La llegada a Japón

Sí, ya se que esto fue en 2013, pero ahora que tengo un poco de tiempo libre y que no quiero mentar más madres mejor me pongo a escribir.

Además, así como el post del pasaporte en el DF ha ayudado a mucha gente, espero que este sea al menos una guía para la gente que va a Japón y pase por los lugares que yo visité.

Empezamos pues.

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El avión desde el D.F. salía a las 6:15 de la mañana. Naturalmente, hubo que llegar tres horas antes a la flamante Terminal 2 del aeropuerto. Para mi sorpresa, a las tres de la mañana ya había algunos compañeritos ahí -obviamente, dormidos. TAN perdidos, que estaban acostados sobre maletas y aún así roncaban.
Dos maestras de las clases de japonés llegaron a despedirnos, con cara de muerto fresco pero toda la actitud para estar con sus alumnos. Lloraron con nosotros un poco de la emoción pero nos hicieron la madrugada muy amable, sobre todo a la gente que venía desde fuera de la Ciudad de México.

A esas horas, sospecho que de los nervios, tenía mucha hambre y mi familia me invitó La Última Cena [antes de salir al otro lado del mundo]: el Wings de la T2 nos adivinó el humor y tenía lo mismo mojitos que café caliente.

Se acercaba la hora de salir a lo desconocido. Después de las validaciones de pases de abordar y el pesaje de las maletas, vino el momento cursi/complicado de despedirme de mi familia para no verlos en un año más que por computadora y a determinadas horas. No miento, hubo lagrimitas y abrazos muy apretados. Nos subimos a un avioncito de Aeroméxico que nos llevaría a Los Ángeles a hacer la conexión a Narita, uno de los dos aeropuertos de Tokio. Este viaje no tuvo nada de extravagante, lo divertido vino al aterrizar.

LAX (Los Angeles Airport) es bastante grande y además estaba en remodelación, de modo que para poder llegar de donde bajamos (cerca de las 9 de la mañana) a donde teníamos que hacer el chequeo del siguiente pase caminamos por el estacionamiento. Sí, por fuera del edificio. Ahí van no menos de 10 mexicanos ruidosos con tres o cuatro maletas cada uno admirando los edificios y echando mucha bulla.

Llegamos al mostrador de JAL (Japan Airlines). Que sí, que la salida está programada a las 12:55, así que teníamos unas tres horas y media muertas para reflexionar acerca de nuestros planes en Japón. La panza gruñía y tomamos la decisión sencilla y barata: un McDonalds.

Sospecho que nada más de ver una bola de gritones los empleados del MacDo se pusieron un poco a la defensiva, pero cuando enseñamos los billetes verdes se les bajó el pH y aunque tardaron, tuvimos nuestros McTrios en poco tiempo.

Las 12. Y nadie hace nada. Es decir, no nos llamaban para las aduanas o las bandas o cosas de esas. Averiguamos donde estaban las oficinas de JAL en el aeropuerto y resultó que el vuelo venía retrasado... y para como son los japoneses de especiales con la puntualidad estaban verdaderamente apenados; tanto, que pudimos hacer uso de la sala lounge premier de JAL por unas dos horas.

Dos horas en el paraíso, básicamente. Chupamos y comimos fino (es decir, vino blanco, sake, sushi, jamón serrano...) ¡con wifi, tabletas y contactos! Cuando nos vocearon como en la escuela ya algunos íbamos medio incróspidos pero con la emoción de finalmente cruzar el Pacífico no se nos notaba.

Vuelo de doce horas. Con las nachas como aspirina, llegamos cerca de las 7 de la tarde del siguiente día a Narita. Cuales niños en juego de Six Flags, veíamos por las escotillas y hasta la pista era interesante. ¡Ya estábamos en Japón! Sueño cumplido de muchos, "Me acaba de caer el veinte de lo que hice" para otros, "Ya no quiero" de alguno más.

Bajando del avión, tanto el voceo en un idioma que no era inglés o español como ver tanta gente de diferentes lugares del mundo era abrumador, pero traté de no perder la calma y concentrarme en que esto había querido por el suficiente tiempo como para acobardarme ahora.

Fue gente de JICA (la agencia japonesa que nos hospedaría) a recogernos con un miniletrerito. Mandaron a dos japoneses a recoger a 10+ mexicanos. Imaginen el desmadre cuando salida de Dios sabe donde, la euforia hizo que volaran los sombreros de palma, las banderas y las risas nerviosas de todos al saber que a pesar de llevar casi 20 horas de viaje estábamos cada vez más cerca de nuestra casa por el siguiente año...

...o no. El último vuelo (de Narita a Chubu Centrair, el aeropuerto de Nagoya -la primera ciudad donde estaríamos viviendo-) estaba retrasado por un aterrizaje de emergencia, lo que hizo que el vuelo que despegara unas dos horas más tarde, algo como 10:30 de la noche. Pero ya estábamos a hora y media del hogar. Ya ya yaaa.

Máaaas o menos. El vuelo sin complicaciones, pero no contábamos con que como un aeropuerto decente, está MUY fuera de la ciudad; básicamente cruzamos unas cuatro ciudades en camión. Aún cuando afuera estaba estúpidamente oscuro y no entendíamos ni jota de los letreros, quienes no estabámos ya cuajados en el camión veíamos para el frío afuera con una curiosidad de verdadero niño en juguetería. Finalmente, a la una de la mañana dos días después de dejar Mexicalpán, estábamos llegando a las instalaciones de JICA Chubu.

¿Fin? Nel, son japoneses. La costumbre del omotenashi (algo como hospitalidad súper plus) hizo que les diera por ENSEÑARNOS TODAS LAS INSTALACIONES DEL LUGAR (que no es poca cosa) a horas malsanas después de unas 18 horas en avión y una en camión. Tres pisos y unos 30 minutos después, bajamos todos de nuevo a la recepción por nuestras llaves y, ahora sí, a crashear hasta el día siguiente (o las siguientes cinco horas, que el desayuno se sirve a las 7 de la mañana).

Pero ya estábamos en Japón. De aquí a la eternidad.

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Oyendo: The man from U.N.C.L.E. soundtrack - Escape from East Berlin



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