Los tres días más espantosos del año

Este año estuvo como para borrarlo de los anales de la historia. Pero justo ahora que se está terminando se puso peor de lo que yo mismo hubiera pensado.

Empecemos por el principio...

-Viernes-

El proyecto donde estoy va mal. Mal mal mal. No hay organización, el arquitecto nos trata con infinito desprecio, y nuestro líder de equipo brilla por su ausencia.
Eso (y que es diciembre y estoy lejos de casa para no volver), aunque no es justificación, ha hecho que esté especialmente sensible y, pobre del novio, lo he recargado todo con él.
Sabemos que vivir con alguien que no sea tu familia (y a veces con ellos) es difícil: hay que poner de acuerdo varias voluntades, a veces opuestas, para llegar a un punto en común. La cosa es que yo no había estado dispuesto a hacer eso, y hasta había estado MUY molesto cuando el pobrecito quería hacer algo por mí.

Esto llegó a su límite cuando en un intento de no perder la cordura decidió ignorarme mientras me deshacía la cabeza con preocupaciones que, a la distancia, no eran para tanto. Estoy de acuerdo en que no era la mejor técnica para lidiar conmigo -que soy de carácter... especial-, pero también asumo que reaccioné de una manera que si me lo hubieran hecho a mí llegando a la casa ya hubiera encontrado sus cositas en la calle.

Con todo, me esperó a que saliera de trabajar. El camino me sirvió para enfriar la cabeza un poquito, pero necio como soy seguía insistiendo que todo era su culpa.

Llegué a dormir. A las 12 de la noche tenía un camino estúpidamente largo que recorrer y quería hacerlo en las mejores circunstancias posibles. Desperté cuando oí un ruido en la puerta, y bajé cual rayo a ver si era el o la gata quería entrar. El muchacho, con cara de enojo y tristeza, iba saliendo en su coche a una posada y yo me quedé en la puerta sin mucho qué decir; de verdad no encontraba las palabras.

Y no las encontré. Traté de dormir, pero el asunto me seguía dando vueltas en la cabeza. Como pude dormité un rato, lo suficiente para no estrellarme en la carretera. Salí a comprar un regalo que le había prometido a un amigo y regresé a poner el coco en blanco. Ya para estas alturas la gravedad del berrinche que hice empezaba a pesar.

11 p.m. y el señor no aparecía. Le marqué algunas veces y la llamada se cortaba. "Está enojado", pensó Toño y como lo he visto enojado sólo dos veces me cayó como balde de agua fría el solo imaginármelo. Ya me sentía verdaderamente arrepentido.

A los quince minutos marca y contesté cual si me hablara el Papa.
-¿Donde andas?
>Saliendo. Ya casi llego.
-Sale, porque ya casi me voy.
>¿No te ibas a las 12?
-Sí, pero pensé en irme antes si todavía no me contestabas.
>Ah, es que donde estábamos no hay señal.

Para no hacer el cuento largo, hablamos un poco antes de irme. Un poco que se tradujo en treinta minutos más de lo que tenía planeado para salir.

De modo que pasamos al...


-Sábado-

Puse rumbo al D.F. el sábado a las 12:30 a.m. después de que el angelito me acompañara a abrirme la reja de la cerrada. Pasé primero a cargar gasolina (y revisar los niveles), y me aventuré a pasar por Morelia y parte del Estado de México en la madrugada sin escalas.

Manejar en carretera es de las cosas que más me relajan en la vida, y teniendo de compañeras a las estrellas tuve mucho, mucho tiempo para pensar.

Las únicas paradas que hice fueron en las casetas, un poco para estirar las piernas, otro para quedarme en la lela cinco minutos a ver las estrellas (no puedo decir suficiente qué hermosas se ven cuando no hay ciudades cerca), y otro poquito para dejar descansar el coche (el mismo que se quedó camino a Monterrey hace dos años, era mejor tener cuidado).

En alguna carretera hubo un retén. Ahí pasó esto:
-Buenos días joven. ¿A dónde va?
>Al D.F.
-¿De dónde viene?
>De Guadalajara.

Eso fue, por mucho, lo más extraño que he tenido que decir en dos meses. Desde luego, implica que ya vivo en Guadalajara y es algo que no había tenido en claro, quizá, hasta ese momento. Impactado por mi propia respuesta seguí mi camino. Faltaban algo así como cinco horas para ver tierras conocidas.

Mientras amanecía en carretera (un verdadero deleite que poca gente quiere tener) y me moría de frío, pensé un mucho en todo lo mal que me había portado hasta entonces. No es jalada, me he pasado de lanza aún cuando él ha hecho lo imposible por aguantar mi mal humor y mi energía guardada de no haber bailado en casi tres meses. Para cuando llegué a Atlacomulco y la niebla no dejaba ver a más de 3 metros adelante llevaba siete horas continuas de darle vueltas al mismo asunto.

Como sea, a las 8 a.m. me encontré en ese espantoso nudo que se llama Central de Autobuses Poniente (aka Observatorio). A finales de diciembre, por supuesto, los policías estaban vigilando con ojo de halcón, así que nomás me vieron me hicieron orillarme.

-Dígame oficial.
>Joven, ¿sabe por qué lo detuvimos?
-La verdad no oficial.
>Pues su vehículo no circula hoy. Esto amerita que lo recojamos y pase por él el lunes.

No podía ser peor, lo juro. El mismo poli me preguntó que por qué circulaba el coche si sabía que no podía y le dije la verdad (Vengo de Guadalajara, salí a las 12 de la noche y de lo último que me acordé fue del Hoy no circula). Sospecho que entre eso, y mis ojos de "máteme ahora por favor" la Navidad invadió su cuerpo y se portó buena onda: solo me puso la infracción mínima y me mandó ya fuera a un estacionamiento o derechito hasta Coapa por donde no me pudieran ver. Desde luego no iba a pagar multa + estacionamiento + transporte hasta esas tierras lejanas casi a media noche y decidí arriesgarme a llegar a mi casa.

El Cielo estaba especialmente bondadoso ese día y pude llegar a Coapa a las 9 a.m. después del viaje más torturo (y de los más bonitos) que he hecho en carretera.

Pero las sorpresas no paraban. Una situación familiar hizo que tuviera, eh, familia en la casa y entre dar explicaciones y contar cómo me va por acá hicieron que fuera medio pegando un ojo cerca de la una de la tarde. Desperté, me bañé y salí a imprimir mi pase de abordar a dos cuadras de mi casa.

Mientras iba caminando, tuve una sensación que no le deseo a nadie. Veía las casas, la gente, los coches y las calles que vi 30 años, y no sentí que perteneciera allá. Eran conocidas, pero no eran mías, como cuando vas de vacaciones a un lugar que has visitado hasta el cansancio. Podría uno decir que es porque ahora soy tapatío adoptado y Chapalita es el place-to-be, pero no. A dos meses (y después del shock de la madrugada), apenas estoy empezando a procesar que, para bien o para mal, vivo acá pero todavía no es MI lugar. Me sentí perdido en la inmensa nada, como si fuera un exiliado político que no tiene a donde llegar ni puede regresar de donde vino. No ayudaba el hecho de que el problema de familia hiciera que yo haber manejado nueve horas para ver a mi papá y platicar con él pasara al último plano. Fui (y me hice) virtualmente invisible el resto de la tarde. Deseé no haber hecho el viaje, y creo que fue lo que más me dolió de todo el fin de semana.

Para la noche, mi hermano y su novia me invitaron al cine. La que queríamos ver estaba tardísimo (y yo tenía un compromiso) así que escogimos la que no estaba tan tarde: Birdman.

Es una buena película, lo admito, pero no era la mejor decisión dado mi estado de ánimo. Aunque cuando salí tenía cara de zombie y mi hermano me preguntó como 400 veces qué tenía y dije que no sabía, sí lo sabía bien: la depresión de Riggan Thomson solo se emparejaba con la que tenía yo.

Así es amiguitos: llevaba deprimido dos meses y no lo sabía. Tan no lo sabía, que de repente todo fue claro: el comportamiento osco, el mal humor, los berrinches, las ganas de no estar en ningún lado, el discutir y discutir y discutir de pendejadas que tenían arreglo rápido. Pero como me pasa siempre en estos casos, una vez que supe dónde estaba parado empecé a salir poco a poco. Afortunadamente vi a un amigo saliendo del cine que me alegró un poco y regresé a la casa a dormir en la cama de mi hermano (ya que la mía había sido raptada).

-Domingo-

La mañana pasó sin muchos contratiempos. Seguía, sin embargo, sin poder platicar con mi papá y eso me daba mucha lata. Pero no había mucho tiempo para lamentarse: mi avión salía 4:30 p.m. y ya eran las 2:15. Tenía que estar en el aeropuerto en una hora para documentar.

Arturo Senna se encargó de ello. Me despedí de el y de su novia mientras bajaba corriendo para ir por mi pase de abordar y guardaba los dulces del aguinaldo para el novio y para mí -quizá la mejor manera de llegar y pedir disculpas que se me hubiera presentado. Pase de abordar, check. Sala de espera, check. Pinche puerta de abordaje al otro lado del chorizo que es el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, no check.

Y ahí va un Caballero del Zodiaco con su mochila blanca corriendo y elevando su Cosmo para que no se le cruzara nadie y llegara a tiempo. Como pude llegué y descargué mis muchos kilos de mochila en el asiento del avión mientras me dispuse a ver las pistas mientras el avión despegaba.

En algún momento del vuelo me dí cuenta que no imprimí la hoja que decía que había pagado el transporte del aeropuerto a la central de autobuses, y me paré a preguntarle a una aeromoza qué podía hacer en ese caso. Que lo imprima en la ventanilla de la aerolínea aterrizando, dijo. Bueno, dije yo, y me senté.

Aterrizamos, fui a la mentada ventanilla y ya no alcancé el camioncito. El siguiente saldría en cuarenta minutos, tiempo suficiente para ir al Oxxo por unas papas y un agua...

¿Si? La pinche cartera no apareció. Saqué, cual vendedor ambulante, todo mi puesto en el estacionamiento del aeropuerto. Dos Paletas Payaso por aquí, unos chones allá, un frasquito de café colombiano comprado en Cuba de este lado. Nada. Tenía treinta minutos para encontrar la cartera o me iría caminando desde la central.

Le marqué al novio con tal angustia que él mismo se preocupó. "Si no la encuentras paso por ti", me dijo el angelito y yo me sentía más mal de haberme portado tan patán todo este tiempo. En la ventanilla no estaba, entonces había de dos: la perdí bajando del avión... o seguía allá. Que pase con el supervisor a ver qué se puede hacer, me dijo el del booth. Paso pues, y me dice "Uy joven, ya están abordando el avión. Esperemos que alguien la haya reportado."

Se me cayeron los calzones al piso. Un poco por reconocerme pendejo y otro tanto no por las tarjetas (se pueden cancelar), si no por la licencia de conducir permanente. Eso de renovarla cada tres años me iba a dar una hueva...

...pero con tanta fortuna que la gente en Guanatos es honrada. Sí, el animal de su servidor la dejó en el avión y sí, un honesto la reportó. Apenas me la dieron corrí a alcanzar el camión, que estaba a punto de salir.

Dos horas y media más tarde metí la llave en el domicilio conocido de Parques de Zapopan con la convicción que hacer las paces y, sí, de reencontrarme y al mismo tiempo encontrar un lugar más al que pueda llamar "casa".

Y así como estuve atrayendo puras cosas negativas estos dos meses, nada más me puse en paz conmigo mismo y el lunes siguiente alguien se apiadó del proyecto y empezó a notarse un poco más de organización y apoyo de parte de mi empresa. Además, los tres días que vi al novio bastaron para quererlo aún más y llegar a la conclusión de querer llegar a acuerdos con él.

Pero para esto, hubo que pasar un fin de semana de puritito miedo.


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Oyendo: Jóga - Björk (cover de Ane Brun)



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