente. Estuve como a tres donas de llevarme el bonito tupper de regalo con forma de león, pero un hospital me lo impidió.

Caso curioso, que no vi en otros lados en Japón: el cementerio estaba atrás del estacionamiento de bicicletas frente a la estación de trenes. No es el camposanto cristiano místico, bardeado y estúpidamente frío, al contrario: no hay cerca y está a un lado de un área de juegos infantiles. Como si su panteón de pueblo estuviera codo con codo con el kiosko de la plaza, haga de cuenta. Alguna vez pasé por ahí y acabé en los columpios, pero la verdad salí poco dentro de mi pueblito.

Regresemos a Crest Kusatsu. Quien me conoce sabe que se me quema el agua, big time. Kusatsu lo supo y enfrente del edificio hay una cocinita con comida para llevar a precios de estudiante que básicamente surtió mis cenas mientras estuve ahí. A un lado hay una tienda mágica mística maravillosa llamada 生活応援間 (せいかつおうえんかん - "tienda de soporte a la vivienda") que vende artículos de segunda mano à la japonaise. Es decir, nuevos. Si los amigos nipones leen un maga dos veces y lo venden, ya imaginarán.
La dichosa tienda fue objeto de escándalo y álgidas negociaciones entre nuestra encargada por parte de la asociación que nos llevó y uno de los ingeñeros. El insistía en comprar en la dichosa proveedora de la bonita familia japonesa y cargarlo a JICA con el argumento de que los departamentos "no estaban amueblados". Ella respondía que el departamento "estaba amueblado" y que cualquier artículo que quisiéramos saldría de nuestros bolsillos. "Amueblado", para JICA, aparentemente significa un baño, un micro, una lavadora, aire acondicionado y una base de cama; para uno que vive en un poco más de 3x4 "amueblar" implica sillones, mesas, escritorios, libreros... en fin. Cuando JICA finalmente torció su bracito, mes y medio después, yo ya tenía silla reclinable, escritorio, un librerito y hasta una plantita en un botecito azul. Sin hacer escándalo. ¡Ah! Y colchón, no olvidemos.

Las llaves. Cierto inge con afección por las bebidas alcohólicas perdió LAS DOS (No me pregunten cómo. Si sé, pero no les voy a decir.) El angelito se aplicaba en japonés pero no estaba tan pro como para pedir copias extra. Para empezar, ni sabíamos donde. Mientras, en castigo, pasó una noche en uno de los otros depas y al día siguiente, con una resaca de esas que no se le desean a nadie, investigó donde podía hacerse de las famosas copias y me pidió que hablara. Resulta que la inmobiliaria estaba a un lado de la estación de trenes... y bajamos. Con el sol de finales de abril. La cara de perro afligido la puse yo (el ya la traía integrada desde la noche pasada) pero nos dieron dos llaves. Al lunes siguiente yo dejé la mía de repuesto en mi lugar en el laboratorio, no fuera siendo...

...y me salvó. No, no perdí mi llave, pero ese episodio se contará después (involucra un aguacerazo, dos perdidos y una maleta rota).

Kusatsu (o al menos Minami Kusatsu -Kusatsu del Sur-, la estación de trenes que nos quedaba) está a gloriosos 25 minutos de la estación de Kioto en tren. De aquí en adelante Kioto se convertirá en la base de operaciones de estos relatos; no podía ser de otra manera si más de la mitad del tiempo la pasaba allá.

El campus Biwako-Kusatsu de la Universidad Ritsumeikan no está lejos de Minami Kusatsu, pero por alguna razón se me hacía eterno el viaje en camión. Sospecho que es por que da muchas vueltas para llegar (recordemos que es un pueblito; no es como que haya muchas muchas corridas de bus) y a las 10 de la noche dejan de dar servicio, lo que era un desmadre si llegaba uno bastante noche de un fin de semana de nervios en Kioto. En esos casos, los taxis me salvaron aún cuando por 15 minutos me cobraran 1,500 JPY, un escándalo si pensamos que el pase de bus costaba cerca de 6,000. Bueno, ya hasta saludaba a uno de los conductores...

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Oyendo: Poor Leno - Röyksopp [poooorcino...]



Diario de carretera

Este va a ser un post cortito pero, espero, ilustrativo.

Después de nuestro mes y medio en Nagoya como una gran (y muy disfuncional) familia, llegó el momento de separarnos en grupos de acuerdo a la especialidad que veníamos a estudiar; cada grupo significaba una universidad -y ciudad- diferente.

Los chicos que se quedaron en Nagoya nos salieron a despedir mientras los demás subíamos nuestras cosas -las que vinieron desde México y las que se nos pegaron en el ínter, a veces hasta bicicletas- a los camiones que nos iban a llevar. Una maestra de japonés, incluso, vino desde cerca de Toyota solo para despedirnos y aunque nos pasó su correo me dolió un poco saber que ya no la iba a ver diario.

Como fuera, los camiones nos esperaban; unos a la estación de trenes (los de las bicicletas, que de alguna manera extraña iban todos al mismo lugar) y a los que el camión nos iba a dejar en la puerta de nuestros nuevos hogares. No era un camión por ciudad, así que en auténtica lógica japonesa intentaron acomodarnos de acuerdo a como nos teníamos que bajar. Más de 20 mexicanos los dejaron en "visto" y se acomodaron según donde sus amiguis estuvieran más cerca.

Agarramos camino los que íbamos más lejos. La carretera es verdaderamente algo digno de verse: paisajes de película con esa luz particular que tiene Japón que ilumina las montañas, los arrozales, los bosques y las ciudades de una manera muy especial. Contrario a las salidas de escuela que habíamos tenido desde marzo, ninguno de nosotros iba echando desmadre; emocionados y nerviosos, sí, pero extrañamente muy callados. Después de descubrir un país, a tus amigos y compañeros por los próximos seis meses y medio (o más) y la manera de comportarse por estos lares, creo que es normal que uno entre en modo silencioso al salir de la ciudad que fue tu casa cuando llegaste a un país que no conocías.

Bosques, ciudades, lagos... el viaje fue todo menos aburrido. Nostálgico, si quieren, pero no aburrido. La parte realmente rescatable pasó cuando nos dejaron a mí y mi grupo de mexicanos en la ciudad donde nos íbamos a quedar.

Aún cuando desde unas semanas antes nos habían dado la ubicación de los nuevos departamentos (con licorería monumental en la entrada), ni al conductor del autobús ni a la "guía" del convoy les llegó el memo y el chofer se siguió hacia el viejo complejo de departamentos para estudiantes. Le dijimos cinco mexicanos en japonés "違う! そこでした!" ("¡Se equivocó! ¡Era allá!") pero nanai. Cuando se detuvo mejor nos bajamos nosotros a cargar nuestras maletas hacia Crest Kusatsu ya que no era especialmente lejos (los edificios de departamentos normalmente tienen nombres, digamos, curiosos en Japón)... pero nos regresaron. Que no, que siempre sí era donde le decíamos desde hace diez minutos. Maletas en mano, nos subimos de nuevo y sufrimos un poco mientras el camión tardó más en dar la vuelta en la calle de dos carriles que en llegar a las puertas de Liquor Mountain.

Mentando madres, nos bajamos con todas nuestras cosas en dos minutos (ya las habíamos sacado del maletero), nos despedimos desde afuera de los de dentro, vimos de reojo a Rikaman (contracción de リカーマウンテン, Liquor Mountain) y dejamos nuestras cosas en el lobby del edificio mientras nos daban nuestras dos llaves y el camión seguía hacia la siguiente ciudad. Lo que siguió ese día (y chingos de anécdotas de Kusatsu, la nueva ciudad), viene en el próximo post.

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Oyendo: Claro video - Las Olimpiadas en Rio 2016