Llamadas desde ultratumba

El lunes me pegaron un sustote.

Sonó el teléfono en la tarde, y contestó mi hermano. Como la voz del otro lado del teléfono pidió "con Toño", él supuso que la llamada era para mi, y me lo pasó.

Transcribo tan textual como me lo permite la memoria:
Yo - ¿Bueno?
Voz - ¿Si, bueno? ¿Toño? Habla Gabriel.
-¿Quién, perdón?
-Gabriel.
-...ajá. ¿Y de donde me llama? [¿Gabriel? ¿Gabriel quién?]
-¿Habla Toño? Soy Gabrieeeeel. [Desesperado]
-Perdone, no lo reconozco...
-¡Soy Gabriel, el vecino de tu mamá!

En ese momento no supe si llorar o reír. Si de verdad era vecino de mi mamá, la larga distancia tendría que haber salido muy cara. Si me estaban jugando una broma, sin ningún reparo podía haberlo mandado a chingar a su madre. Si era un eufemismo para 'Soy vecino de la casa que está a nombre de tu mamá' de todos modos no tenía que haber hablado conmigo, sino con mi tía.

Por todos lados, la situación era incomodísima. ¿Qué decirle?

Mi papá, como Deus Ex Machina, salió al quite:
-¿Es un tal Gabriel?
-Ajá.
-Ah. Es para mí.

Resulta ser que el tal Gabriel sí es vecino de la mamá de un Toño: Mi papá.

Este chico estaba vendiendo un celular, y mi abuela le dijo que "su hijo Toño" estaba interesado en cambiar el suyo, y le dio el número de teléfono de la casa. Vaya cosa.

Y al final, el Gabriel venido desde el más allá (Coacalco), si le vendió su celular a mi papá.

Yo, por si las dudas, no quiero usar ese teléfono. ¿Que tal si está embrujado?

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Oyendo: Final Fantasy IX - The place I'll return to someday (Flute intro)



No me debí de haber levantado hoy

Hoy no fue mi día. Entre muchas cosas (tengo una gripa espantosa, a mi hermano lo hospitalizaron, a una amiga la asaltaron, mi ex me mandó mensajes del celular de su novio para hacerme saber que *los dos* están conmigo), pasó lo siguiente:

Aún con la gripa que me cargo, me desperté 5:45 de la mañana a meterme a bañar por que me inscribí en un curso que empezaba a las 8.45 de la mañana en las oficinas de Palmas (al norte de la Ciudad de México). Me metí a bañar, me tomé un té y una pastilla y salí de mi casa, con el frío de la vida, a las 7.

Cuando tengo que ir hasta allá no llevo coche por la sencilla razón de que no hay lugar de estacionamiento. Mejor dicho, sí lo hay, pero cobran 18 pesos la hora. La cosa es que no llevé coche y me subí al pesero, donde del frío que hacía pasé al calorón terrible que me iba dando en la espalda a medida que el día clareaba. Por supuesto, me estaba haciendo estragos la garganta, pero lo mejor es que el tráfico estaba PARADO. Un trayecto de 17 kilómetros me costó 1:45 hrs. Desde luego, ya iba yo con dolor de cabeza, retrasado y todavía me faltaba tomar el metro y otro pesero.

Para no hacerles el cuento muy largo, el metro se detuvo en dos estaciones, y en lugar de pesero tuve que tomar un taxi para poder llegar por que el tráfico también estaba detenido por allá.

Llegué media hora tarde, mareado, con dolor de cabeza y garganta. Llego al salón donde se iba a impartir el curso y... cerrado. Con llave.

Busco otras alternativas (otros salones donde puedan estar, gente que los haya visto pasar, etc.) y nada. Finalmente hablo con la encargada de Recursos Humanos para saber si hubo algún contratiempo y me sale con la maravilla de respuesta siguiente:

"¿...pero que el curso no era mañana y pasado?"

Sentí cómo me subía la temperatura (y se me revolvía el estómago) mientras ella me leía el memo del curso, la hora y el lugar. Resulta que yo había visto mal la fecha y claro, hice dos horas y cuarto de viaje con una gripa terrible en balde. De menos me dejaron faltar hoy, por que de hecho tenía que haberme ido a mi oficina, pero en vez de eso fui a ver a Arturo, que está, aún a esta hora, internado en el hospital.

Desde luego, el trayecto de regreso no fue mejor. Hice dos horas de tráfico a vuelta de rueda.

Sólo falta que mañana llegue 20 minutos antes de la hora. Pa' como voy, igual y se cancela el curso.

Maldita gripa.


(Ustedes disculpen la poca coherencia y ritmo del texto, pero todavía me duele la cabeza)


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Oyendo: Utada - Easy Breezy



Tradiciones que no se pierden

Ya llegó la Chilindrina, a pedir su mandarina,
Ya llegó el Chavo del Ocho, a pedir su bizcocho,
Ya llegó Pancho Pantera, a pedir ¡su calavera!.

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En mi casa siempre hay dulces. Normalmente son bombones, gomitas y algún otro chocolate, y además para esta temporada yo compré calaveritas de chocolate para mi casa y para repartir calaverita entre mis amigos.


Afortunadamente, eso nos salvó el miércoles primero, Día de los Muertos Chiquitos, día en que los chiquitos salen disfrazados a las calles a pedir su calaverita, o su triqui-triqui, como sé que le dicen en el norte.


Entre los tres preparamos, además de una ofrenda preciosa para mi mamá y algunos de nuestros difuntitos, un adorno grande de Día de Muertos (una Catrina de un metro de altura), y muchas bolsitas para repartir ese día en mi casa al sur del D.F. donde, afortunadamente desde que tengo uso de razón se ha conservado la tradición.

Las bolsitas contenían lo siguiente: Una bolsita de los multiafamados Totis (unos aritos con sabor a sal y limon), dos Seltz Soda y un fantasmita (una paleta de caramelo forradas de papel crepé blanco, y con las caritas pintadas por mi). En años pasados casi siempre habíamos dado bolsas con palomitas y con frituras, pero este año quien sabe que nos dió por hacer algo distinto. En fin...

...los niños este año hacían fila para recibir su bolsita correspondiente (y eso que vivimos en cuarto piso), mientras otro grupo de chavitos rondaba las calles de mi manzana. Había de todo: momias, brujas, vampiros, Freddies Krueger, calacas, Catrinas, Lloronas y hasta una calabazota de 3 años acompañada de sus papás.

Fue padrísimo saber que después de dos años donde los niños casi no salieron, este año se dejó venir la chaviza pidiendo calaverita. Pero ahora fueron demasiados y las bolsitas se acabaron rapidísimo. Después de dos horas de recibir chamacos, ya no había bolsitas (se hicieron cien) y mi papá y Arturo se estaban organizando con montoncitos de monedas, paletas, chocolates, las mencionadas gomitas y todo lo que sobrara para repartir a los niños que seguían rondando Villa Coapa.

Llegué de la oficina y ayudé en lo que pude. Saqué las calaveritas de chocolate y los bombones y me salí con ellos a dar calaverita en el zaguán de mi edificio, donde se nos acabó todo. Todo menos unas dos o tres paletas.

Ya eran casi las 10 de la noche y la calle se iba vaciando de niños. Iba regresando muy contento a mi casa mientras me papá se quedaba a dar las paletas que quedaban, y oí como una chica muy linda agradeció la paleta y al final, antes de correr a otra casa, le dijo a mi papá "Felíz Día de Muertos, señor".

Yo no supe qué cara puso mi papá, pero yo puse una gran sonrisa y me dije a mí mismo que la friega de hacer regalitos y tantos años de conservar tradiciones tan bonitas como ésta, valen la pena con sólo una respuesta sincera y risueña como la de la chica.

Ojalá ustedes (y sus difuntos) hayan pasado un felíz Día de Muertos también.

Oyendo: Trío Tlayoltiyane - La Petenera