Viernes: ¡No me quiero ir!

Tan pronto como me vieron todos en el lobby mientras hacíamos fila para el check-out, me preguntaron que a dónde había ido en la noche que no estaba en el cuarto. No mentí, pero no dije la verdad completa: simplemente “salí a buscar algún lugar cerca del centro”. Ellos me buscaban para irnos a cenar al Santo Coyote, un lugar que Mario el gerente llevaba toda la semana insistiendo que deberíamos conocer. Parece que les fue muy bien en la cena (que el lugar está precioso, que la comida es buena), pero que les fue mucho mejor en su última noche de juer... perdón, estancia en Guadalajara, aunque eso significara que llegaron de madrugada, para variar. Uno de ellos incluso ligó.

Siendo un hotel business class, la mayor parte de los hospedados viajan entre semana y el viernes salen de regreso a sus lugares de origen, así que la fila para el check-out era algo larga. Dejamos las maletas encargadas y llegamos a la promotoría a las 10.

Con todo profesionalismo, llegamos a fregarle y acabar para la presentación de los avances que sería a mediodía, antes de que saliéramos (los viernes sólo se trabaja hasta las 3). Ya desde entonces César (uno de los nocturnos habituales) no se resignaba a irse y se movilizó audazmente para ver cómo se podía quedar. La diosa Fortuna miró en ese momento a donde estábamos nosotros con tanto amor que no sólo había boletos disponibles para el sábado o domingo, sino que además la diferencia era de sólo $400 y uno de los del proyecto que fueron a cenar con nosotros el martes le ofreció poderse quedar en su cuarto sin problemas. No saltó de alegría sólo porque está luxado del pie, pero aún así no se animaba a quedarse a seguir la fiesta solo, quería que alguien lo acompañara y aunque todos estaban (estábamos) dispuestos, o nos alcanzaba el presupuesto o ya teníamos cosas planeadas. Sólo Rolando empezó también a barajar la posibilidad de quedarse.

Antes de la presentación hicimos un break para votar democráticamente a dónde íbamos a ir a comer nuestro último día. Las opciones eran El Chololo, el Santo Coyote o uno que no habíamos visitado: El Farallón de Tepic, en Zapopan y donde (nos contaron) hacían un pescado zarandeado muy bueno. En una votación cerrada, ganó el Farallón por un voto. Una vez acabada la presentación, nos despedimos de todos amablemente y salimos voladísimos pues en teoría acabando de comer visitaríamos el centro para comprar los souvenirs necesarios para los parientes.

Nos metimos en taxis y nos lanzamos al tráfico. No mucho (no es el DF, repito), pero sustancioso. De camino hacia allá pudimos pasar por la glorieta de la Minerva, y fue, de hecho, el segundo día que la vi y el primero tan cerca. Rodeada de una fuente, y dándole la espalda a la ciudad de Guadalajara, no es la escultura monumental que me imaginaba, de hecho es chiquita, pero de una expresividad y una fortaleza tal que no podía dejar de mirarla. Juraría que en momento de peligro, cual estatua de ánime se movería y tomaría la iniciativa para repeler al enemigo.

Después de un rodeo enorme, llegamos al Farallón, y el equipo aterrizó en blandito: Como todo buen restaurante de mariscos, tienen una hielera con ampolletitas de cerveza en la entrada para esperar tu turno mientras se desocupa una mesa. La fila era tan larga (y ellos tan sacrificados) que cada uno de ellos se acabó dos cervezas antes de poder sentarnos.

Por fin alcanzamos mesa. El lugar es ameno, espacioso y con iluminación natural pues los techos son altos y tienen tragaluces bien ubicados. Adornado como una chocita costera, tiene una tarima pequeñita donde se subió a tocar un grupo a medio camino entre mariachi y grupo norteño, cantando igual El Gustito que Cielo Rojo. Los meseros estaban más o menos (eso sí, todos de menos de 26 años) pero sobre todo uno de los de la barra tenía una carita de ángel preciosa. Como ya estaban todos encarrerados pidieron más chelas (esta vez micheladas) y yo pedí una Coca. Jorge me intentó picar la cresta diciéndome que nunca me había visto con una cerveza y que así “cuando me iba a integrar al grupo”. Yo nomás me reí y le dije que no me gusta la cerveza, sólo michelada y eso muuuuy de vez en cuando. Me apuró a pedir una pero me negué y ya no me volvió a decir nada por el momento.

Después del caldito rico de camarón que dan como aperitivo, pedimos varias cosas sin saber que aquí los platos están BIEN servidos. Yo en lo particular pedí una empanada de queso, una tostada de cebiche de pescado (que resultaron ser dos, y como montañas) y todos pedimos el tan mentado pescado zarandeado, que resultaron ser 30 cm. de pura carne cocinada como a la leña con especias y sin espinas, que estaba DE-LI-CIO-SA. Sólo dejé la mitad de una de las tostadas, pero el gusto de acabarme ese magnífico pescado no me lo quitó nadie. Parece que a los de más les gustó igual porque hubo quien incluso pidió una empanada más.

Íbamos acabando de comer y mientras escuchábamos al grupo se acercó una chica a repartir unos boletitos quesque para la rifa de un viaje. Y con ese pretexto nos quedamos un rato más. Del centro, ni quien se acordara.

Y aunque de verdad estábamos pasando un muy buen rato, con el pretexto a la mano vino más alcohol y los ánimos se pusieron más risueños. Llegó más cerveza y tequilas derechos. Yo pedí, sólo hasta entonces y por primera vez en el viaje, algo de tomar: un anís como digestivo. Brindé con ellos (“ya era justo”, me dijeron) y le puse atención a Pedro, que le estaba dando una clase de cata de tequilas a Liz, mientras los demás estaban risa y risa viendo a las muchachas y llorando porque ese día en la noche nos tendríamos que ir.

Como si no estuviéramos lo suficientemente contentos, la chava de la rifa llegó anunciando los boletos ganadores. Yo tenía el 94 y el boleto ganador fue… ¡el 93!. Rolando, a mi izquierda. Todos le aplaudimos, y mientras le explicaban cómo estaban las bases del viaje, pedimos otra ronda más de alcohol; ésta vez pedí un Midori pues tanto pescado zarandeado todavía me zarandeaba las tripas.

¿Más alcohol? Cómo no, más alcohol, cortesía del feliz poseedor de un viaje para dos adultos y dos niños a una bonita playa de México. Yo ya no quise, pero como ellos estaban bien animados pidieron la última ronda antes de irnos. Para éstas alturas César ya estaba llamando para hacer el cambio de avión, Rolando estaba todavía meditándolo pero más convencido que nada, Mario el gerente estaba contando chistes (malísimos, por cierto) y Jorge quería alcanzar a brindar conmigo con su minicopita de tequila al otro lado de la mesa. Llegó la cuenta, y entre la comida y la ronda que puso Rolando, se les cayó el sistema y nos trajeron DOS cuentas diferentes. ¡A una mesa de ingenieros!
Pedimos una calculadora y mientras unos hacían las cuentas mentales otro me iba dictando los conceptos, uno revisaba que estuvieran las cuentas iguales y alguien por ahí sacó su celular. Los meseros sólo se pusieron rojos y se nos quedaban viendo con cara de “qué bola de freaks”.

Corroboramos la cuenta, y para compensarnos adivinen qué nos mandaron…

…ésta vez pedí un Frangelico, y los demás tequila. Pero al final, Mario ya no podía con su último shot de reposado y le entré al quite, igual que con Jorge y su copita de tequila blanco, que cuando me tomé de tres tragos me puso una sonrisa sumamente extraña entre de maldad y de complacencia. Después del momento súper alegre nos entristecimos todos porque ya nos íbamos de Guadalajara, pero al final nos levantamos y salimos del restaurant.

Afortunadamente, yo metabolizo bien el alcohol, y bastante rápido. En diez minutos fui dos veces al baño y deseché lo más que pude, pero Anís + Licor de melón + Licor de almendras + Tequila blanco + Tequila reposado + Taxi de regreso al hotel con el tiempo encima no son una buena combinación ni para la cabeza ni para el estómago. No salí brother de ninguno de los del equipo pero sí me sentía mucho más relajado y más risueño aunque con un ardor fuerte de panza.

Después de las cuatro horas que duramos en El Farallón, ya no había tiempo de ir al centro (benditas escapadas) y de hecho, íbamos sobre el tiempo de llegar al hotel por las maletas e ir al aeropuerto. César nos acompañó para recoger su nuevo pase de abordar en el aeropuerto pero Rolando se desapareció, así que todos supusimos que 1) O se había ido a encadenar a la Minerva o 2) Fue a recoger su pase a otro lado, pero parecía inevitable que se quedara en Guadalajara. Le deseamos suerte a César (con un pie lastimado, la iba a necesitar para que no lo dañaran en los antros) y nosotros nos metimos a la sala de espera a, uh, esperar que llegara nuestro vuelo. Creo que todos hicimos uso de nuestra entereza para que no se dieran cuenta de todo lo que habíamos tomado, y se la creyeron. Todavía en la zona duty-free del aeropuerto estuvimos haciendo el último intento de comprar los encargos, pero a decir verdad, lo poco que había estaba feo y caro.

El avión venía retrasado, y en el DF estaba cayendo un aguacerazo. Alguien no quería que nos fuéramos, pero ni modo: Nos estaban esperando en Chilangolandia. Nos cambiaron a otra puerta y a pocos minutos de empezar a abordar, apareció Rolando. Resulta que había ido a resolver “un asuntito” a otro lado y quedó con César de hablarse para ver lo del cambio de vuelo, con tan mala suerte que (lo que no pasó en toda la semana) le agarró el tráfico y además se le acabó la pila del celular. Resignado y con la cola entre las patas, hizo fila con todos nosotros para abordar el avión.

Una vez más corrí con suerte: el asiento de ventanilla de mi lado estaba desocupado y me pude sentar ahí para ver para afuera durante el vuelo.

Volar de noche es muy interesante: Se puede ver el trazado de las ciudades o los pueblos y con la luz uno se da cuenta de lo grandes o lo chicas que son. Guadalajara, por ejemplo, es una ciudad no tan grande de noche y desde las alturas: se veía una mancha amarilla bastante más grande que el resto de las lucecitas alrededor.

El despegue no tuvo mayor incidente, pero con tanto alcohol, a la hora de levantar el vuelo se me bajó la presión al grado de que me hormigueaban las manos. MORÍA por una Coca, pero las azafatas se tardaron horas en empezar a servir. Cuando al fin me tocó a mí, me sirvieron un minivasito y además me dieron… una bolsa de cacahuates. No tenía muchas opciones y me los comí esperando que la grasa que tienen me alivianara un poco el dolor de cabeza.

Sí lo hizo, pero vino la parte divertida del vuelo: Llegamos a la Ciudad de México. Desde el aire, se ve como una GRAN sábana de luces amarillas que –literalmente- domina el horizonte. O lo dominaba, hasta que entramos a la nube de lluvia que nos dijeron que había, y todo se hizo gris, frío y turbulento. No fue mucho lo que duramos dentro, pero de todas maneras es admirable cómo un piloto puede empezar a descender el avión de noche y dentro de una nube.

La Ciudad se veía cada vez más grande. Entramos por el norte, pasamos a un lado del cerro del Chiquihuite y nos fuimos acercando al WTC; dimos vuelta a la izquierda, vimos Insurgentes con su interminable fila de autos y luego la torre de Mexicana. Seguíamos bajando, cruzamos Tlalpan y un poco después, TAPO; las casas ya se veían cada vez más cerca. Seguíamos bajando y cuando el avión se enfiló para la pista de aterrizaje juro que recé para que no cayéramos encima de alguna de las casas que rodean el aeropuerto: la última de ellas estaba a menos de 50 metros del avión.

No pasó nada y aterrizamos muy bien: Ya estábamos de regreso, a las 9:30 de la noche, en la Ciudad de México.

Ya no pude despedirme de nadie; como en algún momento del trayecto entre la sala de espera y la salida los perdí, mejor les mandé mensaje para despedirme de ellos (extrañamente, el único que me lo regresó fue Jorge) y le hablé a mi papá para localizarlo e irnos ya. El pobre, que estaba en el aeropuerto desde las 6 de la tarde (fue a comer con una amiga y no alcanzaba el tiempo para ir a la casa y regresar), ya no tenía ganas de manejar de regreso y me pidió que me llevara el coche a la casa. Entonces no me quedó más que meterme al tráfico de Circuito Interior hacia el sur en viernes a las diez de la noche y lloviendo.

El tráfico. El maldito tráfico.

Extraño Guadalajara.

Algún día regresaré como turista y desquitaré todo lo que no pude ver en este viaje, pero mientras, el lunes hay que estar muy puntual a las 8:30 de la mañana en Palmas y Periférico.



1 comentarios:

Anónimo dijo...

Descripción
Lo que me induce a escribir es crear algo tan bello como tu
Porque desde que te vi supe lo que es el amor
Comprendí que la mejor descripción del amor eres tú
Tu cabello, ese cabello tan negro como mi pesar
Tus ojos esos ojos tan llenos de vida pero que no me miran
Tu boca esa boca bendita pero que no pronuncia mi nombre
Tu voz esa voz que al escucharla mi corazón se llena de felicidad
Tus manos, esas manos que acarician a otras y no a las mías
Tu ser todo tu ser que es amor
....este son el tipo de letras que me fascinan, espero les guste, fue escrito en una noche dónde el aire furtivo llevo a mi corazón la inspiración...su amiga Tina Guel (maria_valero_a@hotmail.com)