30 días, 30 juegos II – (17) Juego que me obligaron a jugar

Monterrey, Nuevo León. Afuera hacen 33 grados y no hay una nube. Es el día 4 o 5 de estar varados en la ciudad, básicamente sin dinero y sin nada que hacer. Ya conocíamos de memoria Santa Lucía, el Fundidora, y la MicroMacroplaza. Con un hastío y un hartazgo brutales derivados de una falla mecánica del coche que nos trajo hasta acá y que nos ha mantenido toda la semana durmiendo en un cuarto con cucarachas y comiendo hotdogs de la calle mientras lo componen, cuatro chilangos decidimos que ese día, por qué no, le daríamos una vuelta a la Plaza de la Computación y el Videojuego, solo para no volver a dar vueltas en Fundidora al rayo del sol.

La Plaza, como la del DF, no ofrece nada interesante si toda la vida has sido gamer u otaku. Pero tiene aire acondicionado y eso es bastante contra el ventiladorcito que hay en el cuarto que está frente a la avenida donde, horas antes, había corrido un comando de la PFP.


Nada que hacer, en lo absoluto. Nada, salvo alquilar por dos horas una consola y jugar para olvidar nuestras penas y nuestro bochorno. Yo propuse algo de peleas para que al menos hubiera rotación, pero los otros tres, que se mueven al ritmo de los FPS, propusieron Halo 3 para Xbox 360. Ni mi consola ni mi género. Hubo ahí una clase de negociación que no prosperó (sospecho que porque todos teníamos el suficiente calor para discutir) y básicamente a fuerza estaba yo de repente escalando torres para encontrar enemigos a los que no les podía atinar en la cabeza. Naturalmente, estaba yo más aburrido que Luigi viendo a Mario rescatar a la princesa, hasta que decidí que me iba a dar mi vuelta por allá y encontré un speedrun de Megaman 2, mucho mucho más entretenido que disparar escopetas.




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