Nabana no sato

En la recepción del dormitorio donde nos estábamos quedando nos sugirieron visitar un lugar llamado Nabana no sato (なばなの里) que no estaba exactamente cerca, pero valía la pena las tres horas a lomo de burro.

Total que dijimos casi todos que sí. "Casi todos" significa no menos de 15 latinos ruidosos muy perdidos y casi recién llegados al otro lado del mundo (o el futuro, como me decía un amigo). El rollito de la estación de trenes ya lo escribí por acá, pero si les da flojera dar un clic extra se los resumo: nos separamos en dos grupos. El grupo en el que iba yo salió un tren atrasado.

No era mentira eso de que no estaba cerca, al menos en estándar japonés. Google Maps me azota en la cara que hicimos una hora y piquito entre caminar, perdernos en la estación, tomar el tren, bajarnos y perdernos en la estación para tomar el bus que, finalmente, nos llevaría a la puerta del parque temático. Pero valió cada minuto el viaje; tanto por el viaje en sí (cruzando arrozales, ríos, lagunas y pueblitos) como por la tarde Y noche que estuvimos ahí. Es caro pasar (JPY 2,000 la entrada) pero se compensa con cuponcitos por la fantabulosa cantidad de JPY 1,000 para gastar ahí dentro pero no en todos los lugares. No se puede todo en la vida.

Entrando entrando está la tragadera los puestos de comida, todavía cerrados (a la distancia, sospecho que están estratégicamente localizados para comprar la caminera de regreso. Well played, Japan.) Enfrente, flores. A la izquierda, flores. A la derecha, árboles de flores. Alrededor, nativos de Extranjia y nacionales por igual abarrotando el mega parque. Todo iluminado como de ensueño.

Entre tanta florecita, y después del súper drama de separarnos para llegar y que el grupo de avanzada llegara por gracia de Dios, decidimos... sí, separarnos pero ahora en grupitos que ya dejaban ver quien se iba a ir de pedo con quien los siguientes siete meses. Pero me desvío.

Grupitos, dije. Y de cualquier manera, mientras decidíamos si ir a los árboles o mejor al invernadero de begonias o al lago o al mirador de 15 minutos pero 3 horas de fila... apliqué un YOLO y me les perdí. Casual. De todas maneras teníamos una hora decidida para vernos todos en la entrada y tomar el último camión de regreso.

Si no hubiera sabido japonés me hubiera puesto a llorar como niño en la feria para que pasaran los guardias y me llevaran a la puerta (igual y hasta me regalaban comida). Pero no: hice mi ruta solo y probé mi suerte hablando aunque fuera mal, pero para esto me había entrenado la mitad de la adolescencia, así que tenía que servir de algo.

Hice mi propia ruta. Primero el terreno de los árboles. No eran, tristemente, cerezos (de los que ya hablamos en la entrada de Nagoya); más bien eran ciruelos y algunas otras especies plantadas con el suficiente espacio para que puedas apreciar cada árbol con calma -y la concurrencia lo entiende. No se empuja, no se apelmaza en un lugar y respetan el orden sugerido para recorrer el terreno.

Pasé enfrente del invernadero y me dolió un poco el codo: otros JPY 1,000 para la entrada. Mejor me sigo caminando con dirección a la fila inmensa del mirador estilo OVNI-pesero (se sube gente, se sube el, baja el, bajan a la gente). 15 minutos de ver tus terrenos pero una fila que parece Six flags en domingo de vacaciones; ahí definitivamente no voy a entrar, mejor me regreso al invernadero.

Fueron 1,000 yenes que me dolieron al pagar pero valieron la pena una vez dentro: no solo había begonias, la pared rebosaba de orquídeas, margaritas, crisantemos, girasoles y otras tantas flores. Como sacado de alguna película de animación, aquí si podría uno echar novio sin ningún problema. Fuera ya empezaba a hacer frío.

Empieza a anochecer sobre un campo plantado de árboles y flores y podría ser así de romántico como lo leyeron si no estuvieras rodeado de otras 2,000 almas. Empiezan a iluminar los árboles desde abajo y se empieza a descubrir la verdadera magia del parque: el espectáculo de ver todo el parque iluminado por luces suaves sí puede enamorar... pero lo mejor viene a continuación.

Letreros que dicen "Continúe hacia el túnel de las luces" iban apareciendo por el caminito marcado a la vez que la gente se detenía más y más. Cuando finalmente llegamos al dichoso túnel, entendí por qué: el "túnel de las luces" es precisamente eso: un túnel lo bastante amplio y grande para que todos crucen sin problema, REPLETO de foquitos con forma de flor y, aunque es largo, con la pura cara de menso que pone uno al pasar por ahí es más que suficiente para que la gente se vaya deteniendo mientras atraviesa.

Al final del túnel te mueres. Sí, de la impresión de ver la verdadera estrella del parque: un montaje de mapping sobre unas colinas con todo y efectos de sonido que deja pendejo al resto del megajardín. No recuerdo cuanto tiempo dura, pero sí me acuerdo que lo grabé en la cámara y en el celular por si acaso. Atrasito del mirador para el mapping había un puestito triste y desolado que escribía "甘酒" en un cartelito. Amazake es una bebida dulce, caliente, sin alcohol hecha de arroz. El primo puberto del sake, pues. Y con el frío de la noche, sabe como a un regalo de Dios para el mundo.

Para salir del mirador y regresar al punto de partida hay que atravesar otro túnel de luces, ahora con más para apreciar y, claro, la misma gente haciendo la misma cara de menso al pasar.

¡Es hora del show! En medio de Nabana no sato hay un inmenso lago que estaba a punto de tener un juego de fuentes iluminadas al compás de música clásica. De fondo, una casita tipo chalet que le da un aire muy extraño a todo una vez que reaccionas que estás en una isla de Japón.

Show's over, folks. Y mis patitas me mentaban la madre después de caminar sin parar unas cinco horas. Pero como caído del cielo (o más probablemente gracias a un buen diseño del parque) las mismas patitas me condujeron a un 足湯 (ashiyu), que no es más que una salida "natural" de agua caliente que los viajeros usaban, precisamente, para relajar los pies mientras iban de un poblado a otro. ¡Sin costo! (salvo por las toallitas para secar las patas una vez que te cansas de tener los pies mojados y calientitos pero la espalda fría). Me quedé a posar mi cansancio ahí por lo menos quince minutos y decidí que era un buen momento para buscar más mexicanos regados por el parque.

Sí, estaban donde los dejé. Y mientras ellos por indecisos recorrieron A, B y C, yo fui de A hasta F y compré atolito japonés. Fui un poco la envidia de varios, que seguro no se atrevieron por falta de valor para hablar lo que practicábamos en clase.

Unos abrazos e intercambios de opiniones después, había llegado la hora de irnos comer, que haciendo cálculos no teníamos nada en la panza desde como las 12 del día. Después de algún ramen o unas salchichas preparadas, ahora sí, el día había llegado a su fin.

Y sin preocuparse mucho: todos conocíamos el camino de regreso, aunque lo hayamos hecho en dos tandas.

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Oyendo: Perfume - FLASH