Libélulas

Hace algún tiempo estuve en un grupo de danza con el que tuve la suerte de conocer Corea del sur debido a un concurso internacional acompañado de una pequeña gira por varias ciudades.

La ciudad sede del concurso, Cheonan, está llena de jardines y parques y la mayor parte de las actividades se harían al aire libre para aprovechar los foros amplios. La gira ya fue reseñada ampliamente en Twitter con correspondencia en Facebook y en este su blog suyo de ustedes. Pero lo que viene a continuación no lo había puesto hasta hoy.

En el segundo día que llegamos a esa bonita ciudad nos llevaron a reconocer el espacio donde serían las presentaciones finales, claro, en medio del parque más grande del lugar, Samgori. Entre mediciones de entradas y salidas, selfies y fotos de las flores salió de atrás de una fuente una libélula de escamas tornasol. Cuando una amiga la señaló, el director se limitó a decir "Son de la suerte. No se les vaya a ocurrir molestarla, déjenla volar" y como si nos estuviera oyendo se alejó rápido del grupo de 20 extranjeros.

Lo que no nos dijo el director es que aparentemente cuando se alejan también se llevan la bendita suerte que se supone que tienen. Todo lo bien que nos habían salido las funciones de gala de las dos semanas pasadas nos falló en los días del propio concurso: se olvidaron entradas y salidas, se olvidó (o cayó) utilería y hasta dos de los bailarines fueron a parar al hospital.

Sin embargo, y seguramente debido a lo bien que lo hicimos en las otras funciones, pudimos quedar entre los diez países finalistas, y aunque eran buenas noticias el ánimo estaba por los suelos. Con tantas fatalidades y a pesar de las porras que nos echaban algunos de los voluntarios, un día antes de la ronda final todo lo que queríamos era terminar y salir de ahí. Teníamos dos semanas de descanso en Seúl al día siguiente de terminar la competencia y de ahí solo quedaba regresar a casa.

Como fuera, llegó el último día completo de nuestra visita a Cheonan. Al día siguiente tendríamos los videos para regodearnos en nuestro dolor. Por ahora, a esperar nuestro turno, el sexto según había salido en el sorteo, y la pesadilla habría pasado.

Pasaban país tras país. Acabando las presentaciones se oían aplausos, cada vez más entusiastas, y detrás del escenario la tensión crecía hasta que al fin le tocó el turno a México. En uno de los momentos de cambios rápidos (donde por cierto le di espectáculo premier a las chicas de un país de medio oriente, que no sabían si taparme o taparse los ojos) pasó lo extraordinario: de entre el vestuario que había dejado en una banca detrás del escenario salió la misma libélula de cuatro días antes y extrañamente nos quedamos viendo por unos segundos. El brillo sostenido de sus escamas era hipnotizante.

Solo hasta que oí mi nombre en la angustiada voz de un compañero reaccioné y jalé con ganas de la camisa donde estaba parada la libélula, que tuvo que salir volando a la fuerza una vez que hubo regresado la suerte que se llevó.

Esa función, la última de México, fue prácticamente perfecta: coreografía precisa, vestuario completo, manos seguras para la utilería, el ánimo al tope de todos los mexicanos arriba del escenario y el poderoso aplauso de 2,000 personas que reconocían nuestro trabajo. Al fondo, en la cabina de audio, se veía la pequeña figura del director con una mano secándose las lágrimas y nuestro guía, Sun, brincando de emoción. Para cuando nos alcanzó detrás del escenario no nada más ellos dos, si no todos nosotros con la adrenalina al tope por haber hecho, en el último jalón, un gran trabajo.

El daño, desafortunadamente, ya estaba hecho y si bien no logramos el primer lugar quedamos en un decoroso quinto sitio, junto con el reconocimiento del alcalde de la ciudad y de compañías profesionales de danza además de invitaciones a varios festivales por los siguientes dos años.

En un giro raro del destino lo que pintaba para ser una historia triste se convirtió en fiesta esa noche y más celebración regresando a nuestro país. La vida me llevó por otros rumbos y tuve que salirme de esa compañía, pero entiendo que aún ahora debido a ese raro empuje de suerte ellos se van una vez al año de gira por el mundo.

Y yo, cada que me encuentro con una libélula me detengo a verla y decir "gracias" por lo bajito aunque parezca loco.

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Oyendo: Megaman X - Spark Mandrill



¿Más vale solo?

El lunes de hace dos semanas me diagnosticaron en la oficina con rinofaringitis alérgica, que para como me sentía yo pensé que era un eufemismo de "te quedan dos semanas de vida". Tanto así, que el día siguiente no fui a trabajar y básicamente fui un mueble consumekleenex de mi casa. Ese mismo martes mi familia me suelta la noticia de que como a mi hermano le dieron vacaciones en el trabajo se iban a ir tres días fuera empezando... el miércoles. Si yo hubiera tenido 10 años y 400 antibióticos menos el viernes hubieran encontrado mi casa peor que la del proyecto X.

Pero no. Entre la temperatura y mi sentido de la responsabilidad hice mi rutina tal como todos los días: pararme 5:30 a.m. y regresar cerca de las 8 p.m. a dar de cenar, cenar yo, lavar los tres pinchurrientos trastes que usé, preparar mis cosas del otro día y llorar en mi cama quedarme dormido viendo una película. Sin embargo, debo reconocer que tres días de vivir solo me recordaron que del otro lado del mundo actué el papel y me salió bastante bien. Exceptuando la parte donde hay que cocinar, me gusta mucho esto de llegar a casa y no encontrarte a nadie.

Debería salirme del departamento donde estamos ahora (que ya más que departamento de familia parece dormitorio de estudiantes), yo lo se, pero la cosa es que aún con peleas y GRANDES diferencias de opinión quiero mucho a mi familia y fue de lo que más me costó dejar cuando me fui a Japón. Ser responsable de las cosas que haces, compras, usas o comes es divertido aunque parezca pesado, pero también está padre llegar cansado después de un día pesado y tener con quien platicar cosas que a otras personas no tendrías la confianza de contar.

Como sea, pasaron los tres días sin novedad en el frente y justo JUSTO cuando decidí portarme "mal" (intenté visitar lugares non santos que, por fortuna, estaban cerrados) acabé regresando empapado, tarde y enojado. Sin embargo, al entrar a la casa y oir la televisión prendida tuve una sensación rara entre "Están invadiendo mi espacio" y "¡Qué bueno! ya regresaron".

De ahí para acá he escuchado la misma historia del viaje (con escenas editadas y material nunca antes visto) contada como 15 veces y aunque es tedioso los tengo de regreso y me da gusto que estén acá. Se oye un poco de vida en la casa.

Ya saben todos que me fui a Guadalajara con miras a quedarme allá y acabé regresando, pero al final teníamos mi hermano y yo algunas pláticas por Skype o Facetime y hablaba con mi papá por teléfono seguido, que es como lo mismo pero más barato. El día que de verdad me vaya y no vuelva no se que vaya a pasar. De mis amigos tengo experiencias mezcladas,a ver qué pasa con la mía.

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Oyendo: Disparaste a matar - Paulino Monroy