Ise y Futamigaura

Una amiga se quería comer Japón en los ocho meses que estuvimos allá, entonces viajó y viajó y siguió viajando. No está mal, al contrario: en un principio, cuando estábamos todos juntos en Nagoya, me pegaba a sus excursiones de fin de semana. Ise fue una de esas.

Ise (伊勢) es una ciudad que está del otro lado de la bahía de Ise. No pongan cara de duh, es la misma bahía donde Nagoya sale al mar; no llegamos nadando, pero entre trenes y trenes sí puede uno hacer entre hora y media y dos horas.

Cuando llegamos el día estaba nublado. El clima era bastante fresco, pero no llegaba a ser frío. Como sea, bajamos de la estación y, a decir verdad, vimos mucha calle y muy poco templo (que era una de las dos cosas que veníamos a ver). Caminamos hacia un local de información turística y mientras sacábamos fotos de todo (japonesception), una señora que iba lo que en Francia le dicen en putiza pidió tomarse una foto con nosotros. Haciendo un poco de plática resulta que ese día era su cumpleaños y que estaba tan apresurada por que sus amigas llegarían a festejarla a su casa en la noche ¡en Nagoya!, pero quería primero pasar a dar gracias al gran templo. Fotos, felicitaciones, cortesías y pegó la carrera. Nosotros, que veníamos en Babaria, hicimos mucho más tiempo que ella en llegar a la estación de buses donde estaba el local. Cuando llegamos, mi amiga preguntó cómo llegar a "los templos", así a secas. El encargado del local, muy amable, nos pasó un mapa a cada quien -cuatro-, marcó en uno de ellos las ubicaciones de los dos templos principales del complejo, la manera de llegar al más lejano, la ruta mortal para llegar al más grande pasando por todos los adoratorios chiquitos e indicó que si no nos apurábamos perdíamos el camión que salía para el templo y el que seguía salía unas dos horas después.

Nos trepamos pues. Llegando a donde empieza la caminata hacia el edificio, pasamos por un lago a la mitad de un bosque sagrado, un mercadote de chácharas dioses-approved, un río y como dos mil toriis (los arcos de entrada que separan el espacio terrenal del espacio divino de los santuarios). Pero la caminata valió la pena.

No hace falta decir que de verdad se siente la diferencia entre lo mundano y lo divino: pasando los toriis se carga el ambiente de una energía tranquila y acogedora, lejos del ruido del mercado que les escribí en el párrafo pasado. Acá adentro, además, está un río salvado por un puente de madera que da hacia las entrañas del bosque sagrado y el ambiente ahí es aún más misterioso. Con tantos adoratorios por todos lados, no podía ser de otra manera.

Pasamos por el primer templo y nos encaminamos hacia el segundo santuario, tratando de visitar la mayor cantidad de adoratorios posibles -que a decir verdad son bastantes. Cuando el cansancio ya estaba mellando llegamos a un edificio bastante nuevo hecho de madera donde la gente se arremolinaba como si regalaran arroz. "Por algo será", pensó Toño, y convencí a los demás de subir dos segundos a rezar y aventar nuestra monedita. La gente empujaba como en Pantitlán en lunes a las 7 de la mañana y no pudimos hacer mucho, más que rezar rapidito y tener un disgusto por que no nos dejaron tomar fotos del interior del templo (la reja incluso estaba cerrada). No es en vano, como les explico ahora.

Verán, Ise guarda los dos templos más sagrados de Japón: Geguu (外宮) y Naikuu (内宮), literalmente "el templo de afuera"  y "el templo de adentro". A pesar de los muy desafortunados nombres, Geguu es el santuario NACIONAL de la diosa de los cereales y la vivienda y Naikuu de nada más y nada menos que Amaterasu, la diosa del sol, donde además se dice que se guarda uno de los Tesoros nacionales de Japón; naturalmente es el templo más sagrado de la nación nipona y no dejan tomar fotos ni acercarse a menos de veinte pasos -por eso la gente hacía filas y filas y más filas para subir. Además, siguiendo las prácticas de la no pertenencia del Shinto (una de las religiones de Japón), los templos se han reconstruido cada 20 años desde por lo menos el 690 y justo unos meses después empezarían a desmantelarlo.  De todo esto nos enteramos saliendo del complejo de templos, pero se los digo de una vez que todavía nos falta en este relato.

Ya la pipí y el hambre nos estaban matando, así que regresamos al mercadito de hace cuatro párrafos y nos dejamos ir como gordas en tobogán: separalibros, cajitas, cajotas, Darumas (los muñequitos con un solo ojo pintado), Maneki nekos (aka gatitos con una pata arriba), abanicos, banderas, cascabeles e, importante, baños y comida. Tratamos de no separarnos mucho y nos turnamos para apartar la única banca que encontramos donde nuestras mochilas y nuestros cuerpazos de nervios cabían razonablemente mientras alguien iba a tomar turno para la comida, o la pis, o las dos. Acabando de comer (no recuerdo qué había, pero estoy casi seguro que comimos nigiri sushi) ahora sí nos separamos uno del otro para comprar recuerditos que Kamisama guarde la hora.

Comidos, comprados y descansados ahora sí, siguiente punto de la agenda: Meoto Iwa.

Del mercado salen los camiones para el puerto y uno nos dejó relativamente cerca, lo suficiente como para caminar por la calle y seguir tomando fotos de todo. De camino pasamos (pero no entramos) por un parque temático de la época Azuchi-Momoyama, que es la era que siguió a la Sengoku jidai (ya saben, samuráis peleando entre sí). La mayor atracción del parque es la reconstrucción del castillo de Azuchi pero entiendo que hay más cosas, como renta de vestuario, teatro, y juegos.

Como sea, cuando llegamos al puerto el cielo ya estaba verdaderamente gris, haciendo que la línea del horizonte se confundiera con el mar, lo que le daba un aspecto extrañísimo pero tranquilizador. Futamigaura (二見ヶ浦 - el nombre del puerto) tiene un santuario menor, cuya gracia es que está a la orilla del mar. Así que ni hablar, seguimos nuestra peregrinación.

A la mitad del camino, llegamos a nuestro segundo destino del viaje: las Meoto Iwa (夫婦岩 - "rocas casadas"). Seguro las han visto el algún anime o película: son dos rocas que sobresalen del mar y están efectivamente "casadas" -unidas por un lazo matrimonial-. Como todo en el país del sol naciente, se ven más grandes en las fotos que en vivo; uno pensaría que se ven chiquitas por que están leeeeejos de la costa, pero en realidad ni son tan grandes ni están tan lejos: la mayor mide no más de 10 metros y la menor unos cuatro. Estoy seguro que bajo las condiciones adecuadas la vista debe de ser tan espectacular como lo sugiere el nombre de la ciudad: se dice que mientras buscaba un lugar para construir el santuario original para resguardar el Espejo (el Tesoro en Naikuu), una princesa visitó el lugar y aunque no se decidió por la costa, volteó dos veces hacia atrás para despedirse del precioso terreno (Futami - ver dos veces. Ura - atrás). La lluvia no nos dejó tener la imagen romántica en la cabeza y en cambio nos dejó en la choya sendas gototas que nos hicieron refugiarnos en un estratégicamente colocado pasaje comercial con trampa de turistas: postales, llaveros, peluches, réplicas de katanas y todo para regresar a casa con cero yenes. Como fue.

Esperamos a que bajara la lluvia un poco y mientras corríamos a un lado del acuario del lugar (cerrado) para tomar el camión de regreso a la estación de trenes de Ise no podía dejar de pensar que estar en Japón es verdaderamente una experiencia que cambia vidas, al menos para alguien que vive a 15 husos horarios de distancia.


Para llegar a Ise desde Nagoya, adivinó usted, salen los trenes desde la estación de Nagoya y llegan a la estación de... wait for it... Iseshi. Un tren, pero cerca de 2,500 yenes DE IDA. Falta el camioncito a Futamigaura (del que no recuerdo el precio) más comida más recuerditos varios. No es para cuando la pobreza impera en la cartera, pero lo viajado no lo quita nadie.


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Oyendo: Torreblanca - Roma



1 comentarios:

Gilgamesh dijo...

De los temas que más he disfrutado. Muchas gracias por compartirlo.