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Mientras tu me fuiste demostrando que el amor es bailar

Aunque nosotros nos olvidamos sistemáticamente de la vida, la vida jamás nos deja solos. Siempre que algo nos hace mal nos lo quita... y cuando algo nos hace bien y lo olvidamos, nos lo azota en la cara.

Por varias razones, decidí que por un rato no iba a bailar. Fue una decisión difícil, pero estoy seguro que es por algo mejor. Pero la Gran Sucesión de Causas y Consecuencias me dijo "ni madres" y no de la manera tranquila.

Fui por los botines un jueves lluvioso hasta el otro lado de la ciudad. Pista número uno: el martes siguiente cerraba la escuela hasta el nuevo ciclo. Pensé que era sólo suerte y se me olvidó que no existen coincidencias, solo lo inevitable.

A la semana siguiente (o sea, esta) me marca una amiga maestra a la que desde hace más de cinco años le ayudo con su función de fin de curso a bailar un solista con ella mientras los demás se cambian. Pero por razones japoneses el año pasado no se pudo, y pensé que se/me le había olvidado. Que si le ayudo este año. Sentí bonito y a la vez con nervios, tengo un compromiso importante la próxima semana. "ah no, de este lunes que viene en ocho". SAFE: yo me desocupo el domingo (pista dos). Llegaré a la función en calidad de muerto pero llegaré. "¿Puedes venir mañana a ver unas cosas que les hacen falta a mis niños?" Sí claro, nomás me llevo (¡sorpresa!) los botines.

Hasta aquí, iba en calidad de adviser. Pero como para el INAPAM: tenía año y medio que ni abría la bolsa de las benditas botas; cosa que llegué a hacer en la noche y en la mejor interpretación de Mafalda contra su peine les dije "¿listos?".

Para no hacerles el cuento triste, este miércoles desperté a las 4:50 am. Crucé la ciudad, me eché una bronca, y llegué a trabajar antes de las nueve. Para las cuatro de la tarde, cansado, desvelado, mal comido y lloviendo, lo que quería era que me llevaran cargando a mi casa. Pero "deudas de juego son deudas de honor", dijera mi madre. Y ahí va Toño, en metro y taxi, para llegar lo antes (y menos mojado) posible.

Objetivo casi completado. Pero con todo y que me hacia pipí, me dio mucho gusto ver a más de cinco parejas de adolescentes, unos estirando, otras poniéndose la falda, todos haciendo escándalo como olla de grillos. Algunas me reconocieron y me sentí viejo: yo las vi en primero de secundaria o incluso en primaria.

Empezamos el ensayo. Brazo aquí, falda acá, espalda derecha, no muevas el paliacate, a ver aviéntate de nuevo para que les digas como, ahora voy yo para que vean qué más se hace, no se salgan de tiempo, acérquense carajo que no muerden. Y cayó la bomba.

"Me falta un niño. ¿puedes bailar con ella?" Ah sí, ¿pero el chico ya se lo sabe? "No hijo, bailar en la función".

Sentí algo raro en el estómago. Casi como cuando me dijeron que me iba de beca. No sabía si reír, llorar, preocuparme por mis rodillas post-hospitalizaciones o salir corriendo a la lluvia a gritar como poseso. Sólo alcancé a decir "Sí, claro" y hasta el hambre y la pipí se me olvidaron.

Estoy casi seguro que empecé a zapatear más fuerte. No me dolían las rodillas y oía la música con toda claridad. Inspiración o éxtasis, ustedes decidan. Cuando los chicos, que llevaban de perdida dos o tres meses de ensayo echaban el bofe yo todavía bailé con la maestra otros tres o cuatro sones. Como en mis dieciocho, cuando un buen día decidí bajarme del pesero a preguntar en mi primer taller de folklor.

Entre el miércoles y ayer, con dolor hasta en el cabello, reuní todo lo necesario para la función de los lugares donde lo tenía regado. Y con todo y que me aventaré una semana de traducción japonés-ñero (que me encanta) y un lunes de aburrido trabajo (que no me emociona), ese lunes nomás de oír "tercera llamada, comenzamos" estoy completamente seguro que me terminaré de acordar por qué tengo doce años interrumpidos de bailar... con miras a tener al menos otros veinte más.

Lo dicen bien el refrán: "cuando te toca, aunque te quites".

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Oyendo: el béis.

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