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Peligro: no se acerque

Hay días en los que nada sale. Pero el lunes esto rayó en el exceso.

Todo pintaba para ser un buen día, iba a ir por el finiquito de hace dos trabajos y regresaría al que tengo actualmente. Nada muy fuera de la rutina pero con el agregado del dinero las cosas siempre se ven más bonitas.

Iba tarde para llegar puntual a las 9 de la mañana a donde recogería mi cheque, así que aventé mi comida al morral y corrí para alcanzar el pesero. Aquí es donde la diversión comienza.

Quiero poner mi último descubrimiento musical en el celular y no lo encuentro. "Bueno, pongamos a ~". No está. "Mmm... entonces Hikaru". Tampoco. Pongo algo (lo que fuera) y me doy cuenta que mi celular tenía nada más 165 canciones. Casualmente, solo las que he comprado a través del teléfono. Las otras dos mil, desaparecidas. Claro, no me iba a regresar a ponerle algo más, así que hice puchero y seguí corriendo.

No estoy seguro de haber dejado al DF con tanta gente o tanto tráfico cuando me fui a Guadalajara, pero desde hace dos semanas parece que regalan algo en la calle. El lunes no fue la excepción y obvio, tanto la calle como el metro estaban a reventar.

Llegué al metro 40 minutos antes de las 9, y me faltaba atravesar la ciudad. No me iba a esperar al siguiente tren, de modo que me aventé cual Niño héroe hacia adentro del vagón. Caí en blandito y luego no: una panza amortiguó la empujadera y un codo frenó mi avance.

Al final de este no tan breve pero accidentado recorrido en metro llegué a esa oficina cerca de la 9:30, la hora a la que estoy llegando a donde estoy trabajando ahorita. Todavía esperé por mi cheque y fui a depositarlo. Terminando el movimiento, nomás por pura curiosidad, revisé mi saldo en el cajero y... no había mucha diferencia de como estaba hace veinte minutos. Espantado, molesto y nervioso por llegar súper tarde a mi oficina volví a hacer fila para mentarle la madre al cajero por no depositar mi cheque completo. El cajero (que se ve que ya tenía callo en estos desmadres) me explica muy calmado que no, el cheque está completo ahí pero que "por seguridad" en el cajero sólo se muestra cierta cantidad. Un coraje y 20 minutos después salí de la sucursal para volverme a enfrentar al metro de camino a mi trabajo actual.

Dentro del metro, yo luchaba por mi vida cuando una doña sacó su bolsa de entre la masa de gente con tal fuerza que me pegó a mí en la barbilla y con el rebote le pegué a alguien atrás de mí en la cabeza. Este día, definitivamente, la traía contra mí.

Bueno, salí del metro (¡A Dios gracias!) y me enfilé a mi trabajo.
Para estas alturas hasta mi maestro de Japón sabe que la oficina donde estoy no me gusta, pero sobre todo no me gusta que mi jefa cuestione TODAS las decisiones que tomo con mi chamba, máxime que con los demás es bastante alivianada.

Con todo y que avisé que iba a llegar tarde, la mujer me vio con ojos de infinito desprecio que verdaderamente me costó trabajo pasar por alto. El horno no estaba para bollos en ese momento.
Pero cual si fuera a propósito, me llama ¡para regañarme! ¡y por cosas que ella me indicó que hiciera!

-Toño, es la tercera vez que te digo que no hagas esto así
>Pero así me pediste que lo hiciera.
-¿Yo? ¿Cuando?
>Cuando te pregunté cómo guardar estos archivos de aquí y me dijiste que con estos de acá.
-...
> :) ?
-...pues seguramente te confundiste. Para esos hay una tarea especial.
>¿Ah si? ¿Cual?
-Pues la... la... laaaaaa...
> :) ?
-...ah. No hay. Pero tu debiste haberme dicho que no tenías una tarea especial.
>Te lo pregunté. ¿Te acuerdas? [Además es tu trabajo, pinche vieja]
-Uh. Pues la hago ahora. Además hay otra cosa. Acuérdate de no ligar llamadas desde aquí hasta acá, hay una capa en medio.
>Sí, X ya me había dicho y está solucionado desde la semana pasada.
-Pues siguen apareciendo.
>¿En serio? ¿Donde?
[busca en el código]
> :) ?
-... eh, no hay. Pero tienes que tener cuidado con esas cosas.
>Sí, no te apures. ¡Muchas gracias!

Toño 3, jefa 0. Algo de luz iluminaba mi día.

O no. Quiero comprar un disco desde la iTunes store para variarle al pop español que me acompañó desde las 7:30 de la mañana y me dice que no tengo saldo suficiente. El depósito que hice desde la semana pasada no aparece en mi cuenta. Hay que hablar al banco para hacer la aclaración.

Llega la hora de la comida y voy a comer al minicomedor que tienen ahí. Todo ocupado por las chicas que trabajan con el cliente en pleno chisme, así que no me iba a quedar ahí, pero pude calentar mi sopita para irme a comer a mi lugar -algo que ya me habían dicho que no hiciera pero tampoco quería estar ahí en medio de la plática. Llego con mi sopa a mi lugar y la jefa sigue ahí. Obvio, viene el regaño.

-Te sugiero que no comas acá, ya nos han regañado por el olor a comida.
>Yo se, pero está todo el cliente en el comedor, no estaría padre comer allá.

Por fortuna, en ese momento las chicas sueltan una carcajada que hasta espantó a las palomas del árbol de afuera.

-Pues igual no puedes comer aquí.

No soy de aquí ni soy de allá, como en la canción. Mi única solución, para no morir de hambre, era tragarme la sopa como pollito y salir a comerme el atún a la fuente que está cerca (así, además, podría hablar para la aclaración). Pues como lo digo, me tragué la sopa, saqué los datos para la aclaración y cuando voy a sacar el atún siento el morral mojado. Nomás meto la mano y siento el tupper empapado además de un olor que de salir del tupper estaría bien padre, pero de la tela no.

La tapita estaba mal puesta y llevaba así desde las 7:30 a.m. Otro frustrante caso de "no puedo hacer nada" para el día. Como fuera, el morral se lavaría en la noche pero me preocupaba mucho que mi dinero desapareciera.

Así fue como mi alma Godínez se llenó de orgullo cuando salí con el tupper de la comida a comer en la fuente de Circuito Ámsterdam mientras hablaba al banco entre bocado y bocado. Mi foto podría haber salido en la extinta Orgullo Godínez, pues.

Como fuera, estaba comiendo rodeado de condeseros y oficinistas intentando no manchar el papelito de los datos de mi cuenta para hablar al banco. Cuando por fin me pude comunicar, el menú automático me pide una contraseña que no me acordaba que necesitaba. Pensé que la de siempre funcionaría pero como Pedro, tres veces me negó (aunque ahora fue nomás el acceso). Después del tercer intento, banco al fin, mi tarjeta se bloquea y no podría hacer nada hasta el día siguiente -tiempo suficiente para acordarme del bendito password o suplicar en una sucursal, lo que pasara primero.
Este día lleno de frustraciones y mala pata verdaderamente no podría ir a peor.

¿No? Masticando un popote (que es lo que hago para controlar la ansiedad o controlar el impulso de mentar madres) siento un crac en la boca seguido de algo demasiado duro. Sí amiguitos, como me había pasado años antes, me rompí un pedazo de diente por hacer algo contra el impulso de estallar en ira. Ya, definitivamente, o saliendo me atropella el metrobús o la mala suerte de mi día terminaría ahí mismo.

Por suerte alguien allá arriba se apiadó de mí y, aunque tarde, llegué sano y salvo a mi casa a trabajar, pelearme con iTunes y tratar de ubicar y volver a meter las canciones que se perdieron en ese aciago día.

Soy fiel creyente en que no hay mal que por bien no venga, así que sigo esperando ganarme la lotería. Pero mientras, con las muchas chambas que tengo (y los amigos que me aguantan) estoy bien.

Hasta que en serio no me explote una bomba o el siguiente temblor nos mate a todos.

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Oyendo: No confíes en mí - Camilo séptimo.

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