La vida en el espejo

Cuando somos chicos, nuestros papás son todo. Ellos nos cargan las cosas, incluso nos cargan a nosotros, a ellos les contamos los chismes y los volteamos a ver para que nos den confianza para hacer las cosas. Les pedimos dinero para ir a la tienda, y aunque se nos quedan viendo feo al final nos lo dan. Si regresamos a la casa llorando, nos preguntan qué pasó y nos abrazan para que se nos pase el berrinche. Escuchan nuestras mentiras, y de vez en cuando hacen como que nos creen. Nos dicen lo que tenemos que hacer el día de hoy, y nosotros contestamos un "siiii, ya sé" con desgano.

También, cuando lo merecemos, nos regañan y nos hacen ver cuando estamos mal. Incluso, cuando la cosa está muy mal, nos castigan. Y nosotros, haciendo cara de enojo y de "no lo merezco", nos hacemos los ofendidos. No les hablamos un rato y después se nos pasa... todo vuelve a la normalidad.

Pasa el tiempo, y nos hacemos amigos. Los papás ya no educan, sólo aconsejan. Los chismes se hacen compartidos, compramos cosas a mitades, se hablan las diferencias, nos ayudamos mutuamente y a veces nos cubrimos cuando no queremos contestar el teléfono o ir a algún lado. Nos sentamos juntos a ver la tele, puedes hablar con ellos horas y hasta te ofreces a preparar café para todos. Siempre existe el respeto y la jerarquía, pero las fronteras entre padres y amigos se hace cada vez más difusa.

Pero después las cosas, curiosa y lentamente, empiezan a cambiar. Es tan natural que no lo notas hasta que ya sucedió, pero eventualmente pasa: Te vuelves papá de tus papás.

Sí, parece de lo más disparatado, pero así es: ellos se vuelven viejos y, comprobando la sabiduría popular, se vuelven como niños chiquitos y todo comienza a ser al revés:

Les cargamos las cosas para que no se cansen, incluso se recargan en nosotros, ellos nos cuentan los chismes y cuando algo no les sale, acuden a nosotros para pedirnos un consejo. Nos piden dinero prestado para el resto de la quincena y, aunque los vemos feo porque a nosotros nos hace falta, se los damos. Si están enojados, les sacamos la sopa (porque sabemos cómo hacerlo) y los escuchamos hasta que se sienten mejor. Escuchamos algunas de sus mentiras, y de vez en cuando hacemos como que les creemos. Les decimos de los compromisos que hay para la semana, y nos lanzan un "siiii, ya sé" con desgano.

También, cuando hicieron algo mal, los regañamos y les decimos lo que no nos pareció. Y ellos, haciendo cara de enojo y de "no lo merezco", se hacen los ofendidos. No nos hablan un rato y después se les pasa... todo vuelve a la normalidad.


Pero es la época en la que más los disfruta uno. Cuando uno puede platicar más a gusto con ellos, aunque parezcan niños chiquitos y haya que cuidarlos de todo. Y por eso, hay que cuidarlos lo más que se pueda, porque cuando no están, uno los extraña muchísimo...


---
Oyendo: Sum 41 - Makes no difference



1 comentarios:

Eriol dijo...

Hehehe, tienes mucha razon, eso es cuando vives en una familia normal... o sera que a mi no se me da mucho el amor filial?

Naaah, lo que pasa es que soy muy raro... entre otras cosas.

Oyeeeeeeeeeeeeeee!! Te extraño un chingo!! :(